Tuve la dicha entre los meses de agosto y diciembre del pasado año 2025, de residir en la República Popular China. Una estancia de cuatro meses en un momento en el que el debate sobre el papel de China en el mundo es cada día más fuerte; su influencia en general, su modelo socioeconómico, su liderazgo dentro del grupo de los BRICS, su apoyo al progreso en todo el Sur Global, su alianza estratégica con Rusia y su rivalidad con Estados Unidos. Lo cierto es que desde el primer día residiendo en un condominio de la zona diplomática de la ciudad de Beijing, las sensaciones fueron siempre muy positivas, a pesar de las grandes dimensiones del área metropolitana de la capital china, que la sitúan dentro del grupo de las llamadas “megalópolis”, aquellas ciudades que superan los 20 millones de habitantes (Beijing ronda los 23 millones). En América Latina solo hay dos ciudades de este tipo, como son São Paulo en Brasil y Ciudad de México.
Si en América Latina las grandes ciudades muestran un entramado urbano muy caótico con grandes bolsas de pobreza como máxima expresión de las mayores desigualdades sociales, en Beijing su gigantesco entramado de autopistas y avenidas muestra todo lo que representa ser la capital de la principal potencia mundial (ya pongo a Estados Unidos por detrás). Desde que en 2008 se celebraran aquí los Juegos Olímpicos, la renovación urbanística para armonizar los edificios de vanguardia con los edificios históricos, es un ejemplo extraordinario no solo para los países en vías de desarrollo, también para los países desarrollados. Como es bien sabido, la prioridad para la República Popular China desde que triunfara su revolución socialista en 1949 ha sido desarrollar el país a todos los niveles, y ello pasaba por sacar de la pobreza a más de la mitad de su población, unos 800 millones de personas de un total de 1.450 millones de chinos, que puede calificarse como el mayor éxito socioeconómico de la humanidad.
Zona urbana alrededor del Estadio Olímpico de Beijing. Foto Sergi Lara
A partir de 1979, cuando una nueva generación de líderes chinos tomó el mando del país, el mismo objetivo se reforzó con los conceptos de “renovación y apertura”, en paralelo a lo que también se vería obligado a hacer la Unión Soviética. La historia posterior diez años después es bien sabida, por un lado, con la desintegración de la Unión Soviética, y, por otro lado, con la proyección de China como la “fábrica del mundo”. El llamado “socialismo con características chinas”, 35 años después de la Caída del Muro de Berlín ha demostrado al mundo que sí es posible una “tercera vía” en las sociedades humanas, un híbrido entre socialismo y capitalismo. Un modelo que constaté de primera mano durante mis cuatro meses en China, donde la mendicidad y la degradación son inexistentes, a diferencia de lo que ocurre en todas las ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa.
Mi experiencia durante mis paseos por las amplias avenidas de Beijing me decía siempre que el modelo chino funciona y es todo un éxito, mientras que el modelo occidental no solo es un fracaso, sino que pone en peligro la vida de millones de personas en sus propios países y de manera indirecta en todo el planeta. Para los líderes políticos de la República Popular China, es inconcebible no garantizar a sus ciudadanos los derechos más elementales, como son la vivienda, la educación, la sanidad, la seguridad y el medio ambiente. En cambio, en los países occidentales vemos como cada día los mismos derechos son algo imposible para casi la mitad de la población, y a este modelo se le llama “democracia liberal”. ¿De verdad el modelo occidental es razonable y sostenible? Cualquiera con sentido común sabe que no.
Estación Central de Tren de Beijing, siempre repleta de viajeros hacia todos los destinos del extenso territorio chino. Foto Sergi Lara
En este momento, China y sus aliados están tratando de dar una “sacudida” al llamado “orden internacional” surgido al acabar la Segunda Guerra Mundial, actuando frente a la insostenible situación que se vive en todo el planeta, ya sea a causa del imparable calentamiento global o ya sea por las crecientes desigualdades sociales, ambas cosas prioritarias en la agenda china para afrontar el futuro inmediato y a largo plazo. Mientras en Occidente no se actúa como se debería en lo económico, en lo social y en lo medioambiental, en China sus líderes gestionan y dirigen completamente libres de las imposiciones del mercado capitalista. Es decir, la prioridad del Estado es garantizar los derechos y el bienestar de los ciudadanos, mientras que las empresas privadas acatan todas y cada una de las regulaciones que se dictan a través de los históricos “planes quinquenales” de la economía planificada socialista, un modelo que desde Occidente siempre se ha criticado y demonizado, cuando en realidad se demuestra que es la garantía para mantener la armonía, la igualdad y la justicia en cualquier sociedad, a diferencia del modelo neoliberal cuyo único objetivo es el beneficio empresarial por encima de las personas.
Pero volviendo a mi experiencia personal en Beijing, puedo afirmar que no fui capaz de ver a personas malviviendo en esta enorme ciudad repleta de parques y jardines, y, en cambio, sí he podido ver como miles de personas se mueven de un lado a otro con el optimismo y la confianza de que forman parte de un proyecto común donde el Estado está con ellos y no les da la espalda. Miles de personas que se mueven en vehículos eléctricos, en bicicletas, en transporte público o a pie, y que me transmitieron calma y tranquilidad frente al caos y la degradación que se vive en casi todo Occidente donde una gran cantidad de la población es adicta a las drogas. En este sentido, China quiere mostrar al mundo que está en disposición de liderar profundos cambios en el llamado “orden internacional", y que ya no va a dar ningún paso atrás. Al contrario, la voluntad china es asumir este liderazgo que promueve la cooperación en la búsqueda del bienestar para todos los pueblos de la Tierra.
Interior del impresionante edificio de la Biblioteca Pública de Beijing, abierta 24 horas al día, todos los días del año. Foto Sergi Lara
Y mientras esto ocurre en la capital china, en Occidente sus élites y líderes siguen inmersos en un permanente conflicto social y en la ceguera de no querer entender que estos cambios en el “orden internacional” son absolutamente irreversibles. Tan irreversibles como el fin de la pobreza que China declaró hace seis años en todo el país, una década antes para que se cumplan los llamados Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 de la ONU. En esta cuestión, la mentalidad occidental de raíz judeocristiana está quedando completamente en evidencia frente a la mentalidad china basada en el taoísmo y el confucionismo. El progreso occidental de los últimos dos siglos ha llegado a su última estación, habiendo perdido toda legitimidad y toda credibilidad para liderar a una humanidad que necesita certezas claras.
La historia milenaria de China, a través de su filosofía y sus inventos, ha demostrado que el concepto del tiempo debe ser consciente. Una consciencia como civilización y como pueblo que en Occidente es inexistente, pues el progreso siempre se ha basado en la conquista y el expolio, en la especulación y el cinismo. Esta manera de funcionar occidental choca frontalmente con la manera de funcionar china. Asimismo, en esta ocasión el pueblo chino ya no está sometido al poder supremo de los antiguos emperadores que limitaba su fuerza individual y colectiva, sino que todo un “ejército” de técnicos y diplomáticos trabajan incansablemente para hacer realidad un mundo infinitamente mejor al actual. Constatar esto en Beijing, ciertamente impresiona.
Avenida en Beijing con uno de los cientos de estacionamientos para bicicletas públicas. Foto Sergi Lara





















