Cuando a inicios del siglo XIX empezó a desintegrarse el Imperio Hispánico, el llamado “mundo anglosajón” encabezado primero por el Imperio Británico y posteriormente por los Estado Unidos, vio su gran oportunidad para ocupar el lugar hegemónico en el continente, en paralelo con la competencia para liderar el mundo junto con otras potencias. Pero la singularidad de todo lo que ha pasado en América Latina en los últimos dos siglos no puede entenderse sin la colaboración de las “familias criollas” que controlan los diferentes países, lo que se conoce como las “oligarquías latinoamericanas”. Unas oligarquías perfectamente alineadas con los intereses anglosajones para convertir a estas tierras en el “patio trasero” de los Estados Unidos, con el único objetivo de hacer negocio unos con otros mientras la pobreza se ha extendido de manera vergonzosa e insostenible.
Durante la segunda mitad del siglo XX, todas las dictaduras y guerras internas fueron inducidas desde los poderes externos anglosajones, apoyados por las “familias criollas” para mantener el control de los recursos. Es bien sabido que América Latina es la región del mundo con las mayores desigualdades sociales, sin que las clases más pudientes tengan ningún tipo de escrúpulo a la hora de mostrar su inmoral riqueza económica sobre el resto de la población. Pero esta situación, hoy sólo se puede mantener gracias a la política exterior de los Estados Unidos. En los más recientes episodios por imponer gobiernos serviles, la inteligencia estadounidense ha redoblado sus esfuerzos a lo largo y ancho del continente, desde Honduras hasta Argentina, pasando por el impactante caso de Venezuela.
Comunidad aimara en la parte boliviana del Lago Titicaca, la América más pura y ancestral en el corazón de los Andes. Foto Sergi Lara
En las reiteradas declaraciones del actual presidente de los Estados Unidos -Donald Trump-, respecto a los intereses geopolíticos del país norteamericano hacia el resto del continente, ha destacado el desprecio más absoluto no sólo por la “soberanía nacional” de cada país, también por la propia gente que habita en los territorios. Por un lado, mencionó la necesidad de los Estados Unidos de recuperar el control del Canal de Panamá, y por otro lado volvió a proponer la “compra” de la isla de Groenlandia (territorio que forma parte del continente americano, cuya población aborigen goza de una amplia autonomía). Evidentemente, detrás de todo ello está la nueva competencia global que supone la República Popular China, que ha reforzado sus lazos con Rusia y con otras potencias emergentes dispuestas a acabar con el unilateralismo estadounidense. Asimismo, los intereses chinos a escala global ya se extienden por toda América Latina, y eso sin duda preocupa al poder anglosajón norteamericano.
En este contexto destacan los diferentes proyectos por construir nuevos canales interoceánicos en Centroamérica, siendo el que se ha estudiado en Nicaragua a través de ingeniería china uno de los que mantiene la apuesta por sustituir en el futuro al ya obsoleto Canal de Panamá. El gobierno chino en cualquier caso mantiene una política de creación de grandes infraestructuras como estrategia de penetración no beligerante. Al mismo tiempo, lo que sí es muy seguro es la toma de conciencia de una gran parte de la ciudadanía de los países latinoamericanos respecto a sus derechos y a su dignidad. Y aunque cada caso tiene sus particularidades culturales, geográficas e históricas, los nuevos líderes con sensibilidad social están obligados a atender el llamamiento ciudadano, fundamentalmente para acabar con una pobreza estructural que afecta a toda la sociedad, generando enormes problemas que van desde la alta criminalidad hasta la degradación medioambiental. En este sentido es primordial la cooperación transfronteriza como motor de progreso y desarrollo.
El “experimento” que es la Unión Europea, a pesar de sus imperfecciones y diferencias culturales, es hoy por hoy un modelo infinitamente superior al modelo de los Estados Unidos para lograr el gran objetivo en Occidente de construir sociedades más justas, más sostenibles y donde se garantice el bienestar para toda la población. Lo que ya no es asumible en pleno siglo XXI en América Latina, es que, teniendo mucha más afinidad cultural, los países no sean capaces de crear un ente político similar al de la Unión Europea. Como ciudadano europeo que reside en América Latina, y a su vez como estudioso de los territorios a través de la geografía y de la historia, no me cabe duda de que el futuro del continente puede ser esperanzador si los países trabajan conjuntamente para este gran objetivo. Por separado, ningún país logrará el progreso y el desarrollo a merced de las grandes potencias. Por otro lado, quiero pensar que la República Popular China va a apoyar siempre las políticas relacionadas con la integración entre países, y también la justicia social y la redistribución de la riqueza. Un mundo pobre y desangrado es lo que menos le interesa a China, pues su modelo se apoya en el desarrollo integral de todo el planeta.
Familia nicaragüense en la parte inicial del río San Juan, enclave de gran importancia geopolítica a lo largo de la historia. Foto Sergi Lara
En cambio, una deseable “Unión Latinoamericana” lo tiene todo para acabar con las infames injusticias sociales y para poner a disposición de todos los ciudadanos los grandes recursos naturales del continente. Este no es un deseo basado en utopías, es de sentido común y tan claro como el agua dulce que abunda por doquier en América Latina, que por cierto cuenta con las mayores reservas del mundo. Pero para este propósito, la clave es acabar con la corrupción política y su connivencia con esos poderes externos que no tienen ningún interés en el progreso social. Después de dos siglos de era postcolonial, en los próximos años los pueblos que se extienden desde el norte de México hasta el sur de la Patagonia tienen en sus manos una posibilidad que no sólo debe ser irrenunciable, sino absolutamente existencial. El apoyo chino en este sentido, liderando al Sur Global de la mano de otros actores tan importantes como Brasil, es un pilar fundamental para seguir dando esperanza a la “verdadera América” de los pueblos.





















