Durante el año 2026, la grave crisis que se vive en muchos países de la Unión Europea desde el punto de vista de la gobernabilidad simboliza a mi parecer el último capítulo del declive de la “sociedad del bienestar”. Los dos países europeos que encabezan el porcentaje del gasto público en relación con el Producto Interior Bruto, como son Finlandia y Francia con un 58% de su PIB, son un perfecto termómetro de lo que ocurre en el continente. En el caso finlandés, su tasa de desempleo se disparó hasta el 10% para empatar con España en el primer puesto de este ranking. En el caso francés, con un desempleo del 8%, lo más relevante ha sido el estallido social que han protagonizado los estudiantes de secundaria de todo el país ante la falta de recursos en los colegios. La media de gasto público en la Unión Europea respecto al PIB de cada Estado se sitúa en un 50%, con países como España y los Países Bajos en un 45%. Sobre este dato merece la pena destacar los casos de las dos superpotencias del mundo como son Estados Unidos y la República Popular China, cuyos respectivos porcentajes de gasto público en relación con su PIB ronda el 35% en ambos países.
En el caso español, el recorrido para llegar a su último capítulo de la “sociedad del bienestar” completa los 50 años transcurridos desde la muerte del dictador Franco. La polarización política con una gran fragmentación del Congreso de los Diputados en Madrid hizo imposible que en los últimos tres años se pudiesen aprobar los Presupuestos Generales del Estado, con la consiguiente imposibilidad para aplicar verdaderas políticas de Estado, valga de redundancia. Unas políticas de gestión pública que impactan en cuestiones de gran importancia como es el acceso a la vivienda, que en España se ha convertido en la mayor preocupación social en este momento. Dejando de lado las maniobras políticas en la lucha por el poder, el tema de la vivienda en España muestra un país completamente subordinado a las élites económicas nacionales e internacionales. Las mismas élites que han dirigido los planes de desarrollo que condicionan la vida de la inmensa mayoría de la población española desde hace décadas. En el lado contrario de este escenario, China vuelve a aparecer como un modelo de gobernabilidad donde la eficiencia está por encima de todo y que no admite injerencias de intereses privados. A modo de ejemplo destacó en el mismo año de 2026 la condena a muchos años de prisión que recibió uno de los empresarios chinos más importantes del país relacionado con la especulación inmobiliaria.
En toda esta comparativa entre la vida en Occidente y la vida en China, la cuestión capital es la capacidad que tiene cualquier Estado para gobernar bajo el principio del “bien común”. La retórica que aparece en todas las constituciones de las democracias liberales con aquello de que tal país es un “Estado social democrático de derecho”, se desintegra por completo si el único objetivo es mantenerse en el poder a toda costa durante cuatro años. Mientras en Occidente se produce esta lucha entre facciones políticas con el inevitable coste de tener que pagar los favores a través de una amplia red clientelar, en China se encadenan uno tras otro sus diversos “planes quinquenales” para garantizar en todo momento el desarrollo y el progreso. Y cuando el desarrollo y el progreso ya no avanzan más, sumado a los altos costes de vida, tal como estamos viendo en los últimos años en la Unión Europea y en Estados Unidos, es el escenario perfecto para el populismo y el oportunismo político que vive de alimentar el descontento social. No obstante, también es cierto que en los países más desarrollados se había alcanzado un nivel de gasto público sobredimensionado, por diversas circunstancias en cada caso. En este sentido siempre se ponía de ejemplo el caso francés como el país que había llegado “demasiado lejos” en su nivel de cobertura social. Hay que recordar que Francia fue el país que protagonizó la primera revolución moderna de la historia, la cual ha marcado a todo el mundo.
Nos guste más o menos, la época de la Ilustración durante el siglo XVIII sigue siendo la base conceptual de todos los movimientos sociales y políticos que se han producido desde entonces en el planeta. Una época fundamentada en la eclosión de un pensamiento nuevo como fue el “idealismo” que el general Napoleón trató de extender en toda Europa, y que un siglo después desembocó en dos guerras mundiales. El mundo postmoderno que surgió durante la segunda mitad del siglo XX ha sido otro capítulo de un nuevo “idealismo” basado en vivir el presente y en buscar la “felicidad”. Pero este pensamiento postmoderno ha conducido directamente hacia la destrucción de gran parte de los valores civilizatorios de Occidente, al individualismo extremo en la sociedad, al consumo de gran cantidad de cosas que no necesitamos y a la pérdida de una vida con propósito dentro de la comunidad. El rendimiento para conseguir un supuesto enriquecimiento rápido que tanto se incentivó desde los poderes económicos y políticos occidentales hacia la clase trabajadora, hoy ya es visto por la ciudadanía como el principal motivo de desgaste psicológico frente a una realidad que impide no solo el ascenso social, sino incluso el ahorro. En la China de hoy, donde los ciudadanos de la clase trabajadora también aspiran a mejorar lo más rápidamente sus condiciones materiales, por suerte para ellos siguen sin perder el valor del ahorro que ha caracterizado siempre a la mentalidad china.
Recuperando el pensamiento de hace un siglo del filósofo judío-alemán Walter Benjamin, cuando dijo que “el progreso siempre deja tras de sí una montaña de ruinas”, creo que es más fácil entender por qué junto al mayor lujo se encuentra la mayor degradación. Esta realidad de la modernidad y la postmodernidad que ha estado tan marcada por el “sueño americano”, supone una verdadera “bomba” en las mentes humanas. Si a la propia evolución de una sociedad industrial se le suma el hecho de que el proyecto mundial estadounidense está desprovisto de verdaderos valores civilizatorios y que únicamente busca la expansión imperialista como continuidad del colonialismo europeo, no cabe duda de que dentro de este proyecto la mayoría de la población es perdedora. En mi opinión, lo que está haciendo que China haya resurgido como potencia en este momento se debe justamente a sus valores civilizatorios, y ello incide directamente en el comportamiento social cooperativo y en el empeño de que todas sus políticas sean eficientes.
La propuesta china de la gobernanza global, que seguramente en Estados Unidos la verán con desdén, es el paso natural en la búsqueda de la eficiencia hacia el exterior, un valor muy oriental compartido con los vecinos japoneses y coreanos. Sin embargo, la propuesta china de la gobernanza global es una manera amable de decirles a las élites de Europa y Estados Unidos que hay que coexistir y cooperar si no queremos que el “gran barco de la humanidad” se hunda. En este punto, las élites occidentales todavía no están dispuestas a decir la verdad a sus ciudadanos sobre la gravedad del momento que vivimos en el planeta. Una verdad incómoda ligada a las raíces del colonialismo europeo, el cual se resiste a morir cuando un país como Francia todavía controla las monedas de 14 países africanos. Países, por cierto, que en algunos casos se están rebelando contra la ex metrópoli, de ahí la pérdida de recursos que han servido para mantener hasta hoy el sistema público francés. Para las otras dos grandes potencias coloniales como son el Reino Unido y los Estados Unidos, este contexto también explica su declive económico.
Desde el punto de vista estrictamente socioeconómico, el gran enemigo que yo considero que afecta a los países occidentales y al mundo entero es el poder que acumula una parte significativa de los llamados “boomers”, la generación nacida entre los años 1946 y 1966. Este grueso de ciudadanos occidentales que hoy tienen entre 60 y 80 años acumula un poder extraordinario en todos los ámbitos, y que en muchos casos se niegan a cederlo solo por el mero hecho de ostentarlo. Posiblemente nunca haya habido en la historia de la humanidad una generación tan ambiciosa y celosa de ceder su poder como la de los “boomers” en Occidente. Con esto que digo no quiero que muchos “boomers” me tomen como su enemigo, pero sí quiero que se entienda que mantener el statu quo actual en el planeta nos lleva directamente a una catástrofe global de dimensiones incalculables, y que una decisión importante que se debería tomar por parte de la generación de los “boomers” es dar un paso al lado y repartir el poder. De paso también repartir la riqueza y acabar con la infamia de la desigualdad social y la explotación de recursos que destruye comunidades enteras en el mundo.
Y es que el mundo del llamado Sur Global es mucho más grande en extensión y en población que el llamado Norte Global. Es por lo que la propuesta china de una gobernanza global no es una súplica, sino una recomendación para que las élites occidentales asuman de una vez por todas que la transformación del mundo es inevitable. El contexto de unas minorías poderosas que gobiernan sobre unas mayorías empobrecidas es lo que está generando el propio conflicto social que se vive en los países más desarrollados. No hace falta buscar el ejemplo de los grandes países occidentales, tomemos el caso de Suecia, el país que fue todo un paradigma de progreso humano durante la segunda mitad del siglo XX, hoy con uno de los mayores índices de criminalidad de Occidente y donde parte de su población envejecida muere en la más absoluta soledad. Un ejemplo de que la ruptura generacional y la ruptura de las comunidades se ha dado a consecuencia de ese modelo de sociedad postmoderna que perdió sus valores civilizatorios. El individualismo como fuerza poderosa para la colonización de Norteamérica hoy no solo no sirve, sino que supone la mayor amenaza para los propios seres humanos. Esta es la principal razón a mi entender del porqué se vive en Occidente una grave crisis de gobernabilidad, de identidad y de proyectos en común.
Por el contrario, en la República Popular China están alzando su bandera nacional con orgullo y con determinación hacia un futuro prometedor basado en el rejuvenecimiento de la nación china. Si en Europa y en las Américas los pueblos y naciones querrán seguir caminando hacia ese mismo futuro prometedor, no me cabe duda de que deberán seguir la estela que está marcando China, en cada territorio con sus particularidades e identidades, pero con la bandera de la eficiencia para hacer que la gobernabilidad local se compenetre con la gobernabilidad global. El planeta y la humanidad han entrado en una era crítica que ya no admite juegos y especulaciones. Por primera vez, la coexistencia del planeta y la humanidad está tan entrelazada que cualquier política basada en la agresión y la injusticia va en contra de todo el conjunto. El modelo imperialista ha llegado a su fin. La naturaleza, los recursos y los seres humanos en todos los rincones de la Tierra deben compenetrarse y no destruirse. En lo personal, insisto en que la clave es recuperar los valores civilizatorios y superar la postmodernidad de una vida sin valores. Por otro lado, hay que frenar la sobreproducción industrial e implementar de manera urgente una economía lo más sostenible posible.
Quiero cerrar el texto con un mensaje optimista a pesar de la cruda realidad de hoy. La ciencia y la tecnología deben estar al servicio del planeta y de la humanidad, y el papel de las generaciones más jóvenes es fundamental para liderar este cambio de paradigma. En diversas partes de Asia ya lo están haciendo, no solo en China. En la India, en Indonesia, en Vietnam o en Irán, una gran cantidad de jóvenes universitarios apuestan por el progreso basado en el “bien común” sin perder sus raíces culturales. Al fin y al cabo, el mayor peso demográfico de toda esta parte del mundo hará decantar la balanza en favor del Sur Global para dar un mayor equilibrio al planeta. En el caso de América Latina, su mayor aislamiento geográfico dificulta la conexión con el resto del mundo, pero si quiere progresar deberá liberarse igualmente del yugo del colonialismo que todavía perdura. Asimismo, la salud mental de los europeos y norteamericanos también mejorará dentro del esquema de una gobernanza global, con múltiples centros de decisión repartidos por todo el planeta. Los verdaderos enemigos de Occidente no están afuera, sino que están dentro. Este es mi deseo y mi augurio si las élites occidentales con perfil progresista asumen su responsabilidad y toman las decisiones adecuadas para estar en el lado correcto de la historia.





















