Por Alejandro Rubinstein
Siempre he pensado que el rol de un líder va mucho más allá de ejecutar y entregar resultados. Su responsabilidad más importante es, posiblemente, diseñar los sistemas que le permitan a la organización alcanzar esos resultados de forma sostenida. Y con frecuencia olvidamos el componente que amarra a todos los demás: la cultura organizacional.
En el más reciente Encuentro de CEO a CEO, organizado por la Alianza Empresarial para el Desarrollo (AED), pasamos varias horas conversando precisamente sobre eso: cómo los líderes construimos una cultura que habilite los resultados, pero con una visión de sostenibilidad.
El mundo cambió de forma precipitada en la última década. Hace diez años hablábamos de un entorno volátil e incierto. Una pandemia global nos mostró que también era frágil, y que la incertidumbre estaba produciendo ansiedad dentro de las organizaciones. Hoy seguimos reinventándonos: descartando cambios que creímos permanentes —el teletrabajo cien por ciento del tiempo para casi todos los puestos, por ejemplo— e identificando los que sí llegaron para quedarse.
Uno de esos cambios permanentes es que la sostenibilidad dejó de ser un tema periférico, un accesorio de reputación. Las empresas de hoy tienen la responsabilidad concreta de identificar y mitigar el impacto de sus operaciones, y de aportar a que sus comunidades y el país prosperen. Es un trabajo arduo, de largo plazo, y que para tener impacto real exige alianzas entre el sector privado y el público.
Ahí AED está llenando un vacío que el país tenía: reúne a líderes de empresas que se toman en serio la sostenibilidad, para desarrollar en conjunto ideas e iniciativas cuyo objetivo no es el aplauso, sino mover la aguja.
En este encuentro conversé con líderes de transnacionales que describían un reto muy concreto: mover una iniciativa a través de capas y capas de decisión, con actores repartidos en distintas divisiones y husos horarios. Del otro lado, empresarios de compañías familiares contaban un reto distinto: acompañar a fundadores y familiares —personas genuinamente preocupadas por Costa Rica— cuya definición de sostenibilidad está más cerca de la donación puntual que del cambio estructural. Sin mala intención, se pierde de vista lo más difícil: instalar en el ADN de la organización los sistemas y los incentivos para una gestión amigable con el ambiente y con las personas.
Concluimos que cada organización tendrá que encontrar su propia fórmula, y que no existe una receta única. Pero sí hay un denominador común: incorporar en la cultura la obligación de decidir con la sostenibilidad como criterio, no como adorno.
¿Y cómo sabe uno si lo logró? Yo diría que la cultura está instalada cuando un equipo decide no traer un producto más barato y de mayor rotación porque tiene características dudosas de seguridad o componentes dañinos para el ambiente. O cuando, en una sala donde no hay ningún líder senior presente, los asistentes renuncian a un beneficio propio para evitar un impacto negativo en la sociedad. Eso es cultura: cuando el interés común pesa más que el individual, aunque nadie esté viendo.
En Costa Rica entendemos bien esta lógica. Aquí no construimos pensando en el día soleado, sino en el sismo. Un edificio no se prueba el día que se inaugura; se prueba cuando tiembla. Lo mismo pasa con la estructura que diseña un CEO: no se mide en el discurso de fin de año, sino en las decisiones incómodas que el propio negocio va trayendo.
¿Cómo se construye entonces esa estructura? Sin duda, el CEO debe empezar por construirse a sí mismo, modelando y siendo ejemplo de lo que espera del resto de la organización. El arquitecto de la cultura organizacional empieza por ser arquitecto de su propia persona.
Y después busca compañía, porque ninguna empresa mueve sola la aguja de un país. Por eso valoro los espacios que AED está facilitando: lugares donde quienes genuinamente queremos una Costa Rica mejor nos encontramos, nos comparamos y nos exigimos.
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Cortesía/La República



































