“Quien pretende el gobierno del mundo y transformarlo, se encamina hacia el fracaso. El mundo es un vaso espiritual que no se puede manipular. Quien lo manipula lo empeora, y quien lo tiene lo pierde”.
Esta es una de las muchas reflexiones atribuidas a Lao-Tse, uno de los más importantes pensadores chinos de hace 2.500 años, quien desarrolló la filosofía del taoísmo, la cual sigue siendo junto con el confucionismo uno de los pilares de la civilización china. La palabra “tao” significa camino, siempre en la búsqueda del equilibrio entre los extremos. Un camino de luz en el fluir natural de la existencia que se contrapone al pensamiento occidental. Y es justo por este motivo que la política exterior de la República Popular China es tan contraria a la política exterior de los Estados Unidos que trata de imponer por todos los medios una hegemonía y una visión del mundo.
Lo que vivimos actualmente en el mundo occidental con un proceso de degradación social, económica y política, no es más que el resultado de un pensamiento completamente opuesto al de la búsqueda de la armonía y la paz del taoísmo. Y cada día que pasa en esta degradación, China alecciona a las sociedades occidentales. En un continente como América, donde la violencia humana está tan alejada del pensamiento taoísta, la solución para todos los problemas pasa primero por un cambio de mentalidad dentro de un camino espiritual que obliga a asumir que el materialismo y la avaricia son incompatibles con la “buena vida”. Porque la verdadera “buena vida”, que no hay que confundir con la “pura vida”, tiene que ver con construir sociedades dignas y justas basadas en el “bien común” y en la multiculturalidad. Todo lo que no sea esto lleva directamente al gobierno del crimen y de la injusticia.
Es importante por otro lado poner en contexto al lector sobre un momento muy particular que en toda América Latina hizo perder el camino hacia el “bien común”. En el año 1970, en Chile se presentó por cuarta vez para conseguir la presidencia del país el líder marxista Salvador Allende. Aquel año Salvador Allende ganó las elecciones generales por mayoría simple con el 37% de los votos y se convirtió en el primer presidente marxista del mundo en acceder al poder de un Estado democrático de derecho. Se iniciaba así la “vía chilena hacia el socialismo” en plena Guerra Fría, y entre las medidas políticas prioritarias estaba la nacionalización del cobre, la estatización de las áreas económicas clave y la profundización de la reforma agraria para acabar con los privilegios de los terratenientes del país.
Un año después de aquel histórico triunfo electoral en Chile, se publicó el conocido libro “Las venas abiertas de América Latina”, del escritor uruguayo Eduardo Galeano, en el cual se analiza los cinco siglos de explotación humana y de recursos que han condenado al continente a la injusticia y la violencia. En este libro, además de la visión crítica sobre la época colonial, se pone el foco especialmente en la injerencia de las potencias extranjeras, primero el Reino Unido y después los Estados Unidos. Una injerencia que dificulta enormemente el progreso social, y que quedó dramáticamente expresada cuando el 11 de septiembre de 1973 se produjo el golpe militar del general Pinochet en Chile, coordinado por los servicios de inteligencia estadounidenses, que acabó con la vida del presidente Allende. Este hecho fue tan impactante que cortó de raíz cualquier movimiento socialista en las Américas, donde otras dictaduras militares como en Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina completaron la represión sobre los ciudadanos en todo el Cono Sur. En aquellos mismos años del inicio de la década de los 70 transcurrió el último mandato presidencial de Pepe Figueres en Costa Rica, el único país latinoamericano que estuvo libre de dictaduras militares durante toda la segunda mitad del siglo XX, gracias al hecho de que el propio presidente Figueres fue quien firmó el decreto de Abolición del Ejército el 1 de diciembre de 1948.
Durante las décadas siguientes al golpe militar de Chile, hablar de socialismo en América Latina era como mencionar al diablo. Solo Cuba había conseguido implantar un régimen socialista a través de una revolución, mientras que en Nicaragua la vía hacia el socialismo se dirimía en una guerra civil entre guerrillas. En Venezuela ya hemos visto lo que ha pasado con su “revolución bolivariana”. Es decir, llegar a un gobierno que trabaje por el “bien común”, en paz y con total apoyo popular, se hace muy difícil en las Américas, aún menos cuando se desencadenó el sistema capitalista neoliberal que transformó la explotación de recursos en algo mucho más violento contra la población, especialmente la población más vulnerable de los territorios, ya fueran indígenas o la clase obrera. Chile ha sido considerado siempre como el “laboratorio” para desarrollar el sistema neoliberal en América Latina, cuyo resultado se refleja en la posición que ocupa en los puestos más altos del “índice de desigualdad” por países. En este punto el “modelo costarricense” queda totalmente cuestionado, pues de los primeros 30 países con las mayores desigualdades sociales del mundo, la mitad son de América Latina, y entre ellos también está Costa Rica.
Después de dar una serie de vueltas conceptuales e históricas, mi interés es transmitir al lector el peso enorme que tiene la ideología política sobre las condiciones socioeconómicas de un país. Tal como he señalado al inicio del artículo, el continente americano en su conjunto está muy condicionado por la violencia de todo un proceso colonial que perdura hasta nuestros días. Una violencia que los ciudadanos casi no perciben, pues consideran como normal todo lo que pasa a su alrededor, ya sea el déficit de infraestructuras, ya sea la precariedad laboral, ya sea la inseguridad por delincuencia o ya sea el bajo nivel intelectual de muchos representantes políticos. Todas estas cosas forman parte de la violencia estructural de una sociedad. En el caso de Costa Rica sorprende que, a pesar de su mayor estabilidad política respecto a los países del entorno, no dejan de crecer las desigualdades sociales, un signo claro de la pérdida de los lazos de solidaridad que caracterizó a la “pura vida” costarricense de tiempos pasados.
En la República Popular China tampoco pueden evitar el aumento de las desigualdades sociales, pues dentro de la rueda económica del capitalismo no se escapa ningún país. En esta cuestión China se sitúa en una posición intermedia a nivel mundial, pero sí que ofrece como pocos países un altísimo nivel en cuanto a seguridad ciudadana y servicios públicos, algo muy meritorio teniendo en cuenta el tamaño y la población del país. En la cuestión del funcionamiento de la sociedad para el “bien común”, se demuestra porqué China es una civilización milenaria que bebe de las fuentes de sabiduría de los antiguos pensadores como Confucio y Lao-Tse. En cualquier caso, lo que para mí es muy evidente, es que, si desde Costa Rica se apoyan de manera directa o indirecta las políticas hegemónicas y el modelo social de los Estados Unidos, los problemas de toda índole en el país se seguirán agudizando. Porque el verdadero progreso y bienestar de una sociedad no se debe basar solo en una cuestión económica y de explotación de recursos para ser “productivos” por encima de todo. Al contrario, se está demostrando que la “productividad” del capitalismo lleva directamente hacia el egoísmo, la falta de tiempo y la presión económica sobre la población, con los consiguientes problemas psicológicos que genera en las personas. Sobre este tema pueden dar cuenta las generaciones más jóvenes en todo el mundo, también en China.
Concluyo el artículo apelando de nuevo al pensamiento del taoísmo chino, el cual aboga por un camino de moderación y de austeridad, un camino de respeto hacia el entorno y hacia nosotros mismos. Hoy muchas personas en las sociedades desarrolladas no se respetan a sí mismas cuando sus únicos objetivos se ciñen a un sistema violento que empuja hacia el materialismo y la avaricia. Cuanto más pronto la gran mayoría de la población entienda que la vida humana debe ser de otra manera, más pronto podremos construir un modelo social y económico verdaderamente justo para todas las personas y para el planeta. El camino que yo planteo para el encuentro entre China y Costa Rica hacia el “bien común”, pasaría no solo por adoptar el antiguo pensamiento chino, sino también por recuperar la auténtica “pura vida” costarricense.





















