Durante mis más recientes recorridos por la capital de Costa Rica -San José-, captando fotos entre plazas y edificios históricos, quise medir la realidad social y económica de una ciudad donde en los últimos años ha crecido de manera alarmante la degradación humana que es tan propia de cualquier sociedad occidental. Y este hecho es justo de lo que quiero hablar, de la insoportable normalización que se ha hecho en Occidente sobre la tremenda desigualdad que existe entre personas de la misma sociedad. Los datos actuales sobre desigualdad nos dicen que en Europa el 10% de la población más rica acumula el 33% de la renta y el 50% de la propiedad. Pero en América Latina, el continente más desigual del mundo, la clase más pudiente que representa el 10% de la población ostenta el 66% de toda la riqueza en términos generales. Para un país como Costa Rica con sus 5 millones de habitantes, tendríamos que medio millón de personas disfrutan de 2/3 de la riqueza nacional para su único y exclusivo beneficio. Por lo tanto, 4 millones y medio de costarricenses entre clases medias y clases bajas, están excluidos de gran parte de lo que se genera en el país y también del aprovechamiento de la propiedad en manos de unas pocas familias.
En uno de los monumentos del Parque Central de San José, una placa recuerda que fue en ese espacio donde en el año 1821 el ayuntamiento recibió y confirmó la “Declaración de la Independencia de Centroamérica”. Transcurridos poco más de dos siglos de aquella declaración, el progreso social, político y económico ha sido gigantesco, pero en cambio la concentración de riqueza ha seguido un proceso inverso en paralelo a la devastación que está provocando el consumo y el tráfico de drogas en todo el país. Esta brecha económica y social que hoy en día es inamovible se palpa gráficamente con la desigualdad que podemos observar a través de los derechos humanos más elementales, como son la salud, la educación y la vivienda.
En otro espacio muy emblemático de la capital costarricense como es el Museo Nacional de Costa Rica, instalado en el antiguo edificio del Cuartel Bellavista que de manera muy simbólica quedó inmortalizado para siempre en la memoria popular con la histórica foto de Don Pepe Figueres en el acto de “Abolición del Ejército” de 1948, también me llamó la atención algunos textos que encontré. Textos como éste:
“Costa Rica ha tenido en términos comparativos, índices elevados de bienestar social. Sin embargo, sus logros históricos se enfrentan a amenazas como la corrupción, el narcotráfico y la inseguridad. El empobrecimiento generado por el desempleo y la desigualdad social tienen uno de los aumentos más acelerados en América Latina.”
En otro texto que hace referencia a la crisis del sistema bipartidista que dominó el país durante décadas y que mucho tiene que ver con la desigualdad social, se invita al visitante a compartir una serie de preguntas que recientemente están en boca de muchas personas en todo Occidente:
“¿Debe ser la democracia algo más que asistir a las urnas cada cuatro años? ¿Es suficiente el crecimiento económico para lograr el desarrollo social? ¿Cómo equilibrar la eficiencia del Estado con el cumplimiento de sus obligaciones sociales?”
Para responder a estas preguntas, personalmente recurrí a las más actuales reflexiones de algunos economistas que han analizado profundamente la cuestión de la desigualdad, y mi conclusión es que el único camino para acabar con esta insostenible lacra pasa por la “desmercantilización de la vida económica y social”. Y digo esto alto y claro en un país como Costa Rica, que, a pesar de ofrecer importantes garantías sociales para sus ciudadanos, por otro lado, está inmerso en una profunda dinámica de mercantilización de la vida en general, al mismo nivel que los países más capitalistas del mundo.
Por otro lado, para tratar de abordar toda esta cuestión a partir de las preguntas que se encuentran en el Museo Nacional de Costa Rica, es importante no perder de vista que el modelo institucional de todos los países occidentales está sometido a intereses financieros especulativos que favorecen principalmente a las clases dominantes que controlan los territorios. A todo ello hay que añadir el contexto geopolítico a partir del año 2020, que provocó un aumento considerable de la inflación en todos los productos que afectan al día a día de la población occidental, esencialmente la alimentación y la energía. Esta situación sumada al discurso único de los gobiernos y de los principales medios de comunicación, ha aniquilado toda contestación ciudadana. Si algunos discursos nacionalistas que reivindicaban tener soberanía para gestionar las políticas sociales, económicas y medioambientales alcanzaron antes de 2020 su máximo apogeo, no es casualidad que a partir de aquel año todos aquellos movimientos hayan desaparecido diluyéndose entre la pandemia global y los conflictos bélicos.
El actual escenario internacional revela claramente que lo que conocíamos como “democracia” ya no es un sistema político de participación ciudadana, sino directamente un brazo ejecutor de toda una “tecnocracia” que decide por encima de cualquier campaña electoral. La desigualdad, pues, parece haber entrado en un callejón sin salida que ningún poder occidental puede resolver. Al contrario, la militarización en Occidente contra enemigos inventados, en realidad hace frente a la reclamación histórica de la “redistribución de la riqueza”. En este sentido es bueno recordar que en Costa Rica el Partido Comunista estuvo ilegalizado entre los años 1948 y 1975, y ya sabemos lo que aconteció en toda América Latina y en Europa durante ese período histórico. Aquellos años fueron cruciales para el asentamiento de las clases dominantes y de las políticas que hoy son responsables no sólo de la desigualdad, sino de la degradación medioambiental que asola a todo el planeta, incluida la bella Costa Rica. En contraposición a esta realidad de Occidente, el modelo de “socialismo con características chinas” se erige ya como el único bastión de defensa de las políticas para el bien común. Es por lo que este modelo no gusta a los poderes occidentales, situados en el lado equivocado de la historia. Hay que recordar que la China socialista sacó en 50 años a 800 millones de personas de la pobreza, y este es un ejemplo insuperable para el mundo. Una auténtica política de Estado al servicio del colectivo ciudadano, la cual bien seguro deberá ser imitada en el resto del mundo si la humanidad quiere seguir prosperando en armonía con el planeta.





















