Ximena Madrigal Amador
Historiadora (UCR), comunicadora social y analista internacional.
Un oscuro fantasma recorre el mundo: el fantasma de la guerra. Contra este espectro se han conjurado todas las nuevas potencias de América y la vieja Europa: el Papa y los líderes religiosos, los conservadores y los izquierdistas. Y ahora, a las puertas de un nuevo orden bélico internacional, el mundo se pregunta: ¿qué es la paz?
Para gran parte del mundo, la paz se define negativamente: es la ausencia de conflicto, aquello que una potencia garantiza desde afuera. América Latina ha vivido durante décadas bajo la Pax Americana. Sin embargo, existe un caso singular que merece atención: Costa Rica construyó, desde adentro, su propia versión soberana de paz.
A partir de 1949, Costa Rica tomó una decisión excepcional en el contexto hemisférico: abolió el ejército e invirtió los recursos liberados en educación y salud pública. Durante décadas, esa apuesta sostuvo índices de desarrollo humano envidiables (y productivos), un sistema de salud solidario y una infraestructura institucional internacionalmente reconocida.
Eso es una paz en positivo: no la ausencia de guerra, sino un proyecto político que integra a todas las capas de la sociedad, educa y reduce las condiciones materiales que alimentan la violencia.
Esos logros no surgieron solos. Fueron el resultado de acuerdos sociales construidos con esfuerzo, y hoy merecen ser evaluados con honestidad: parte de ese desarrollo se dio en un contexto regional donde la relación con Estados Unidos —como socio comercial y como fuente de inversión— también juega un papel fundamental. Ignorarlo sería inexacto. Pero reconocerlo no implica que esa relación sea estática ni que deba aceptarse sin análisis crítico.
Precisamente ahí radica la preocupación que motiva este texto. Hoy, el último pilar de la identidad costarricense en política exterior —su neutralidad perpetua— enfrenta una presión concreta: el Escudo de las Américas. Sus promotores la presentan como una iniciativa de seguridad regional. Sin embargo, una lectura más detenida revela que integrar a Costa Rica en una alianza de bloque con componentes militares activos implicaría una ruptura con latradición de neutralidad que ha sido, históricamente, uno de los principales activos diplomáticos del país.
La historia ofrece lecciones útiles: la presencia militar extranjera en la región no ha demostrado ser un mecanismo eficaz para reducir el narcotráfico ni la violencia estructural.
Lo que sí ha producido, en distintos contextos latinoamericanos, es una reconfiguración de las soberanías nacionales en función de intereses geopolíticos externos. Costa Rica tiener azones históricas y prácticas para ser cautelosa ante ese modelo.
En ese contexto, nuevas configuraciones geopolíticas abren alternativas de diversificación. La relación con China, por ejemplo, ofrece oportunidades comerciales y un perfil diplomático que ha privilegiado la negociación sobre la intervención. Y el mundo no debería ignorar que mientras Estados Unidos bombardea Irán, China le da la mano a Taiwán. Especialmente para Costa Rica, que ha construido toda su tradición sobre la diplomacia y la paz, ese ejemplo no debería pasar desapercibido. La diversificación de alianzas puede ser una política exterior inteligente y necesaria; exige, sin embargo, la misma mirada crítica que cualquier otra relación: ninguna potencia actúa exclusivamente por solidaridad, y la sustitución acrítica de una dependencia por otra no resuelve el problema de fondo.
Frente a este panorama, la cooperación regional se perfila como otra vía más coherente con la identidad costarricense. México, Colombia y Brasil han comenzado a articular posiciones regionales que reivindican la soberanía frente a los bloques en conflicto. Un esquema de seguridad latinoamericano propio, basado en la cooperación entre pares, sería más afín a los principios que Costa Rica ha defendido históricamente y más eficaz para enfrentar desafíos compartidos como el narcotráfico.
Lo que está en juego, en última instancia, es la identidad nacional: ¿qué tipo de país quiere ser Costa Rica en el nuevo orden mundial? La respuesta no puede darse por inercia ni por alineamiento automático con ningún bloque. Debe partir de una premisa que no admite negociación: Costa Rica no participa en guerras al servicio de intereses ajenos. Esa posición es una doctrina construida a lo largo de más de setenta años, respaldada por nuestras instituciones, historia y una ciudadanía que la defiende.
Como herederos de una tradición de paz y soberanía, tenemos la responsabilidad histórica de decir, pese a nuestro tamaño, con toda claridad: Costa Rica debe salirse del Escudo de las Américas. No ha nacido todavía el costarricense que quiera ver morir el sueño del 49, quequiera ver renacer un ejército al servicio de intereses extranjeros o que acepte tropas estadounidenses en su territorio.
Solo diversificando nuestros intereses, solo honrando nuestra neutralidad perpetua, tiene Costa Rica un futuro real. De lo contrario, en unas décadas habrá apenas un caparazón de país que conserve simbólicamente nombres y banderas, pero que no represente en esencia todo aquello que con tanta sangre, sudor y lágrimas hemos construido.
Que vivan siempre el trabajo y la paz.





















