Ximena Madrigal Amador
Historiadora (UCR), comunicadora social y analista internacional.
El siguiente texto podrá ser entendido por algunos lectores como una comparación burda. Adelanto, por eso, que su intención es defender los beneficios de una integración responsable en el mercado internacional, una integración que no disminuya los beneficios nacionales, que no ignore las tradiciones propias de los pueblos, en pro de la planificación para el desarrollo del país y frente a la imperante anarquía del mercado cuya incertidumbre ha marcado a las últimas generaciones de costarricenses, aunque la sintamos más los jóvenes.
En 1949 se fundaron, con pocos meses de diferencia, la República Popular China y la Segunda República de Costa Rica. La coincidencia parece anecdótica, pero observada con detenimiento revela algo más profundo: dos sociedades muy distintas que, en momentos parecidos (fin de la II Guerra Mundial, la fundación de un nuevo orden global), encontraron un marco ideológico capaz de articular el espíritu nacional y orientarlo hacia un proyecto colectivo. Vale la pena celebrar esa similitud.
En China, la ideología que canalizó ese impulso fue el marxismo, entendido no solo como doctrina económica sino como una expresión de soberanía, cohesión y afirmación patriótica frente a un siglo de intervenciones extranjeras. En Costa Rica, ese papel lo desempeñó la socialdemocracia (en conjunto con la doctrina social de la Iglesia), que también funcionó como un proyecto nacional orientado al desarrollo, la estabilidad y la justicia social. Ambos marcos compartían una intuición de fondo: que el desarrollo no podía dejarse a la espontaneidad del mercado y que el Estado debía asumir un rol activo como motor de cohesión y modernización en sociedades marcadas por la dependencia. Conviene recordar que, para entonces, China venía de décadas de dominación colonial y Costa Rica aún operaba bajo la lógica de la república bananera; en ambos casos, fue el espíritu de búsqueda de libertad y autodeterminación el que impulsó las revoluciones que dieron vida a ambas repúblicas en 1949.
En el caso costarricense, esa visión se tradujo en garantías sociales constitucionales, educación y salud públicas, y una decisión audaz para la época: la nacionalización de la banca, que permitió financiar empresas nacionales, vivienda, programas sociales y la formación de una clase media amplia. En el caso chino, el comunismo con características chinas, adaptado a una escala continental y a condiciones materiales muy distintas, sostuvo con el tiempo lo que organismos internacionales reconocen como una de las mayores reducciones de pobreza de la historia moderna, con más de 800 millones de personas, y posicionó al país como una de las grandes economías del siglo XXI.
La clave de la comparación entre el nacimiento de ambas repúblicas radica precisamente en esa equivalencia histórica: dos proyectos nacionales distintos que, en su origen, buscaron construir cohesión interna, modernización y sentido de propósito colectivo a partir de una visión política propia y adaptada a sus condiciones. Ninguno copió modelos ajenos al pie de la letra. Ambos combinaron planificación estatal, inversión nacional y, con el tiempo, apertura al mercado mundial.
La diferencia decisiva llegó con el paso de las décadas. En China, ese marco ideológico se ha mantenido y adaptado a las nuevas realidades históricas y económicas: la apertura al comercio internacional ocurrió sin abandonar la planificación ni el control estatal sobre sectores estratégicos, y la inversión extranjera se utilizó como herramienta de desarrollo interno, no como sustituto de él. En Costa Rica, en cambio, ese marco terminó debilitándose y perdiendo centralidad. El ingreso a los programas de ajuste estructural en los años ochenta trajo beneficios que no conviene minimizar, pero también desplazó, gradualmente, la lógica de un proyecto nacional hacia una economía cada vez más dependiente de decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.
Hoy esa pérdida de centralidad tiene costos visibles. Cuando una empresa transnacional decide irse, el país tiene poca capacidad de respuesta. Los incentivos fiscales suelen favorecer al capital extranjero por encima del productor nacional. Y el desarrollo se piensa, con demasiada frecuencia, en función de lo que el mercado externo demanda y no de lo que el país necesita.
No se trata de demonizar la relación con Estados Unidos, que ha sido fuente de cooperación, intercambio académico, inversión y oportunidades para miles decostarricenses. Tampoco de idealizar a China, percibida hoy por expertos como una alternativa atractiva en términos de inversión y financiamiento. La cuestión es otra: recuperar la capacidad de elegir y poner a Costa Rica primero. Eso pasa, antes que nada, por reconstruir un marco político propio que vuelva a dar centralidad al desarrollo nacional.
Setenta y siete años después, las dos repúblicas que nacieron en 1949 nos recuerdan algo simple: el desarrollo no se hereda ni se importa. Se planifica, se sostiene y, sobre todo, se construye desde una visión política propia que responda al interés común de la patria.





















