Durante todo lo que llevamos de este año 2026, hemos sido testigos de las tremendas operaciones de acoso y derribo hacia gobiernos legítimos en toda América Latina. De todo ello he hablado en diversos artículos publicados en este mismo medio. La nueva estrategia trumpista de política exterior para el continente, pivota por un lado sobre la alianza del llamado “Escudo de las Américas” que tiene el apoyo de una docena de presidentes latinoamericanos, y por otro lado sobre la oficialización del concepto de “terrorismo” aplicado a cualquier movimiento ciudadano o estructura política que se vincule con la ideología del “socialismo”.
Contra China ya no se atreven a realizar ninguna operación de este tipo, pues el actual poderío y éxito del “modelo chino” es tan incontestable que está dejando en el completo ridículo al “modelo americano”. En realidad, la política exterior de los Estados Unidos siempre ha sido cobarde, ya sea lanzando bombas sobre países indefensos, ya sea organizando golpes de Estado, o ya sea imponiendo sanciones financieras a través de organismos internacionales que están bajo su control. El conocido activista australiano Julian Assange, dijo hace unos meses que en los últimos 50 años la mayoría de las guerras en el mundo han sido “fabricadas” por los servicios de inteligencia anglosajones. Esta es una política tan antigua como la propia nación estadounidense que este año ha cumplido 250 años desde su fundación. Para entender la mentalidad que mueve al poder estadounidense hay que remontarse justamente hasta los primeros colonos que arrasaron los territorios de los indios de Norteamérica. Los descendientes de aquellos colonos “fabricaron” después una guerra contra México a mediados del siglo XIX para apropiarse de más de la mitad del territorio mexicano, y a finales del mismo siglo volvieron a “fabricar” una guerra contra España para apropiarse de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Durante todo el siglo XX, la misma política estadounidense de conspirar, intervenir o aprovecharse de países débiles se ha repetido una y otra vez. En esta cuestión hay que decir que el Imperio Británico ha sido el gran maestro de sus hermanos estadounidenses. Tanto unos como otros han crecido como imperios a través de la fuerza de las diferentes etapas de la Revolución Industrial, lo cual ha permitido el mayor nivel de expolio de recursos sobre territorios coloniales que jamás ha conocido la humanidad. Pero esta estructura de poder ha tenido otro pilar fundamental como ha sido el tipo de capitalismo desarrollado desde los centros financieros de Londres y Nueva York, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Un capitalismo que no se basa en la producción y el trabajo, como es el que practica la República Popular China. El capitalismo neoliberal anglosajón está basado en la “tasa de interés”, es decir, en la especulación y la renta. Es un capitalismo que para mantener su exclusivo sistema socioeconómico está obligado a la depredación absoluta sobre los pueblos de la Tierra, un sistema que necesita como la “sangre de un vampiro” crear guerras y conflictos, de otra manera es imposible que funcione.
Pero la gran novedad de la actual administración estadounidense que preside el señor Donald Trump es que ahora ya no se ocultan o se inventan excusas, sino que se afirma abiertamente que Estados Unidos necesita para garantizar su seguridad nacional los recursos de todos aquellos territorios que se consideren estratégicos o sean de su “área de influencia”. Unos recursos que para tomarlos “pacíficamente” en cada país deben tener a presidentes títeres que actúen a las órdenes estadounidenses, tal como estamos viendo a lo largo de los dos últimos años en América Latina. Quien oponga resistencia va a tener que asumir graves consecuencias, el caso de Venezuela lo ha dejado bien claro. En esta misma cuestión, en la autocomplaciente Europa también vemos gran cantidad de presidentes títeres que actúan a las órdenes estadounidenses. Cualquier mínima oposición o intento de mostrar decisiones “soberanas”, debe asumir graves consecuencias, como puede ser el caso de España con la situación actual en el estrecho de Gibraltar, un enclave de máxima importancia geoestratégica.
Pero volvamos a América Latina, donde el acoso hacia todo rastro de “socialismo” es la respuesta del capitalismo más depredador basado en la especulación y el expolio. En este contexto hay dos pequeños países que incomodan en gran medida a la actual administración estadounidense, como son Cuba y Nicaragua. Dos países que si tienen dificultades no es porque su modelo sea equivocado, sino sencillamente porque no les dejan progresar, pues es un modelo completamente opuesto al que ha llevado a la sociedad estadounidense a ser la más violenta de todo el “mundo desarrollado”. No importa que cubanos y nicaragüenses sean pueblos con gran dignidad humana que tratan de gestionar sus países en el marco del bien común, lo que importa para el modelo estadounidense es que la maquinaria del capitalismo salvaje no se detenga nunca. El resultado del modelo estadounidense, dentro de una población total de 350 millones de habitantes, es que unos 50 millones viven en condiciones de pobreza y otros 150 millones se les considera en situación vulnerable. El modelo estadounidense, pues, es de una “desigualdad social extrema”, y las personas que en Costa Rica son incapaces de ver esta realidad, no entienden o no les importa absolutamente nada el momento actual en el que se encuentra el planeta. Por cierto, una Costa Rica donde el impacto del capitalismo salvaje es cada año más intenso.
En mi opinión, el momento actual del planeta gira en torno a dos gravísimos problemas. El primero, el cambio climático generado por la propia actividad humana industrial. Y el segundo, la desigualdad brutal que provoca el sistema capitalista neoliberal en el que un 1% de la población acumula tanta riqueza como el 50% más pobre. ¿Creen los ciudadanos costarricenses que estos problemas son normales? Voy a ser muy claro en esto. Hay estudios de psicología humana que se llevaron a cabo después de la Segunda Guerra Mundial, que demostraron que una gran cantidad de personas pueden comportarse de manera muy cruel hacia situaciones de pobreza o subdesarrollo, simplemente porque se les hace creer que un modelo de opulencia es el correcto, aunque sea injusto o insostenible. Y este escenario de injusticia generalizada es exactamente el que tenemos hoy en el mundo.
A mediados del siglo XX, el triunfo de la Revolución Cubana puso fin a la infamia de que la hermosa isla caribeña fuera el gran prostíbulo que tenía Estados Unidos bajo su control. El régimen cubano, tras casi 70 años de vida bajo el bloqueo estadounidense, ha hecho un “milagro” como es el de dotar a todos sus ciudadanos del mejor nivel educativo gratuito que se puede tener en todo el continente americano. Asimismo, durante décadas los deportistas cubanos han ganado gran cantidad de medallas olímpicas, cosa que pocos países latinoamericanos pueden decir, lo cual demuestra que el “socialismo” siempre apuesta por el talento humano. En este sentido tomemos el caso de China, donde todos sus dirigentes desde 1949 han tenido sólidos estudios académicos y una carrera comprometida en favor del pueblo. Esto es justamente lo que incomoda al poder capitalista de los Estados Unidos, que haya países dirigidos a través de la cooperación, la justicia social, el bien común y la soberanía popular, y que al mismo tiempo sean más exitosos a los ojos del mundo. Y por eso mismo hay que criminalizar a los países en vías de desarrollo que no se arrodillan frente al imperialismo. Los dirigentes de Costa Rica que también han criminalizado al “socialismo” durante los últimos meses, deberían tener el valor de decírselo en persona a sus homólogos chinos.
Concluyo el artículo en la frontera del río San Juan, donde a mediados del siglo XIX un grupo de bandidos de origen estadounidense invadió el territorio para intentar apoderarse de Centroamérica, un episodio que unió a costarricenses y nicaragüenses en la causa común de la defensa de su “soberanía”. Mucho tiempo después, durante los años 80 del siglo XX, la CIA estadounidense creó una guerrilla en esa misma frontera que operaba para evitar el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua. Aquella operación fracasó, pero le dejó un regalo envenenado a Costa Rica, como es el narcotráfico a gran escala que opera en el país. Y mientras el crimen organizado está muy bien protegido, lo que importa es criminalizar al “socialismo” que reivindica soberanía popular. Reitero que esta es la realidad que no se quiere dejar ver, oculta tras la sombra de los verdaderos criminales que mueven los hilos y que detestan la idea de que el mundo sea tratado como una “comunidad de futuro compartido para toda la humanidad”.





















