Ximena Madrigal Amador
Historiadora (UCR), comunicadora social y analista internacional.
Fue en junio de este año, durante un seminario internacional en China, donde coincidí con un grupo numeroso de latinoamericanos y encontré que únicamente Costa Rica y China compartían un tesoro. En una de esas tardes libres en Shanghái salí a caminar con un colega chileno por el Bund y la avenida Nanjing. El Bund, de noche, es un paisaje futurista que contrastaba con el casco histórico donde se encontraba el mirador: al otro lado del río se divisaba una isla compuesta de luces, con una densa neblina que le daba al horizonte un aire de película de ciencia ficción, como Blade Runner o Metrópolis, aunque con un perfil de edificios irregulares, indiscutiblemente chino. A un lado del mirador, la avenida Nanjing prolongaba esa sensación de espectáculo: tiendas fabulosas, ultra decoradas, cada local como una atracción carnavalesca o un museo de curiosidades; las multitudes dominaban el bulevar, envueltas en una atmósfera jovial que se debe en parte a la altísima seguridad que garantiza China.
Entre esas tiendas se destacó, de reojo, una que reconocí de inmediato: la de White Rabbit (el confite). Al entrar, la encontré saturada de una parafernalia hermosa que me devolvió, de golpe, a la infancia: peluches, imanes, camisas, bolsos y mercancía de todos los tamaños del clásico conejo. Para mi sorpresa, el White Rabbit ya no es solo el tradicional dulce blanco; ahora existen versiones en distintos sabores que amplían aquel universo que creía inmutable de la pulpería (o el chino) de mi barrio.
Mi entusiasmo no lo compartió mi acompañante chileno. Noté su indiferencia ante lo que para mí era un monumento a la infancia, y ahí caí en la cuenta de algo impensable: él nunca había oído hablar del White Rabbit.
Perdida la batalla contra el consumismo, compré, por supuesto, un bolsito de lona con el clásico estampado de la envoltura, además de 500 gramos al por mayor de sabores que ni siquiera conocía. Y al día siguiente conté la anécdota al resto de los latinoamericanos del seminario. Para mi sorpresa, ninguno (hondureños, dominicanos, uruguayos, colombianos) conocía este dulce tan icónico en Costa Rica. Quienes sí reaccionaron con entusiasmo familiar ante mi bolsa de tela estampada con el conejo blanco fueron, justamente, los jóvenes chinos del grupo, nuestros maravillosos intérpretes, que asociaban el dulce a su propia infancia tanto como yo a la mía.
“Mi parte favorita es el papel de arroz”, decía Fenys. Una frase que todo tico ha escuchado por lo menos una vez en la vida, discutiendo con los amiguitos en el recreo de la escuela.
Más tarde ese día visité también la antigua Concesión Francesa, donde todavía se conservan casas coloniales de ladrillo, con portales coronados por extravagantes arcos carmesí. Me dirigía al sitio donde se celebró, en 1921, el primer congreso del Partido Comunista de China, una reunión a la que asistió apenas un puñado de hombres. Quién diría que cien años después ese partido tendría cien millones de integrantes. Recorrí el museo, con sus exposiciones sobre la historia de la República Popular y del PCCh, con sus hermosas y modernas esculturas y óleos de los líderes revolucionarios, mientras de fondo sonaba levemente La Internacional: semejante atmósfera conmoverá a cualquiera.
Al final, como corresponde, me acerqué al puesto de souvenirs, y ahí estaba de nuevo el White Rabbit, esta vez en una edición limitada por el centenario del PCCh. Como el conejo blanco de Alicia, no dejaba de aparecer para sorprenderme.
Fue entonces cuando me di cuenta de que nunca me había cuestionado la historia de este dulce de la China comunista: su paso por la Revolución Cultural y la industrialización china, ni cómo llegó hasta nuestras costas de la mano de los migrantes chinos que hoy son un pilar de la sociedad costarricense.
Una breve reseña histórica: el White Rabbit nació en Shanghái en los años cuarenta como imitación de dulces extranjeros y llegó a tener, incluso, a Mickey Mouse como mascota, antes de ser nacionalizado y reinventado con su clásico arte de conejo durante la Revolución Cultural. Así pasó a ser un producto insignia para los chinos. Su importancia para la República Popular fue tal que, cuando Nixon hizo su histórica visita a China, Zhou Enlai se lo obsequió entre los regalos oficiales a la comitiva del presidente estadounidense.
Su encanto está también en los detalles: un suculento dulce de leche blanco, envuelto en un papel de arroz comestible que se disuelve en la boca, seguido por un confite tosco y chicloso que provoca una nostalgia inmediata en quienes crecieron con él. Ese papel de arroz va, a su vez, dentro de una envoltura con caracteres chinos donde predomina el blanco sobre el azul y el rojo, con conejos de un inconfundible estilo art déco.
Al volver a Costa Rica me llevé una última y grata impresión sobre el tema: los ticos reaccionaron igual que los jóvenes chinos en Shanghái. Ante el diseño del conejo y su envoltura, todos se entusiasmaban por igual, y se extrañaban como yo de que no fuera ampliamente conocido en América Latina, como si redescubrieran algo que siempre habían tenido cerca. Y, casi sin excepción, coincidíamos en que lo mejor no era el confite, sino ese papel de arroz que se deshace en la boca.
Hasta ahora he preguntado a chilenos, hondureños, dominicanos, uruguayos, brasileños y colombianos, y ninguno conoce el White Rabbit. Tal vez algún otro latinoamericano lo reconocería, pero por ahora a esta autora le parece un simpático enlace compartido entre China y Costa Rica.
Y quizás ese sea el verdadero hallazgo de este viaje: que no somos tan distintos de China como creemos. Mucho antes de los tratados de libre comercio y de la apertura de relaciones diplomáticas entre ambos países, China ya estaba aquí, tejida en la vida cotidiana costarricense a través de generaciones de migrantes que trajeron consigo su comida, sus costumbres y, sin que lo supiéramos del todo, un dulce revolucionario envuelto en papel de arroz que hoy resulta, para muchos ticos, tan propio.





















