Ximena Madrigal Amador
Historiadora (UCR), comunicadora social y analista internacional.
@rabot_rants
Una política exterior que no sorprende
El 12 de octubre, China sancionó al ministro paraguayo de Tecnologías de la Información, Gustavo Villate, y al canciller de Belice, Francis Fonseca, por su papel en las relaciones de sus países con Taiwán. Buena parte de la prensa regional lo presentó como prueba de un Beijing agresivo. Conviene mirar los hechos con más calma.
Primero, la política de “una sola China” no es nueva ni ambigua. Es la condición que Beijing ha planteado durante décadas a cualquier Estado que quiera relacionarse con él, y la mayoría del mundo la aceptó. Hoy solo 12 países mantienen vínculos formales con Taipéi; Honduras rompió en 2023 y Nauru en 2024. Costa Rica dio ese paso en 2007.
Segundo, las medidas no recaen sobre pueblos ni economías, sino sobre dos funcionarios: congelamiento de bienes en China, prohibición de negocios con entidades chinas y veto de entrada. Son medidas sobre todo simbólicas, pues estos ministros no viajan a China. Llegaron después de que ambos asistieran al Día Nacional de Taiwán en Taipéi, y de que el Gobierno paraguayo, junto con la embajada estadounidense, atribuyera a Beijing ciberataques contra sistemas estatales. China lo negó, y senadores paraguayos todavía piden pruebas.
La respuesta tampoco fue diplomática: Villate calificó la sanción de “medalla de honor” y el primer ministro belicheño, John Briceño, la llamó ilegal. Se puede discrepar del método, pero difícilmente sorprende que un Estado responda a gobiernos que no lo reconocen y que lo acusan públicamente sin presentar evidencia.
El doble rasero
Lo llamativo no es la reacción china, sino la indignación selectiva de América Latina. Se dramatiza una sanción simbólica contra dos ministros, mientras se tolera con resignación que nuestro supuesto “mayor aliado” desconozca lo que firmó.
Desde el 24 de julio, Estados Unidos cobra un arancel de 12,5% a buena parte de las exportaciones costarricenses, con excepciones como café, piña y banano. La justificación es una investigación sobre trabajo forzoso aplicada a 60 economías a la vez, después de que la Corte Suprema estadounidense anulara en febrero los aranceles anteriores. Veinticinco estados de ese país demandaron a su propio gobierno por considerar el argumento un pretexto. Mientras tanto, bajo el CAFTA-DR, los bienes industriales estadounidenses entran a Costa Rica sin aranceles desde 2015.
Colombia vivió lo mismo. Exministros de Comercio de distinto signo coincidieron en que los aranceles vulneraban el TLC con Washington; José Manuel Restrepo lo describió como una decisión tomada “unilateralmente”, al margen de los criterios del acuerdo.
¿Dónde están los editoriales indignados, las advertencias sobre la fiabilidad del socio, los llamados a revisar la relación? No aparecen. A China se le exige una conducta impecable; a Washington se le perdona incluso que incumpla tratados.
Pragmatismo, no sumisión
China es un líder global con intereses propios, como cualquier otro, pero sus reglas son conocidas y han sido estables: quien respeta el principio de una sola China puede comerciar, recibir inversión y negociar. Incluso Paraguay, sin relaciones diplomáticas con Beijing, tiene a China como su principal proveedor. Estados Unidos, en cambio, se ha vuelto un socio imprevisible: cambia de base legal cada pocos meses para sostener sus aranceles y usa su peso económico y militar para doblegar decisiones soberanas.
Para Costa Rica, que envía cerca de la mitad de sus exportaciones al mercado estadounidense, esto no es una discusión ideológica sino de supervivencia. La sumisión total nunca ha traído beneficios duraderos. Una alianza solo rinde cuando se tiene capacidad de negociación, y esa capacidad nace en parte de diversificar socios. Se trata de construir un camino que sea beneficioso, en primera instancia, para nosotros.
América Latina es demasiado grande para ser el patio trasero de nadie. Por más que se insista en re-dibujarnos el mapa, somos parte del Sur Global, y nuestra política exterior debería medirse por lo que garantiza a nuestra gente: estabilidad social, progreso económico, soberanía y paz. Eso exige cuestionar nuestras alianzas con el mismo rigor que aplicamos a China, y trazar un camino propio, pragmático y sin dobles raseros.





















