La famosa cita de que “la historia la escriben los vencedores”, sabemos todas las personas que es bien cierta y que se cumple principalmente cuando el control de los territorios lo ejerce un poder de carácter imperial. Durante los compases finales de la Segunda Guerra Mundial, entre el invierno y el verano de 1945, los Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido, no sólo fueron avanzando en sus diferentes frentes de guerra, sino que, a través de dos históricas conferencias con sus presidentes a la cabeza, primero en Yalta (Rusia) y después en Postdam (Alemania), acordaron literalmente el “reparto del mundo” y la creación de las Naciones Unidas como foro para dirimir los conflictos del futuro. En una posición inferior también reivindicaron su papel Francia y China como países vencedores de aquel gran conflicto para completar el grupo de cinco potencias históricas que todavía hoy siguen siendo los miembros permanentes con poder de veto del llamado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (desde 1992, Rusia heredó este estatus de la Unión Soviética que se disolvía).
Sin embargo, si alguna cosa certificó el fin de la Segunda Guerra Mundial fue el concepto de “mundo bipolar”. Por un lado, con los Estados Unidos como representante del sistema capitalista, y, por otro lado, con la Unión Soviética como representante del sistema comunista. Un escenario con dos formas de ver el mundo bien opuestas que expresó a la perfección el fin de la mayor guerra de la historia humana, la cual se saldó con la muerte de unos 100 millones de personas entre civiles y militares. Unos 60 millones de estas muertes se produjeron entre la Unión Soviética y China, no solo a causa del conflicto directo, también a causa de hambrunas y en el caso chino también relacionadas con la guerra civil interna que se produjo posteriormente.
Mientras chinos y rusos enterraban a sus millones de muertos, los Estados Unidos decidieron poner fin a la Segunda Guerra Mundial en su lucha contra Japón lanzando dos bombas atómicas sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, entre el 6 y el 9 de agosto de 1945. Justo con esos hechos se expresaba una diferencia de mentalidad y de visión de la vida. Por un lado, la abnegación china y rusa frente al sacrificio por la supervivencia dentro de un vasto territorio euroasiático calcinado por la guerra. Por otro lado, la ambición americana sin límites y sin escrúpulos, sostenida por los mayores avances tecnológicos de la era moderna y por el privilegio de que toda la Norteamérica anglosajona era un territorio que había quedado completamente libre del conflicto bélico, y donde se acumulaba el 50% del PIB mundial, un hecho sin precedentes en la historia de los imperios y que posicionaba a los Estados Unidos como el país más determinante y hegemónico hasta el día de hoy.
Pero después de más de 80 años del fin definitivo de la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía global anglosajona vive su momento final, aunque se siga aplicando el uso del crimen como mecanismo para mantenerla, algo que ya se ha vivido en anteriores procesos históricos de descomposición geopolítica. En esta ocasión, el “caos planificado” está impulsando el surgimiento de una fuerza más poderosa que trabaja día a día por la consolidación definitiva del “mundo multipolar”. Un trabajo que desde Asia, África y Latinoamérica se realiza de manera coordinada como respuesta a tantos y tantos agravios impuestos por Occidente en los últimos cinco siglos. Ya sea con el nombre de BRICS o con el nombre de Sur Global, la diversidad cultural del mundo debe imponer su inmensa fuerza creativa y civilizatoria frente a la miseria moral y la pobreza cultural de quienes viven del expolio y la mentira. En este contexto, el papel de la República Popular China está siendo absolutamente determinante, y hoy el mundo está descubriendo no solo una potencia que había estado dormida, sino a toda una civilización milenaria con otras formas de hacer y otros valores culturales.
La batalla real hoy, se libra claramente en el plano cultural y en la narrativa en general. Después de décadas en las cuales se ha demonizado el concepto de “socialismo” desde los grandes poderes occidentales, el colapso político y económico de todo Occidente expresa justamente que el modelo capitalista neoliberal es un absoluto fracaso y ya no sirve para mejorar las condiciones de vida de la gente. Al contrario, hoy el “socialismo con características chinas” está demostrando ser mucho más efectivo y útil para crear progreso social a través de auténticas políticas de Estado. En esta cuestión, incluso el “capitalismo de Estado” que practica la República Popular China está dejando completamente en evidencia al capitalismo neoliberal inmerso en toda una dinámica de corrupción en la que solo se busca servir a los grupos de poder y sus colaboradores. La batalla cultural, pues, consiste en desenmascarar definitivamente a todo este modelo occidental autodestructivo, incapaz de trabajar por el bien común.
Monumento dedicado al Ejército Soviético en la ciudad de Bratislava, capital de la República Eslovaca. Foto Sergi Lara





















