Recientemente realicé una visita a una librería y encontré un libro del gran poeta nicaragüense Rubén Darío, el referente de la literatura no solo de Nicaragua, sino también de Centroamérica, tal como lo dice su seudónimo "el Príncipe de las Letras Castellanas". El mismo que inspiró versos como "Amar, amar, amar, amar siempre, con todo el ser y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo: amar por toda ciencia y amar por todo anhelo…". De igual modo me resultó casi coincidente darme cuenta de que ese mismo día era la conmemoración del fallecimiento de nuestro poeta Jorge Debravo; en este caso es para los costarricenses un referente nacional, del cual también recordamos versos como "Vengo a buscarte, hermano, porque traigo el poema, que es traer el mundo a las espaldas… Traigo sueños, tristezas, alegrías, mansedumbres, democracias quebradas como cántaros".
No quiero dejar pasar de lado la conexión de estos eventos con la que existe entre los dos escritores. Ambos son referentes de sus respectivos países, de sus tierras y de sus culturas. En el caso de Rubén Darío siempre me ha parecido asombroso observar el arraigo que existe por él entre los nicaragüenses, que hasta lo recitan de memoria, porque en sus escuelas aprendían sus poemas y lo llevan presente, tanto que hasta su Teatro Nacional lleva su nombre. Recuerdo en algún momento observar el monólogo "El Inmigrante, El Nica" de César Meléndez, de feliz memoria, citar en él algunos versos de Darío e incluso pedirnos disculpas a los ticos por hacerlo diciendo que no tenía la culpa de que a ellos sí les enseñaban a respetar la memoria de sus poetas, o de sus músicos, e incluso que los ticos preferimos ¨lo de afuera que lo de nosotros mismos¨.
En cambio, en Costa Rica, con artistas como Jorge Debravo, ¿qué tanto le conocemos?, ¿acaso nuestros estudiantes le han leído o escuchado?, ¿qué lugar tienen nuestros autores literarios en nuestra sociedad y como referentes de la identidad nacional? Creo que la respuesta es que tenemos una deuda histórica, no solo con Debravo sino con otros como Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, solo por mencionar a unos de muchos más.
Darío y Debravo no son comparables, no es un mano a mano literario, son referentes ambos de sus países, pero ambos de Centroamérica y por ende de Latinoamérica, están íntimamente vinculados. Los dos llevaban muy claro la dignificación de sus orígenes, el respeto por sus tierras y el compromiso social. Costa Rica y Nicaragua son hermanos, sus escritores y sus plumas son ejemplos de sus culturas, lejos de divisiones absurdas nos reflejan el amor y la estrechez humana de ambas naciones. Cada una con sus luchas e historias propias, Nicaragua posee anhelos profundos de libertad, paz y democracia, no podemos ser indiferentes con sus problemas y situaciones sociales. Junto con el hermano pueblo también queremos la caída de sus dictaduras. Costa Rica, que ha tenido contextos más pacíficos, está llamada hoy en día a cuidar sus luchas sociales y la democracia que tanto la ha caracterizado, y no dar por sentado la construcción de su Estado Social de Derecho.
La escritura es un acto político, en definitiva, no está lejana de las realidades. Si Darío y Debravo vivieran hoy, aseguraría que serían voces críticas y disidentes de ambos contextos sociales.
Tenemos como tarea vivir como hermanos los costarricenses y los nicaragüenses. Nos unen la historia, la geografía y hasta las letras. Diría Rubén Darío que "la naturaleza nos ha hecho parientes e incluso la costumbre amigos" entre nosotros mismos; las distancias entre Costa Rica y Nicaragua están en nuestras mentes únicamente; la fuerza de la palabra es mucho mayor, geográficamente solo nos dividen las aguas del río San Juan, lo acordado en el Tratado Cañas-Jerez, un acuerdo humano, por ello ya lo diría también Jorge Debravo, que deberíamos "arrancar fronteras una a una y dejar de frontera entre nosotros solo el aire."
Josué Arias Hernández, profesor





































