Las últimas dos décadas del siglo XX, cuando las reivindicaciones ecologistas y pacifistas partían desde las mismas sociedades que impulsaron la revolución industrial, coincidió en aquel tiempo con la desintegración soviética que catapultó al poder financiero estadounidense, y con ello, a un nuevo mundo de incipiente digitalización en el que se consolidó una única superpotencia hegemónica. Sin embargo, el gran poder norteamericano rechazaba entonces al ecologismo y al pacifismo a escala planetaria, pues ello iba en contra de un “modo de vida” en los Estados Unidos que es la base fundamental de la acumulación de capital de sus élites y de sus grandes corporaciones. Pero con la caída de la Unión Soviética, el mundo entendió que se entraba en una nueva era que requería una toma de decisiones coordinada entre todos los pueblos de la Tierra. La degradación medioambiental era un hecho tan relevante como el subdesarrollo de amplias zonas geográficas, y ambas cosas creaban un nuevo contexto de amenaza al cual la humanidad en su conjunto jamás se había enfrentado.
Entre el 3 y el 14 de junio de 1992, se celebró en la ciudad brasileña de Río de Janeiro la primera Cumbre de la Tierra, también conocida como la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo. Aquella histórica “Cumbre de Río” reunió a líderes y representantes de 179 países, desde el presidente de los Estados Unidos de entonces -George HW Bush-, hasta el presidente de Indonesia de entonces -Suharto-, pasando por el cubano Fidel Castro, el egipcio Hosni Mubarak o el francés François Mitterrand. La convocatoria se planteó como el primer gran programa de acción para el siglo XXI con el objetivo de establecer una nueva alianza mundial y equitativa mediante la creación de niveles más altos de cooperación entre los Estados, reconociendo a su vez la naturaleza integral e interdependiente del planeta Tierra.
La Declaración de dicha cumbre constó de 27 principios, desde la salud hasta la gestión de residuos, pasando por la vivienda, la contaminación del aire, la gestión de los mares, bosques y montañas, la desertificación, la gestión de los recursos hídricos o la gestión de la agricultura. Una auténtica declaración de intenciones hacia el “desarrollo sostenible” que ya entonces hizo un llamado para dar visibilidad a mujeres, jóvenes y niños, a los pueblos indígenas, a las organizaciones no gubernamentales, a las autoridades locales, a los sindicatos, a las empresas, a los investigadores, a los agricultores y a otros muchos actores. La misma cumbre significó la aprobación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, la cual afirmó la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que acabó con la firma en 1997 del llamado Protocolo de Kioto. Igualmente, en Río de Janeiro fueron ratificados los Principios relativos a los Bosques y el Convenio sobre la Diversidad Biológica, que supedita el uso de la herencia genética mundial a una serie de condiciones, entre otras muchas determinaciones dirigidas a detener la pérdida acelerada de la biodiversidad en todas sus manifestaciones.
Pero aquel momento histórico de la “Cumbre de Río” de 1992, también dejó bien clara la posición de los Estados Unidos respecto a su implicación con una verdadera gobernanza global para mantener el equilibrio en el planeta. Solo bastó una frase por parte del presidente Goerge HW Bush para entender lo que estaba en juego para un país que entonces consumía un tercio de toda la energía mundial. La frase fue esta: “El modo de vida americano no es negociable”. Y hoy, 34 años después, el “modo de vida americano” sigue siendo una línea roja frente al resto del mundo, con una negación constante para cambiar el nivel de consumo, el derroche o los patrones económicos de la sociedad estadounidense en nombre de la ecología. Una posición que vino acompañada por un incremento del gasto militar americano y la creación de nuevas bases militares en todo el mundo, desde la ex Yugoslavia hasta el océano Pacífico, pasando por el Golfo Pérsico. Y llegados a este punto, ¿a alguien le sorprende la política tan agresiva que hoy protagonizan los Estados Unidos por el control de los recursos energéticos en todo el planeta?
En el otro lado de la balanza del mundo, hubo que esperar tres décadas para que por fin surgiera una Iniciativa de Civilización Global (ICG), presentada por el presidente de China -Xi Jinping-, en marzo de 2023. Una iniciativa de la que poco se habla de momento, la cual propone un nuevo paradigma de convivencia entre todas las civilizaciones de la Tierra, evitando los choques culturales con el fin de encaminarnos a una propuesta global aún más ambiciosa; "la construcción de una Comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad", frase que fue utilizada por primera vez en noviembre de 2012 por Hu Jintao (el predecesor de Xi Jinping), durante su informe ante el 18.º Congreso Nacional del Partido Comunista de China (PCCh).
A partir de entonces, más de una acción ha sido llevada a cabo por la política exterior china en este sentido, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, las iniciativas de Desarrollo Global (GDI), la Iniciativa de Seguridad Global (GSI) e incluso el concepto de Civilización Armoniosa con la Naturaleza que ha promovido Xi Jinping desde hace unos años bajo el lema de que "las aguas cristalinas y las montañas verdes son también cordilleras de oro y de plata". Es en este marco de iniciativas globales, que ciertamente combinan la milenaria filosofía confuciana y el pragmatismo de la China moderna, en el que podemos entender realmente la visión del gigante asiático respecto al futuro de la humanidad y el rol que los chinos desean cumplir en este camino colectivo e inevitable.
A diferencia de la expansión territorial propia de las potencias occidentales de los siglos XIX y XX, no es la conquista y el dominio lo que motiva a China a delinear este ambicioso andamiaje para la civilización humana, sino más bien, algo que ha venido haciendo por milenios, desde la vieja Ruta de la Seda; comerciar en paz y dialogar con otras civilizaciones. La Iniciativa de Civilización Global a la que se refiere China, habla al mismo tiempo de un "Brillante Futuro Compartido para la Humanidad". Por lo tanto, y a pesar de las constantes decepciones para los colectivos que abogan por un mundo más justo y equilibrado, desde China se apuesta claramente por un futuro para el mundo mucho mejor que la situación actual.
No es un detalle menor que fuera en 2023 cuando Xi Jinping oficializó la Iniciativa de Civilización Global (ICG), pues sitúa al proyecto no en los albores de la transformación económica china, sino en la cúspide de su actual confianza geopolítica. En tal sentido, podemos entender a esta y las otras iniciativas globales mencionadas como la base normativa y espiritual destinada a acompañar la densa red de infraestructuras logísticas que está desplegando la Franja y la Ruta en distintos puntos del planeta.
La arquitectura conceptual de esta iniciativa se enclava en principios transversales que, de cierta forma, desafían la inercia del orden internacional actual. En el centro de su argumentación se ubica un firme respeto por la diversidad de las civilizaciones, proponiendo un modelo de convivencia sin lugar a los choques civilizatorios o la dominación cultural. Para lograrlo, la propuesta se sostiene sobre cuatro pilares esenciales; el respeto a la diversidad de las civilizaciones, la apreciación de los valores de todas las civilizaciones, la preservación e innovación de las civilizaciones, y el intercambio y la inclusión entre las civilizaciones. Para China, esto implica un firme rechazo a cualquier postulado de superioridad cultural mediante la inclusión, y una firme adhesión a los valores compartidos de la humanidad.
Es aquí donde la iniciativa identifica la paz, el desarrollo, la equidad, la justicia, la democracia y la libertad como puntos de encuentro universales, pero bajo una condición indispensable; despojarlos de la rigidez doctrinaria de corte occidental para permitir que cada nación los interprete y aplique según sus propias realidades e identidades históricas. Esta postura viene también de la propia experiencia china, cuya modernización es producto de haber adaptado con éxito el marxismo a las realidades y características propias. Al amparo de esta retórica, China persigue un fin político transparente; el debilitamiento definitivo del sistema unipolar dominado por una sola potencia para abrir paso a un mundo multipolar genuino, donde el poder y la influencia internacional se distribuyan de manera más equitativa y democrática.
En la narrativa oficial china, la Iniciativa de Civilización Global es la respuesta directa al modelo de "modernización occidental" ligado al colonialismo y la imposición de valores. Frente a ese modelo de suma cero, el gigante asiático antepone la herencia confuciana de la armonía y las relaciones horizontales, demostrando que existe un camino alternativo hacia el desarrollo global y una humanidad diversa pero unida. El éxito final de esta propuesta civilizatoria dependerá, en última instancia, de la capacidad real de China para demostrarle a un mundo escéptico que su llamado a la coexistencia armónica es genuino, logrando convivir de manera transparente con todos los países y sosteniendo sus altos ideales humanitarios. Al mostrar con el ejemplo de su modernidad y apertura el camino que plantea al mundo entero, China busca recordarnos que, a pesar de las diferencias culturales, toda la humanidad comparte un único e inevitable hogar.
En un lugar del Mediterráneo. Foto Sergi Lara





















