El 17 de enero de 1961, Dwight D. Eisenhower pronunció su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos, emitido en la televisión norteamericana. Después de haber sido uno de los generales victoriosos en la Segunda Guerra Mundial y de ostentar durante ocho años el cargo de presidente de una superpotencia que acumulaba el 50% del PIB global, el veterano líder norteamericano dejaba su cargo, pero alertaba de algo que suponía una clara amenaza para su país y para todo el planeta. Alertaba, por un lado, sobre la explotación de recursos que requería el “estilo de vida americano”, mientras que por otro lado alertaba sobre el enorme poder que estaba acumulando el llamado “complejo militar-industrial” estadounidense. He seleccionado tres partes de este histórico discurso que coincidió con el inicio de la revolución tecnológica que nos ha llevado hasta el momento actual, protagonizado por el mayor poder que jamás ningún país haya acumulado en toda la historia humana:
“Al mirar hacia el futuro de la sociedad, nosotros (ustedes, yo y nuestro gobierno), debemos evitar el impulso de vivir sólo para el presente, saqueando para nuestra propia comodidad y conveniencia los preciosos recursos del mañana. No podemos hipotecar los bienes materiales de nuestros nietos sin correr el riesgo de perder también su herencia política y espiritual. Queremos que la democracia sobreviva para todas las generaciones venideras, no que se convierta en el fantasma insolvente del mañana”.
“Ahora bien, esta conjunción de un inmenso sector militar y de una gran industria armamentística es nueva en la experiencia estadounidense. La influencia total (económica, política e incluso espiritual), se siente en cada ciudad, en cada capitolio estatal y en cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la necesidad imperiosa de este desarrollo, pero no debemos dejar de comprender sus graves implicaciones. Nuestro trabajo, nuestros recursos y nuestro sustento están todos en juego. También lo está la estructura misma de nuestra sociedad”.
“La perspectiva de que los académicos del país sean dominados por el empleo federal, la asignación de proyectos y el poder del dinero está siempre presente y debe considerarse seriamente. Sin embargo, al respetar los descubrimientos científicos, como deberíamos, también debemos estar alerta ante el peligro igual y opuesto de que la política pública pueda convertirse en cautiva de una élite científico-tecnológica”.
El sucesor en la presidencia de los Estados Unidos de aquel año fue el mítico John F. Kennedy, muy consciente de esos peligros y muy comprometido al mismo tiempo con reducir las enormes desigualdades sociales y las discriminaciones en el país del “sueño americano”. Y aunque justo en aquel momento la rivalidad con la Unión Soviética hizo aumentar notablemente los efectos de la Guerra Fría en todo el mundo, el presidente Kennedy acabó convirtiéndose en el principal enemigo para el “Estado profundo” estadounidense que ya estaba controlado entonces por el “complejo militar-industrial”. Su asesinato en la ciudad de Dallas el 22 de noviembre de 1963, confirmó con crudeza la amenaza sobre la cual alertó dos años antes el presidente Eisenhower.
Y aunque el mundo de los años 60 del siglo XX tenía en el “sueño americano” al referente de riqueza material en su máxima expresión, desde el bloque de países socialistas se trabajaba incansablemente para dotar a sus respectivas sociedades de todos los recursos posibles con el fin de garantizar el máximo bienestar humano entendido de otra manera. A diferencia del modelo americano basado en la propiedad privada y en el individualismo extremo, el modelo socialista abogaba por hacer del espacio público el pilar central de la sociedad, de ahí que se diera la mayor importancia a una eficiente red de transportes, a la educación pública y a todo tipo de estructuras bajo la gestión directa del Estado para que todas las personas tuviesen garantizadas sus necesidades básicas y sus oportunidades de futuro.
Dentro de aquel contexto en la Europa que había surgido desde los escombros de la Segunda Guerra Mundial, cabe señalar algunos países considerados como “neutrales” entre el bloque occidental capitalista y el bloque oriental socialista. Mientras en el norte de Europa estaba Finlandia y en el centro de Europa estaba Austria como países que combinaban los dos modelos, en el sur de Europa había dos casos bien particulares, como fue por un lado el de la España presidida por el general Franco y como fue por otro lado el de la Yugoslavia presidida por el mariscal Tito. Muy lejos de aquella Europa, un pequeño y desconocido país llamado Costa Rica también se posicionó en clave centroamericana con un modelo propio dentro de la poderosa órbita de los Estados Unidos. Asimismo, con la Guerra Fría en todo su apogeo se produjo el proceso de descolonización en África y en Asia bajo la tutela de unas u otras potencias.
Monumento de “Los Tres Forjadores” de 1932, levantado en el centro de la ciudad de Helsinki, capital de Finlandia, símbolo de toda una época. Foto Sergi Lara
Para cuando se llegó al año 1968, las novedades en todos los continentes se producían en paralelo al crecimiento exponencial del “complejo militar-industrial” estadounidense. Ya no se trataba solo de armas atómicas en la rivalidad con la Unión Soviética, también en la capacidad de los servicios de inteligencia para interferir en cualquier país. En esa carrera por la hegemonía global, además de los servicios de inteligencia del “poder duro”, era igual de importante el llamado “poder blando” de la cultura americana a través del cine, la televisión y la música. A todo ello había que añadir el poder financiero americano, y en este terreno el bloque socialista tenía la batalla completamente perdida.
La primavera de 1968 con las famosas revoluciones de estudiantes que se vivieron simultáneamente en la capital de Francia -París-, y en la capital de la antigua Checoslovaquia -Praga-, no fue un hecho espontáneo ni un movimiento de unos cuantos jóvenes soñadores, tal como se dijo durante muchos años. Detrás de todo ello estaban los servicios de inteligencia estadounidenses para desestabilizar por un lado a la Francia “rebelde” bajo la presidencia de Charles de Gaulle, y para desestabilizar por otro lado al bloque socialista a través de uno de los países más aperturistas en aquel momento. Lo cierto es que la Checoslovaquia presidida por Alexander Dubček le puso las cosas muy favorables al bloque occidental a partir del momento en que se proclamó que se debía trabajar por un “socialismo con rostro humano” para permitir más libertades y derechos a la población. En cualquier caso, en aquella misma primavera de 1968 en los Estados Unidos fue asesinado el activista por los derechos humanos Martin Luther King, un hecho de enorme trascendencia que se produjo mientras cientos de bombas estadounidenses caían sobre Vietnam, una de las guerras más infames de la historia.
Si bien la “primavera de Praga” fue aplastada por los tanques soviéticos, el concepto del “socialismo con rostro humano” pasó a la historia en contraposición a las masacres que el Ejército estadounidense cometía en Vietnam, al mismo tiempo que la población afrodescendiente en los Estados Unidos seguía viviendo en franca discriminación social y política. Lo que continuó en los años 70, 80 y 90 del siglo XX fue el triunfo definitivo del poder financiero estadounidense, y con ello el reforzamiento de su “complejo militar-industrial” hasta niveles de desarrollo e influencia sin precedentes.
Cuando se produjeron las “guerras yugoslavas” entre 1991 y 1996, en paralelo a la disolución de la Unión Soviética, los Estados Unidos alcanzaron la cúspide de su poder mundial, con el convencimiento de que desde entonces podrían lanzar bombas sobre cualquier país opuesto a sus intereses. Las cinco bombas lanzadas el 7 de mayo de 1999 sobre la capital serbia de Belgrado, impactando en la Embajada de China donde murieron tres personas, puede considerarse como el perfecto ejemplo de intimidación hacia todos los países sin excepción. En aquel preciso momento, la República Popular China estaba iniciando su despegue económico, tecnológico y político para convertirse en lo que es hoy. Este episodio ocurrido en la capital de Serbia para poner fin a la Guera Fría, lejos de ser una comparación exagerada, en realidad tenía mucho que ver con las bombas atómicas lanzadas sobre Japón en agosto de 1945. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki siguen siendo la mayor agresión sobre población civil de la historia, pero los Estados Unidos más que buscar la capitulación de Japón, principalmente buscó intimidar a la Unión Soviética como aviso para que no tratase de ocupar el territorio japonés.
Hoy, en 2026, se siguen produciendo bombardeos indiscriminados sobre población civil, tanto en Gaza, como en el Líbano y como en Irán. Los responsables de estos bombardeos son la misma gente que desde hace más de 80 años tomó el poder en Occidente, una tecnocracia todavía más poderosa y sofisticada que en 1961, cuando el presidente Dwight D. Eisenhower avisó sobre este riesgo. Una tecnocracia con laboratorio principal en Silicon Valley, la cual suministra de máxima tecnología a los ejércitos de Israel y de Estados Unidos, cuya misión es perpetuar en el mundo el modelo de capitalismo extractivista.
El intento que hubo en 1968 por implantar en la Europa de países socialistas una “tercera vía” basada en el “socialismo con rostro humano”, fracasó no solo por la propia injerencia soviética, también porque este modelo podía llegar a ser mucho más peligroso para el modelo americano basado en el capitalismo extractivista. Esto se volvió a ver muy claramente en el proceso de disolución de la antigua Yugoslavia, que se inició cuando el Fondo Monetario Internacional impuso a este país una serie de medidas que hicieron colapsar a su economía, y que posteriormente fue aprovechado por los Estados Unidos para penetrar en toda la mitad oriental de Europa hasta las puertas de Rusia. El conflicto de Ucrania es el último capítulo de este proceso, acompañado por la decadencia política en toda la Unión Europea y por una deshumanización muy preocupante.
Pero en este primer cuarto de siglo XXI que acabamos de completar, el concepto de “socialismo con rostro humano” ha acabado por renacer, seguramente porque es el concepto político que más se aproxima a la afirmación que tanto gusta al actual presidente de China, Xi Jinping: “estar en el lado correcto de la historia”. Una afirmación que últimamente se repite en cada discurso importante del líder chino como respuesta a las barbaries y genocidios que comenten los militares israelitas y estadounidenses. Y aunque ha aumentado la conciencia humana en este sentido, desgraciadamente la tecnocracia que controla el mundo occidental se encarga cada día de desviar la atención de los ciudadanos hacia el entretenimiento más banal y estúpido. Una sociedad completamente narcotizada y desmovilizada que no presta atención al gran problema que supone el poder económico occidental sobre la humanidad y sobre el planeta entero.
Calle en el centro histórico de la ciudad de Cantón, ejemplo del actual bienestar que se respira en buena parte de la República Popular China. Foto Sergi Lara
Mientras la mayoría de los países de Europa y las Américas están sometidos al capital financiero dirigido por las élites de la nueva tecnocracia, en China su política estatal dirigida a través de planes quinquenales se centra en las personas. El “socialismo con características chinas” es definitivamente la última versión del “socialismo con rostro humano” en una dimensión nueva al servicio del pueblo. Una dimensión en la que el Estado utiliza todos los recursos procedentes de las grandes empresas y el desarrollo tecnológico para garantizar el progreso de toda la sociedad sin exclusiones.
Si hace diez años atrás, China proclamó la “independencia alimentaria” en el tramo final de su proceso para erradicar la pobreza en todo el país, el último plan quinquenal chino aprobado este mismo año ha proclamado la “independencia en ciencia y tecnología” para proyectar al país hacia el liderazgo global. Este momento actual de China es lo que ha encendido todas las alarmas en los Estados Unidos, pues su poder financiero puede tener los días contados frente al poder tecnológico chino, un competidor mucho más fuerte que la competencia de la Unión Soviética en el siglo XX.
Concluyo este artículo invitando a la reflexión de los lectores costarricenses a través de dos preguntas: ¿Es normal que un país que supuestamente no tiene ejército y que se proclama como pacífico (Costa Rica), apoye las políticas genocidas y ecocidas dirigidas por las grandes élites del capital y la tecnocracia occidental? ¿Las personas en Costa Rica, realmente saben en qué consiste tener un Estado dirigido por una estructura política de verdadero socialismo al servicio del pueblo? Es evidente que la mayoría de los ciudadanos costarricenses no sabrán responder a estas cuestiones a causa de los grandes déficits de la sociedad en educación política, aún más cuando los actuales dirigentes del país muestran un nulo interés por la cultura, la ciencia y la espiritualidad vinculada al cuidado de la naturaleza. Pero yo afirmo en estas líneas que el tiempo de los Trump, de los Milei y de los Chaves acabará en la “papelera de la historia” cuando triunfe el verdadero socialismo al servicio del pueblo. En unos países tardará más que en otros, pero el triunfo del bien común y la justicia social sobre la barbarie y la estupidez tiene que llegar si la humanidad quiere sobrevivir a sí misma, sin descartar que todo colapse antes como un mal necesario.





















