Cuando a inicios de este año fue capturado el presidente de Venezuela -Nicolás Maduro-, muchos analistas intentaron saber cómo se produjo aquel hecho. El anterior líder venezolano -Hugo Chávez-, fallecido en 2013, siempre advirtió que en cualquier momento Estados Unidos podía cometer un acto de agresión contra él o contra el país. Durante todos los años de este siglo hasta la fecha de dicha captura producida el 3 de enero de 2026, la Revolución Bolivariana de Venezuela iniciada el 2 de febrero de 1999 había conseguido erigirse en el poder nacional latinoamericano más incómodo para el poder estadounidense. Y aunque la industria petrolera venezolana ya había sido nacionalizada en 1976 bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, la época del “chavismo” significó una ruptura mucho más trascendental en las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos, pues no solo llevó a un reforzamiento del control nacional de los importantes recursos mineros del país, sino que propició la llegada de dos actores geopolíticos de primer orden como son Rusia y China. Dos países con los que la Venezuela de los presidentes Chávez y Maduro firmó importantes acuerdos de cooperación y de intercambios en todas las áreas.
La operación militar estadounidense para capturar al presidente Maduro demostró que detrás de todo hubo una enorme operación de inteligencia que bien seguro hacía años que se estuvo preparando. Durante los meses siguientes, la presidenta provisional de Venezuela -Delcy Rodríguez-, ha mostrado una versión muy diferente del movimiento “chavista”, aunque está claro que el control del país ya estaba en manos de la actual administración estadounidense desde el mismo día 3 de enero de 2026. El objetivo estadounidense de “expulsar” a Rusia y a China de los principales recursos estratégicos en las Américas, tiene mucho que ver con todo lo que está detrás de este asunto. En cualquier caso, el episodio de captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro (hoy en una prisión de Estados Unidos junto con su esposa), ha mostrado al mundo no solo las capacidades operativas estadounidense, sino la más flagrante violación contra la soberanía nacional de todo un país. Una violación de la Carta de las Naciones Unidas que es una advertencia para que se entienda que América Latina va a continuar siendo “el patio trasero de los Estados Unidos”.
Es importante señalar que los primeros intentos serios de organización política conjunta de los países latinoamericanos comenzaron en los años 80 del siglo XX. Diversas reuniones de alto nivel buscaron entonces crear un ente político que representara a todos los países desde la frontera del río Bravo hasta la Tierra del Fuego, excluyendo con ello a Estados Unidos y a Canadá. El apoyo de intelectuales como Gabriel García Márquez hacia este movimiento de “soberanía” de los pueblos de América Latina, sin duda dio mucho impulso, pero no fue hasta la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en 1999 que realmente se empezaron a mover las cosas de verdad. Durante los años sucesivos, la llegada al poder en otros países latinoamericanos de líderes con similar ideología socialista o revolucionaria hizo que en el año 2010 se fundase definitivamente la actual Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Una organización que, a pesar de las diferencias internas y las presiones externas, se ha ido consolidando durante todos estos años como la mejor herramienta de representación de los países latinoamericanos con una sola voz para intereses comunes. Una buena prueba de esta consolidación fue el IV Foro entre China y la CELAC celebrado en la capital china de Beijing el pasado año 2025, que aprobó seguir reforzando los acuerdos en materia de cooperación y de intercambios ya iniciados el año 2014. La relación entre China y América Latina en estos 12 años transcurridos ha ejecutado más de 200 grandes proyectos de infraestructuras, así como ha generado empleos y conectividad física y digital. Los acuerdos más recientes priorizan la transferencia tecnológica y el desarrollo de energías limpias que desde China se contempla como un beneficio en el que todos los países salen ganando.
La Revolución Bolivariana, por un lado, y la CELAC por otro lado, representan de manera clara la lucha de toda una región por su “soberanía”. Una lucha iniciada simbólicamente en 1971, cuando el escritor uruguayo Eduardo Galeano publicó su gran obra “Las venas abiertas de América Latina”. En este sentido considero que América Latina y la República Popular China han vivido caminos paralelos hacia sus respectivos progresos y desarrollo. Se han conseguido logros importantes, pero sin duda es China el país que en este momento está asombrando a todo el mundo por sus avances conseguidos en las últimas décadas. Hoy China ha alcanzado el rango de superpotencia que disputa la influencia global a Estados Unidos, y solo se puede entender que los últimos movimientos políticos y militares que se han producido en América Latina en los últimos dos años tienen que ver con la urgencia estadounidense por frenar la presencia china en el continente. La operación de este año en Venezuela ha sido muy impactante y al mismo tiempo muy ilustrativa sobre lo frágil o nula que es la “soberanía” de todos los países que Estados Unidos considera dentro de su “área de influencia”. En esta cuestión también podemos incluir a casi toda Europa, por muy ricos que sean algunos países.
Es curioso por otro lado que en estos últimos dos años haya tantos millones de personas en América Latina apoyando opciones políticas de ideología ultraderechista que han recibido apoyo directo por parte de la actual administración estadounidense, lo cual es otro indicativo de lo fácil que es manipular a la ciudadanía con los actuales medios de comunicación de masas. Un contexto que viene alimentado por el caos, la desesperación y la incertidumbre que genera el propio sistema capitalista neoliberal, el cual no está dispuesto a dejar que cualquier tipo de “socialismo” interfiera en los intereses de las élites y las grandes corporaciones. Esta lectura de la situación confirma que los verdaderos “propietarios” de la “soberanía” de los países en todo Occidente son los grandes poderes privados que controlan el capital, a diferencia de China donde el capital es controlado por el Estado. La verdadera “soberanía”, pues, es de quién ejerce el control del capital, y para qué fines se destina ese capital. En Occidente ya estamos pagando un alto precio por no tener “soberanía” en nuestros países, una situación expresada con la imposibilidad de los gobiernos para decidir sobre políticas efectivas de justicia social y de reparto de la riqueza. El reflejo más claro de esta situación es el retroceso en los servicios públicos y en los altos costes de vida por encima de los salarios.
En el caso concreto de América Latina, el control que en este momento ejerce Estados Unidos sobre los pozos petrolíferos de Venezuela como estrategia para conservar el poder del dólar estadounidense, tiene vasos comunicantes con el hecho de que los cuatro primeros países del mundo donde las personas necesitan trabajar más horas a lo largo del año son países latinoamericanos. Porque la falta de “soberanía” se mide tanto en el control sobre los recursos de un país como sobre la jornada laboral de la clase trabajadora. En las listas de los últimos años de la OCDE, los cuatro países a los que me refiero donde se trabaja de media más de 2.000 horas al año por persona, son por este orden, México, Costa Rica, Colombia y Chile, quedando en quinto lugar Corea del Sur. Y no es por casualidad que todos estos países están muy relacionados con la economía, la sociedad y la política estadounidense.
En uno u otro sentido, cuando los recursos de un país o la moneda nacional de un país dependen tanto de las decisiones de una potencia, está claro que ello tiene pésimas consecuencias para los ciudadanos. Y aunque la situación actual en Venezuela si la comparamos con Costa Rica es muchísimo peor en términos económicos y sociales, en ambos países la agenda política la marca el Gobierno estadounidense. Una agenda política que dicta con cuáles países se puede pactar un tema o con cuáles países no se puede, algo que hace que toda una sociedad viva en un régimen de “semi esclavitud”. A nadie se le escapa que, en este escenario, cerrar las puertas a China puede beneficiar en el corto plazo a las élites y a las corporaciones estadounidenses, pero en el largo plazo quien sale perjudicado es la inmensa mayoría de la población de cualquier país que esté necesitado de progreso y desarrollo. De todos modos, todavía está por ver cómo evolucionarán las cosas en los próximos años, y si finalmente la rueda del mundo girará a favor de la “soberanía” de todos los pueblos de la Tierra.





















