Byron Salas Conejo
Director Ejecutivo CRUSA
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Durante décadas hemos asociado la modernización de nuestras ciudades con grandes obras: carreteras, puentes, edificios, infraestructura y tecnología. Todas son necesarias, pero quizá hemos prestado menos atención a una pregunta más elemental: ¿cómo se siente vivir y moverse a diario en esas ciudades?
Para quien camina hasta una parada de autobús, para una persona adulta mayor que necesita descansar durante el trayecto, para alguien que utiliza silla de ruedas o para una familia que empuja un coche de bebé, la calidad de una ciudad se mide de otra manera; se mide en una acera continua, una rampa bien construida, una señal clara o un lugar seguro donde esperar el autobús.
Costa Rica es ya un país predominantemente urbano: más de ocho de cada diez personas viven en zonas urbanas; al mismo tiempo, atravesamos un acelerado proceso de transición demográfica, según el INEC, las personas de 65 años y más pasaron de representar un 5,6% de la población en 2000 a un 10,1% en 2022, y la Encuesta Nacional sobre Discapacidad estimó que un 37,4% de las personas mayores de 65 años presenta alguna discapacidad.
Frente a esta realidad existe una tentación comprensible: pensar que la respuesta consiste principalmente en construir más infraestructura; sin embargo, la forma en que diseñamos puede ser tan importante como lo que finalmente construimos.
La participación ciudadana no debería limitarse a presentar una solución prácticamente terminada para conocer la opinión de la comunidad; más bien debe ser una herramienta para comprender mejor el problema antes de diseñar la respuesta.
En Costa Rica empiezan a aparecer experiencias interesantes bajo la lógica de diseño centrado en las personas; recientemente, en Tibás, personas adultas mayores, personas con discapacidad y vecinos participaron en un proceso para identificar necesidades antes del rediseño de cuatro paradas de autobús y sus entornos, ejercicio similar se realizó en Heredia con la transformación de siete puntos de espera del transporte público, en el cual participaron más de 80 personas usuarias, propiciando obras complementarias de accesibilidad y movilidad peatonal.
Curridabat siguió una lógica distinta para responder a otro problema cotidiano: orientarse caminando por la ciudad; allí se desarrolló un sistema de orientación peatonal que permite identificar tiempos y distancias de recorrido, rutas accesibles, paradas de autobús y servicios cercanos. Al igual que en los ejemplos anteriores, el proceso de diseño también surgió de un proceso de participación con quienes utilizan frecuentemente estos espacios públicos.
Solemos asociar la innovación urbana con sensores, inteligencia artificial, grandes sistemas de datos o ciudades inteligentes; estas herramientas pueden generar beneficios importantes, pero también existe una innovación menos visible: transformar la manera en que tomamos decisiones sobre nuestros territorios.
Observar cómo las personas utilizan un espacio, identificar quiénes encuentran mayores barreras, involucrarlos en el diseño, probar una solución, medir los resultados, corregirla y documentar lo aprendido. Bajo esta perspectiva, las ciudades pueden convertirse en laboratorios de innovación y los gobiernos locales tienen una posición privilegiada para hacerlo, porque están lo suficientemente cerca de los problemas cotidianos como para ensayar soluciones concretas.
También hay un principio especialmente valioso detrás del diseño inclusivo: cuando diseñamos considerando a quienes encuentran mayores dificultades para utilizar la ciudad, normalmente terminamos creando mejores condiciones para todos. Una banca puede ser indispensable para una persona adulta mayor, pero también útil para quien necesita descansar; una rampa facilita la movilidad de una persona en silla de ruedas, pero también la de quien lleva un coche de bebé, una bicicleta o una maleta.
Diseñar para quienes enfrentan mayores barreras no significa construir ciudades para una minoría; significa construir ciudades que funcionan mejor para una diversidad mucho mayor de personas.
El siguiente paso debería ser avanzar de experiencias aisladas hacia una lógica de aprendizaje más sistemática: identificar qué funciona, evaluar resultados, compartir conocimiento entre gobiernos locales y facilitar que las soluciones desarrolladas en un territorio puedan adaptarse a otros.
Quizá la transformación de nuestras ciudades no empiece preguntándonos qué más podemos construir, sino con algo más sencillo: ¿qué pasaría si, antes de diseñar la ciudad, empezáramos por escuchar a quienes todos los días la caminan, la esperan, la recorren y la viven?



































