Los últimos años están siendo realmente intensos en todo lo que respecta a los movimientos geopolíticos de las grandes potencias y en cuanto a las decisiones que afectan a gran parte de la población mundial, una aceleración de acontecimientos que anticipa una transformación muy profunda. Sin embargo, China es a mi juicio el país que marca la pauta para casi todo, aunque el ciudadano medio occidental no se percate de ello. Y no se trata solo de que China tenga el control del 80% de las “tecnologías críticas” que se necesitan para que el mundo funcione. Aunque China tenga este control, es el país menos interesado en hacer colapsar a la civilización, pero sí es un arma de negociación imbatible frente al gran oponente que es Estados Unidos. En este sentido es muy significativo que sean las grandes empresas tecnológicas estadounidenses las que están alimentando el debate sobre la gestión y el desarrollo de la Inteligencia Artificial, posiblemente porque esta es la última carta que le queda a Estados Unidos para mantener una hegemonía global, pero que China no va a permitir. Un escenario muy incierto de todos modos.
En caso de que estalle un conflicto a escala global, si es que ya no lo ha hecho, se va a dirimir sin duda en las áreas de la robótica y la Inteligencia Artificial. Unas áreas que en los últimos años ya se han cobrado gran cantidad de víctimas en el camino. Víctimas por conflictos bélicos pensados como si fuesen auténticos “laboratorios” (con Gaza y Ucrania como ejemplos clarísimos), pero víctimas también en el terreno profesional dentro de la ruptura social y política más profunda desde la Caída del Muro de Berlín. Es bien curioso que aquel histórico año de 1989 en el que el capitalismo neoliberal puso de rodillas a los regímenes comunistas, y que dejó a Estados Unidos como el ganador que se lo quedó todo, en realidad a quien verdaderamente catapultó fue a China. El visionario Karl Marx ya dejó claro en el siglo XIX que “el hombre lleno no entiende las necesidades del hambriento”. En este caso, hace cuatro décadas “el hombre lleno estadounidense” podía burlarse del “hombre hambriento chino”, pero este es justo el giro de la historia frente a los que creyeron entonces que ya no había nada más que hacer. Nadie entendió, o nadie lo supo ver, que la “China hambrienta” estaba despertando para ganar la batalla de la globalización. Y hoy, el “hambre de China” alcanza todas las áreas como respuesta a la ambición estadounidense.
También en pleno siglo XIX, el gran escritor estadounidense Mark Twain sí supo ver en qué consistía aquella vorágine del capitalismo como poderosa arma que arrasaba con todo de una manera muy diferente a otras etapas históricas. Una de sus muchas citas es nítida al respecto: “Cuando los ricos roban a los pobres se llama negocios, pero cuando los pobres se defienden se llama violencia”. Lo que luego vino hasta hoy mismo, es una lucha sin descanso entre ricos y pobres que cualquier persona mínimamente documentada sabe en qué ha consistido, y la verdad es que, aunque la ganancia en derechos sociales es innegable, la pérdida en la salud mental de los seres humanos podemos decir que es casi irreversible, de ahí el consumo masivo de drogas y medicación. Para dar un poco más de luz a esta reflexión voy a recurrir a otras dos citas de dos grandes personalidades mundiales de época moderna. Por un lado, el gran científico Albert Einstein cuando dijo esto: “Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales”. Y por otro lado el líder sudafricano Nelson Mandela cuando dijo esto: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo, porque erradicar la pobreza no es un acto de caridad, sino un acto de justicia”.
El rumbo de las llamadas “democracias liberales” está causando una auténtica masacre en todos los países donde se practica. Ya hace más de 2.000 años, el mítico filósofo griego Platón analizó la esencia de la “democracia”, a la cual definió como “un sistema inestable que lleva a la desintegración de la sociedad, después a la decadencia, de ahí a la corrupción, y finalmente a la tiranía”. ¿No es acaso todo este proceso el que estamos viviendo en los últimos años? En la Edad Media, el filósofo San Agustín completó la teoría platónica sobre el control del poder con esta reflexión: “Un gobierno sin justicia se convierte en una banda de delincuentes”. Sin duda, la corrupción de un Estado es el peor escenario bajo el cual puede vivir un ciudadano, pero en mi opinión aún es mucho peor cuando la corrupción está disfrazada de “democracia”.
En Occidente, el fracaso de la democracia se palpa en el sistema educativo, totalmente politizado y mercantilizado para hacer que niños y adolescentes lleguen a la edad adulta completamente enfermos. A diferencia de un país como China, donde sus universidades producen anualmente a miles de ingenieros con hambre de conocimiento, en Occidente se educa para que los jóvenes busquen la “felicidad”. Evidentemente, las mentes pensantes de este modelo de acción política y de sistema educativo en Occidente, saben muy bien lo que hacen con todo esto, pues lo que se busca es que el ciudadano se vuelva dócil y dependiente de un sistema de poder absolutamente perverso. Sin embargo, hay algo que se les escapa a las “élites”, y es que el empeño para que todo ciudadano se adapte a una sociedad profundamente enferma es un arma de doble filo, pues llega un punto en el que hay una gran cantidad de población que explota, y esto se está empezando a ver de manera muy intensa. Pero lo más alarmante es que la “receta” para combatir el malestar ciudadano pasa por suministrar más enfermedad, ya sea provocando miedos hacia enemigos inventados o ya sea provocando una precariedad insostenible que lleva directamente hacia el suicidio colectivo e individual.
Este mismo año 2026, el Gobierno chino ha prohibido en todas sus redes sociales el “culto al lujo”, lo cual ha llevado al cierre de miles de cuentas personales. Una vez alcanzado un desarrollo equiparable al de las sociedades occidentales, en China no han dejado pasar mucho tiempo para evitar que la banalización de la modernidad se lleve por delante a varias generaciones que costó tanto formar y dotar de recursos. Asimismo, China es con el 60% de las patentes que se registran en todo el mundo, no solo el país que lidera el desarrollo a escala global, sino que gran parte de estos progresos los protagonizan personas menores de 35 años. Es decir, la juventud en China “se come” literalmente a la juventud en Occidente ocupada en su vanidad y en su superficialidad. Personalmente he tenido la oportunidad de conversar con universitarios chinos, y la diferencia respecto a los universitarios de países occidentales es realmente abrumadora en lo que respecta a la capacidad por aprender y a la seriedad con la que se toman sus estudios. En este sentido tengo muy claro que la actual dirección política en China está dando a sus jóvenes una ejemplaridad basada en el rigor y la excelencia, a diferencia de lo que vemos en Occidente con comportamientos políticos que no solo son ineficientes, sino que están relacionados con gravísimos delitos. Delitos, por cierto, que no se investigan o bien se tapan, y una vez que la “democracia” llega a este punto, por pura lógica podemos decir que todo el edificio institucional se pudre por dentro. Es justamente este contexto político en Occidente lo que más contribuye a la degradación social y a la profundización de la corrupción. A mi juicio, el proyecto de prosperidad que está desarrollando China para este siglo, es la única posibilidad que le queda a Occidente para mantenerse a flote y regenerarse.
Con todo lo que he expuesto, tampoco quiero idealizar a China, un país admirable por su historia, su civilización y por los logros obtenidos en las últimas décadas, pero todavía con carencias si se compara con la Europa más próspera. Y aunque mi condición de ciudadano europeo me hace ser muy crítico con todo lo que veo, también sé apreciar las cosas buenas de una Europa donde crecí y me desarrollé como ser humano. Mi pensamiento crítico se lo debo a Europa, donde he disfrutado la última etapa de la “sociedad del bienestar” con vivencias memorables que siempre estarán en mi corazón. Pero a partir del año 2020, aquel famoso año de la pandemia del coronavirus, no me cabe duda de que todo empezó a cambiar de una manera muy rápida. La esperanza en aquel momento sobre si la humanidad pudiera salir reforzada tras dicha pandemia, se esfumó igual de rápido. Para mí, la decepción no es que todo aquello fue una gran “estafa” para acabar con las promesas de la “sociedad del bienestar”, sino que se aniquiló por completo la “cultura” que yo había conocido durante casi medio siglo, y en cambio, la falta de integridad moral de las élites quedó completamente al descubierto. El fracaso absoluto de Occidente hoy tiene mucho que ver con la falta de moral por parte de las “élites”, a diferencia de China donde a sus gobernantes se les exige como primera condición ser íntegros moralmente y ser ejemplares en sus acciones.
Personalmente, a mí ya no me sirve todo lo bueno que dejó la “sociedad del bienestar” europea entre finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, aunque reconozco que esta base civilizatoria le servirá al continente para cuando se inicie una nueva etapa de “renacimiento”. Mi análisis en este artículo tiene que ver con la integridad moral y con el proyecto de prosperidad que en este momento protagoniza China. Es por esta razón que cuando digo que “China marca la pauta”, me refiero a la eficiencia de una sociedad. Porque para ser eficientes, primero debes tener integridad moral, y a continuación debes ser impecable en tus acciones, lo cual es incompatible con la corrupción y con los delitos en general. Posiblemente todo lo que observamos estos últimos años en Occidente sobre el llamado “control social” tiene mucho que ver con este proceso, si bien hay serias dudas sobre si las élites occidentales podrán ser ejemplares, no solo en términos de integridad moral, también en términos de solidaridad para favorecer el reparto de la riqueza.
En cualquier caso, el mundo que viene deberá ser muchísimo más íntegro moralmente y muchísimo más sostenible medioambientalmente. De lo contrario, el colapso y la extinción estarán asegurados. Sin embargo, considero que la crisis climática va a ser el elemento sobre el cual van a girar todas las políticas y todo el pensamiento humano del futuro. No sé cuántas personas estarán dispuestas a “conectarse” o “reconectarse” con la naturaleza, pero no me cabe duda de que la salvación humana pasará por ello. En China hace años que se pusieron manos a la obra, y hoy la contaminación ambiental y acústica en ciudades de más de 20 millones de habitantes como son Pekín y Shanghái se ha reducido de una manera impresionante. En cambio, en otros lugares del mundo hay pequeñas poblaciones de unos pocos miles de habitantes con niveles de ruido y polución desproporcionados. Por otro lado, el plan masivo de creación de corredores verdes en China que se desarrolla en paralelo a su red de grandes infraestructuras para la movilidad, estoy seguro de que pronto hará de este país un territorio mucho más equilibrado para hacer que la vida humana siga progresando, a pesar de que el calentamiento global y las catástrofes asociadas no desaparecerán.
Se trata principalmente de preparar a las sociedades para un futuro en el que no solo será necesario implementar grandes planes de gestión ambiental y territorial, sino también en hacer que las personas se mantengan mentalmente lo más saludables posibles para que su tiempo sea provechoso y no genere vacío existencial. Tal como apunté anteriormente, en China se ha puesto el foco recientemente en eliminar el “culto al lujo” y en fomentar la lectura, al mismo tiempo que el taichí y los deportes en general cuentan con innumerables espacios para su práctica. Asimismo, la nueva China del siglo XXI también está descubriendo sus bosques y montañas para la práctica del senderismo y otras actividades al aire libre, algo que en Europa y en Norteamérica ya hace décadas que es una seña de identidad. La cuestión es que en China todo lo bueno de Occidente ha sido adquirido, pero a su vez amplificado para hacerlo mucho más inclusivo. El progreso, pues, además de ser justo y equilibrado, deberá ser un verdadero triunfo de todo un pueblo, tal como lo demuestra el ejemplo de la República Popular China. Sin embargo, China también sabe que necesita la colaboración de todo Occidente para ese gran objetivo que es la gobernanza global, sin la cual ninguna parte del mundo podrá solucionar sus problemas o mejorar sus condiciones de vida.





















