Se le atribuye a Mao Zedong una célebre cita pronunciada por primera vez en 1946, un año después del fin de la Segunda Guerra Mundial. El carismático líder chino dijo esto: “El imperialismo estadounidense es un tigre de papel”. Aquella frase en aquel momento se adelantaba 80 años a lo que hoy vemos con mucha claridad, el hecho que explica como Estados Unidos parece fuerte por fuera, pero en realidad es débil por dentro. En 1956, Mao Zedong se refirió de nuevo al gobierno y al poder militar de los Estados Unidos con la misma comparación: “Un tigre de papel parece fiero, pero se rompe fácilmente con el viento y la lluvia”. En esta reflexión también incluyó en la lista de “tigres de papel” al imperialismo japonés, al zarismo ruso y al nazismo alemán, todos ellos calificados como “poderes opresores que finalmente terminan derrumbándose ante los pueblos que luchan”. No obstante, el propio Mao también reconoció que “hay que tomar en serio cada parte del enemigo porque tiene dientes y garras con los que puede hacer daño”.
El pensamiento chino de 5.000 años de civilización adquirió con la nueva República Popular China un carácter más épico y combativo. En cualquier caso, siempre un pensamiento que combina el análisis profundo y la prudencia para tener el control del tiempo. En aquel entonces, a mediados del siglo XX, aquella nueva China que renacía desde sus cenizas necesitaba justamente un poco de tiempo, medio siglo que para el pensamiento chino es un suspiro, a diferencia del pensamiento occidental moderno que siempre lucha contra el tiempo. Y hoy, en 2026, 80 años después de la cita con la que inicié este artículo, el “hilo rojo” que conecta al líder Mao Zedong con el líder Xi Jinping se muestra al mundo más fuerte y sólido que nunca. Un hilo conductor de la historia reciente del gigante asiático que tiene marcada la fecha del 1 de octubre de 2049, cuando se conmemorará el centenario de la República Popular China como todo un hito del “sueño chino” moderno.
Si a inicios del siglo XXI el “sueño americano” se mantenía como el principal referente mundial gracias a que Estados Unidos era el primer socio comercial de la mayoría de los países, un cuarto de siglo después la hegemonía cultural y económica americana se está desintegrando por completo bajo el desarrollo chino. Hoy, China ya es el primer socio comercial para gran parte del mundo y su progreso económico ilumina a todo el Sur Global como nunca ninguna otra potencia lo había logrado. Otro dato demuestra el cambio de papeles de la hegemonía en el planeta, como es el dominio de las llamadas “tecnologías críticas”, que hoy China lidera en 64 de 60 tipos frente a Estados Unidos, cuando a inicios del siglo XXI era al revés. Asimismo, el comercio y las inversiones chinas están llegando a lugares de la Tierra donde por primera vez en su historia se está experimentando un progreso real, a diferencia de las etapas bajo el dominio colonial de algunas potencias europeas que solo provocó expolio y miseria.

Cuando en el año 2012 ascendió al poder el actual presidente chino Xi Jinping, la cúpula del Partido Comunista de China (PCCh) sabía que la elección de este líder no solo recogía todas las sensibilidades ideológicas del socialismo chino, sino que se establecía una conexión directa con la figura del primer presidente comunista del país, Mao Zedong. El “hilo rojo” que conecta la República Popular China de mediados del siglo XX con el liderazgo chino de la actualidad, lanza un mensaje al mundo muy diferente al de la historia de Occidente de los últimos cinco siglos. Por primera vez, una potencia no colonialista está en disposición de liderar un mundo global que desde China se contempla como una “comunidad de futuro compartido para toda la humanidad”. Es tan potente este cambio de paradigma, que para todo Occidente está siendo un shock, de ahí la gran inestabilidad geopolítica provocada por unas élites que durante muchas generaciones han ostentado un poder profundamente clasista. Un clasismo occidental que desde el Lejano Oriente está siendo contestado por el “poder del pueblo” que se ríe de los “tigres de papel”. A inicios del siglo XIX, Napoleón Bonaparte ya advirtió con otra célebre cita: “El día que China despierte, el mundo se tambaleará”. Y sin duda ese día ya ha llegado, con todas sus consecuencias.
En el año 2017, Xi Jinping publicó a modo de ensayo su pensamiento político, conocido como “Pensamiento de Xi Jinping”, en el cual se proclamó oficialmente que el “socialismo con características chinas” entraba en una “nueva era” con el objetivo central de consolidar el “rejuvenecimiento de la nación china” bajo el liderazgo del Partido Comunista de China. Pero lo más novedoso de este pensamiento ha sido incorporar el concepto del “sueño chino” como la gran meta del país en su proceso de revitalización nacional. Un “sueño chino” apoyado en cuatro pilares:
1)La construcción de un país fuerte, con la más alta capacidad tecnológica y con la determinación de liderar la Cuarta Revolución Industrial en el mundo, pero al mismo tiempo capaz de redistribuir la riqueza en toda la sociedad china donde se disfrute del bienestar para una amplia mayoría de “clase media modestamente acomodada”.
2)La dotación de unas Fuerzas Armadas de primer nivel bajo el control estricto de la Comisión Militar Central como órgano del Partido Comunista de China, el cual debe velar en todo momento por la eliminación de todo tipo de corrupción.
3)La recuperación de China como actor fundamental en las instituciones internacionales, una potencia histórica que reivindica su lugar en el mundo y su papel de liderazgo.
4)La reunificación de la nación china en su proceso de rejuvenecimiento con el horizonte del año 2049, cuando se conmemorará el centenario de la fundación de la República Popular China.
No cabe duda de que la actual autoconfianza china se sustenta en raíces civilizatorias muy profundas y sólidas. En cambio, el colonialismo occidental en el fondo ha sido un proceso histórico que tiene más que ver con el concepto de los “tigres de papel” que, con la verdadera fortaleza de los pueblos. Mediante el concepto del “poder del pueblo” es como China está mostrando al mundo un nuevo camino de desarrollo, muy diferente al que controlan las élites occidentales. Es a través de este análisis como se puede entender el espejismo que fue la Primera Revolución Industrial liderada por el Imperio Británico, que utilizó todo su poder para dominar a gran cantidad de pueblos del planeta. El relevo de dominación occidental lo tomó Estados Unidos, que no necesitó de un proyecto colonial, sino de un extraordinario sistema financiero depredador. Sobre este poder hoy sabemos gracias a algunos ex agentes de la CIA que las casi mil bases militares estadounidenses repartidas por todos los continentes están muy bien conectadas con el crimen organizado, además de servir para el control de los gobiernos locales. Es evidente que cuando un sistema financiero se sustenta a través de este tipo de estructura, tarde o temprano todo el edificio se corrompe y se derrumba, un escenario que sería demasiado catastrófico para el mundo. Por el contrario, China busca una transición pacífica con el fin de construir junto con todos los pueblos de la Tierra un verdadero sistema de gobernanza multipolar para el bien común. Este es sin duda el gran dilema de la humanidad actualmente.
El modelo chino basado en una alta productividad industrial y en un enorme despliegue comercial al servicio de todo un pueblo de 1.450 millones de habitantes es un proyecto que jamás en la historia humana se había experimentado. Es por lo que, en el resto de Asia, en África y en América Latina, la oportunidad que les brinda China es muy diferente al impulso occidental que se inició hace dos siglos. Gran parte del Sur Global todavía sufre enormes déficits de desarrollo a causa del modelo de gobernanza impuesto desde el colonialismo y agudizado por el impacto del crimen organizado. Solo en el momento que se comprenda que es absolutamente vital construir sociedades para el bien común, el mundo podrá empezar a salir del pozo donde se encuentra, y que la crisis climática global nos recuerda cada día. En la China de Xi Jinping hace tiempo que lo tienen claro, en 2013 el líder chino visitó Costa Rica y tendió la mano a la democracia más estable de América Latina. Una mano para estar en el lado correcto de la historia.






















