En el momento de iniciar este artículo me enteré de la publicación del último libro del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, titulado así: “Sin respeto, una crisis social” (septiembre 2026). Este conocido filósofo y ensayista está especializado en el análisis del sistema capitalista neoliberal, siempre con una mirada muy aguda sobre el impacto que provoca en el ser humano. Yo personalmente comparto esta mirada, pues tal como he sostenido en otros artículos, gran parte de nuestros problemas como civilización están directamente relacionados con la etapa iniciada el 15 de agosto de 1971, cuando el presidente norteamericano Richard Nixon anunció unilateralmente el fin de la convertibilidad del dólar en oro, que conllevó un cambio sustancial del sistema monetario internacional. Esta decisión seguramente fue obligada para los Estados Unidos, pues tras 25 años del sistema surgido tras la Segunda Guerra Mundial la economía del planeta había crecido exponencialmente a través de una moneda global -el dólar estadounidense-, la cual era demandada de manera masiva por todos los países y ello estaba haciendo que la inflación no pudiese ser controlada por el Estado. De este modo se aceleró la globalización económica y el desarrollo de un sistema financiero más abierto, pero también más especulativo y voraz que desencadenó una mayor carrera armamentística y tecnológica por el control del mundo, y que desde entonces no ha cesado en ningún momento. El resultado de ello ha sido la búsqueda de más sobreproducción y de más rendimiento para obtener más beneficios empresariales, que inevitablemente ha generado los dos grandes problemas a los que se enfrenta la humanidad en este momento; una brutal brecha social en todos los países y el calentamiento global en el clima del planeta.
Para ilustrar a lo que nos enfrentamos los ciudadanos que todavía conservamos algo de pensamiento crítico o de mirada lúcida, tomemos la cuestión de las actuales políticas de los países OTAN, que pretenden dedicar enormes cantidades de dinero al rearmamento militar en detrimento del gasto social. Estas políticas, además de reflejar una absoluta falta de “respeto” hacia los ciudadanos que pagan sus impuestos, demuestra el vacío intelectual que hay en este momento en Europa y en Estados Unidos, mientras que por otro lado muchos “pseudointelectuales” actúan como peones y portavoces para justificar un poder que tiene más de mafioso que de democrático. El título de este último trabajo de Byung-Chul Han ya apunta claramente a la raíz de la crisis social en la que estamos inmersos en todo Occidente. Un ensayo que se centra en demostrar que “la sociedad del rendimiento es incompatible con la justicia”. ¿Acaso en China no se busca el rendimiento? Evidentemente que sí, pero por encima de todo está el gran paraguas del Estado socialista chino que evita los abusos que llevan a millones de personas a malvivir en la más absoluta marginalidad, tal como pasa en las ciudades estadounidenses.
El análisis del pensador surcoreano disecciona la meritocracia neoliberal como una guerra permanente entre ganadores y perdedores que solo crea división y odio. Una guerra que desintegra la sociedad con las redes sociales como “campo de batalla” donde impera la humillación y la falta de “respeto”. Luego en Occidente se sorprenden y critican que en China se controlen las redes sociales, una política dirigida desde el Gobierno chino que determina qué tipo de contenidos y aplicaciones se pueden ver para evitar justamente la humillación y la falta de “respeto”. Es por todo esto que en mi reflexión yo veo un paralelismo con el ensayo de Byung-Chul Han. En mi caso concreto he buscado mostrar las características del régimen socialista chino que fomenta la unión y la cooperación frente al régimen neoliberal de países occidentales que aísla a las personas y rompe los lazos asociativos. En este escenario nadie puede negar hoy que la “guerra civil” en las diferentes sociedades occidentales muestra una lucha encarnizada de unos contra otros, carente de verdaderos diálogos y consensos.
La teoría de Byung-Chul Han señala efectivamente al concepto del “respeto” como la clave nuclear del asunto, algo que ha sido realmente valioso en mi análisis para este artículo. Es interesante por otro lado que la idea general del “respeto”, de tener tacto y buenas formas hacia las personas como valores supremos de justicia y convivencia pacífica, procede de un pensador asiático, en este caso surcoreano con una cultura muy similar a la de sus vecinos chinos y japoneses. Y si tomo estos valores y los comparo con el mayor representante actual del régimen neoliberal en el mundo, como es el presidente Donald Trump, las diferencias no pueden ser más grandes. Hoy, desde la misma presidencia de los Estados Unidos, su máximo líder disfrazado de “influencer”, el cual cada día falta el “respeto” a personas y a países enteros, simboliza el último escalón de un sistema socioeconómico que convierte al ser humano en valor comercial. Un sistema donde los valores morales se convierten en mercancías de la mano de otros miles de “influencers” al servicio de la causa. Asimismo, la proclamación de la “libertad” no es más que una excusa para embrutecer aún más a la sociedad y para crear todo tipo de tribus enzarzadas en una lucha eterna dentro de la propia presión que genera el sistema. Y si por un lado el presidente Trump busca la adoración y aumentar el fanatismo de sus seguidores acérrimos, por otro lado, la gran mayoría de la población dentro y fuera de las fronteras estadounidenses ve en su figura una autoridad que no merece ningún “respeto” por ser él justamente el gran generador de hostilidades.
El símbolo que es el máximo representante de un Estado es en mi opinión muy determinante, pues si en una sociedad hay un vacío de autoridad, lo que se desencadena a continuación es una gran inseguridad y desorientación para toda la población, que es justo lo que vemos en la gran mayoría de países occidentales. Las revueltas, las protestas y los malestares en general son claramente el síntoma de una sociedad que ya no puede más, cansada y sin rumbo. En el otro extremo tomemos el papel y la figura del actual líder chino Xi Jinping, cuya gran autoridad envuelta en valores morales universales crea el efecto contrario, es decir, crea “respeto” hacia las más altas instituciones del Estado, refuerza el sentido de comunidad y da seguridad a unos ciudadanos que se sienten partícipes de un proyecto en común con rumbo firme y claro.
Con todo lo expuesto en estas líneas, se entiende mejor por qué China va a por todas con la vista puesta en un gran futuro en clave nacional, el llamado “rejuvenecimiento de la nación china”. Pero también se entiende por qué la política de relaciones exteriores de China se basa en la amistad y el “respeto”, algo que no es nuevo de hoy, sino que ha sido una constante a lo largo de su larga historia, a diferencia de la historia europea de los últimos mil años repleta de guerras para dirimir las disputas. El mismo eurocentrismo que colonizó gran parte del mundo fue asimilado por los Estados Unidos para imponer su hegemonía después de la Segunda Guerra Mundial, pero hoy esta hegemonía es una posición insostenible frente a un amplio grupo de países que ya no admiten por más tiempo las imposiciones del viejo orden mundial y la falta de “respeto”.
El tramo final del año 2026 ha mostrado como Occidente se encuentra en un punto de inflexión en su historia, con un impacto enorme en las sociedades a causa de la profunda transformación del modelo socioeconómico, pero también a causa del derrumbe del viejo orden mundial. Este contexto está haciendo tambalear toda la estructura que garantizó durante ocho décadas la seguridad y la cohesión interna. Pero la urgencia frente al cambio climático o frente a los cambios tecnológicos también está dejando a la intemperie la fragilidad de un modelo que a quien principalmente está afectando es a las generaciones más jóvenes. Las revueltas que están protagonizando los jóvenes en media Europa, desde Albania hasta Irlanda, pasando por Italia, Alemania, Francia y España, pero también en países de otros continentes como Argentina, Chile, Indonesia o la India, expresa de manera dramática la servidumbre de un sistema que por primera vez en la historia humana está haciendo retroceder a las nuevas generaciones en todos los aspectos relacionados con el progreso. Pero no nos engañemos, pues hay que reconocer que el progreso occidental durante esas ocho décadas se ha sustentado en explotar los recursos de todo el planeta a través de graves delitos sociales y ecológicos.
Mientras la generación de los “boomers” en los países más desarrollados de Occidente concentra un bienestar que está muy por encima de lo que sería sostenible para el planeta, los menores de 35 años viven en la mayoría de los casos dentro de una precariedad indigna, sin acceso a la vivienda, con dificultades para alimentarse de manera sana, con falta escandalosa de recursos en la educación y sin un futuro profesional garantizado. Y cuando escucho a algunos “boomers” muy bien acomodados hablando de Palestina, pero sin decir absolutamente nada de la desigualdad social en su propio país, evidentemente solo puedo pensar que el gran problema occidental tiene que ver con el cinismo y con la cobardía de una generación que tuvo la bendita suerte de progresar en una época muy favorable a sus intereses. En cambio, en China se ha experimentado un proceso totalmente inverso, pues las personas de la generación entre 60 y 80 años fueron pobres buena parte de su vida, a diferencia de sus hijos y nietos que han ido progresando al mismo ritmo que el país armó toda una estructura de recursos sin dejar a nadie atrás. Una estructura de país encaminada hacia la eficiencia y la justicia.
El mundo que viene, a mi entender, solo será viable a partir de la moral basada en el “respeto”, en el tener tacto y buenas formas entre las personas y los países. Pero también un “respeto” hacia la dignidad humana y hacia la preservación de la biodiversidad. La sustitución del rendimiento que explota recursos sin cesar por una eficiencia que optimiza recursos debe ser la única política para todos los países, empezando por asumir la enorme responsabilidad que en este momento tienen las principales potencias. La diversidad, por un lado, y la eficiencia, por otro lado, deben converger en ese camino hacia la plenitud humana que haga emerger la gran estructura de una gobernanza global en favor de la justicia social y la justicia medioambiental aplicadas en todos los rincones de la Tierra. Esto ya no va de ideologías, sino de sentido común y de “respeto” hacia nuestras propias vidas para dejar el legado más digno en el planeta.





















