A inicios del siglo XIX, cuando el Imperio Británico inició su gran expansión por todo el mundo, el emperador francés Napoleón Bonaparte se convirtió en el mayor visionario de la época, aunque finalmente fuera derrotado justamente por aquel dominio británico. A Napoleón se le atribuye esta cita: “China es un gigante dormido, dejadla dormir, porque cuando despierte, el mundo se sacudirá”.
El Templo del Cielo en la ciudad de Beijing, un mítico monumento de la China más ancestral. Foto Sergi Lara
A mediados del siglo XIX, las Guerras del Opio de británicos y franceses contra China, provocaron el inicio del llamado “Siglo de la Humillación” que no concluyó hasta el triunfo de la Revolución Comunista China de 1949. La posterior etapa histórica de la República Popular China es bien conocida desde entonces, pasando en 70 años de ser un país pobre y agrícola a ser un país desarrollado y moderno, un caso inédito en la historia humana por el corto espacio de tiempo transcurrido y por la gigantesca transformación socioeconómica para 1.450 millones de personas. Podemos decir en este momento, dos siglos después de la advertencia de Napoleón, que China ha despertado y está haciendo tambalear a todo el planeta.
Pero volviendo doscientos años atrás, a inicios del siglo XIX, teníamos entonces un contexto en el que las tecnologías más avanzadas, la economía ligada al libre comercio y el colonialismo más violento formaban parte de una cosmovisión muy diferente a la tradición cultural china. Aquella cosmovisión occidental de raíz judeocristiana, con el paso de las décadas se fue consolidando para hacerse hegemónica sobre la gran mayoría de territorios del mundo. En este caso también fue fundamental vincular esa hegemonía a una supuesta superioridad de la “raza blanca” y de las élites burguesas mercantilistas. El resultado de todo aquello en la actualidad se constata con el uso de la lengua inglesa en todos los foros internacionales.
Para los continentes del llamado “Sur Global”, los problemas estructurales y la falta de desarrollo en general, mucho tiene que ver con esa cosmovisión occidental. En el caso de América Latina, el sometimiento que ejerce Estados Unidos en todo el continente es algo a lo que estamos muy habituados, pero de normal no tiene nada. No es normal que países con grandes recursos y capacidades humanas no puedan progresar y desarrollarse. No es normal que la mayoría de la gente viva en un estado de permanente inseguridad, violencia y desigualdad mientras unas minorías se reparten la riqueza de todos.
En China he constatado con mi propia experiencia el modelo opuesto a la cosmovisión occidental. Un modelo chino de raíces taoístas y confucionistas donde la vida bajo el cielo que cubre todo el planeta se contempla como algo que únicamente se puede desarrollar a partir del equilibrio y la armonía, lejos de la violencia y la supremacía. Es justo esta cuestión la que expresa el carácter de la China milenaria que pervive en todas partes del país y que hoy aboga por un mundo de cooperación, justicia e igualdad para todos los pueblos de la Tierra. Pero doscientos años después de las palabras de Napoleón o del inicio de la hegemonía anglosajona en el mundo, China está preparada para asumir su enorme responsabilidad dentro del profundo cambio que se está gestando a nivel geopolítico, de ahí las fuertes tensiones provocadas por el declive del poder occidental frente al renacimiento chino.
Actuación musical de folclor chino en la provincia de Jiangsu, toda una demostración de cultura milenaria en el siglo XXI. Foto Sergi Lara
Cuando paseas por cualquier ciudad china, a través de amplias avenidas, parques o vías para bicicletas, lo primero que le viene a la mente a un ciudadano de origen occidental es el concepto de “libertad”. Un concepto que en Occidente se proclama como el valor más supremo. ¿Pero es normal sentirse libre en lugares donde impera la inseguridad? Porque cuando las personas viven atemorizadas tras verjas de hierro en sus casas o cuando pasear por una calle puede suponer un riesgo a causa de la delincuencia, eso es algo completamente incompatible con la “libertad”. Y yo afirmo en estas líneas que en China se respira mucha más libertad que en cualquier ciudad de Occidente.
Desde este lugar del mundo que hoy trata de impulsar el renacimiento de la legendaria “Ruta de la Seda” adaptada al siglo XXI, mi percepción es que en Occidente la existencia de la pobreza y la drogadicción en un amplio sector de la población es algo que beneficia enormemente a las clases más pudientes y poderosas. Es decir, en Occidente no interesa para nada implementar el concepto de “bien común”, pues va en contra de una estratificación social muy bien marcada para beneficio de unas cuantas familias y grupos de poder. ¿Y por qué en China sí se trabaja el concepto del “bien común”? Pues sencillamente porque dentro de la cosmovisión china el equilibrio y la armonía son los dos pilares que sostienen a una sociedad cooperativa.
En los últimos años el presidente chino Xi Jinping insiste en todos sus discursos sobre la idea de la cooperación para beneficio de todos los países. Una idea que no es un concepto vacío para los chinos, sino toda una creencia como modo de vida que garantiza la paz social y el beneficio mutuo, de ahí la importancia de erradicar la pobreza y asegurar la justicia. Es por todo ello que China y sus aliados se han convertido en el enemigo verdadero que hoy hace tambalear al poder occidental después de doscientos años de hegemonía. En este sentido no puedo dejar de lado la importancia de la economía, que al fin y al cabo es lo que mueve cualquier ideología.
Uno de los muchos aparcamientos para bicicletas en la capital de Beijing, ejemplo de orden y funcionalidad de la sociedad china, pero también símbolo de todo un modelo socioeconómico. Foto Sergi Lara
Tras el fracaso de la Unión Soviética, incapaz de ofrecer un modelo socioeconómico viable frente al modelo occidental, la República Popular China sí ha conseguido dar con la tecla que permite tener un Estado fuerte que garantiza derechos fundamentales y que ejecuta planes de desarrollo a largo plazo, al mismo tiempo que permite la libertad empresarial. El resultado del modelo chino es una economía diversificada y dinámica que finalmente puede competir con el poder del dólar estadounidense gracias a la digitalización global. En este contexto, disponer de una economía fuerte y digitalizada es sin duda la mayor amenaza para la supremacía occidental que de momento mantiene a la mayoría de los países bajo sus pies.
En gran parte de América Latina, de África, de Asia, e incluso de Europa y Estados Unidos, las ansias de libertad personal chocan con un modelo de sometimiento económico que al mismo tiempo no garantiza los derechos fundamentales. Una vez alcanzado este momento de la historia humana, el liderazgo de China está proponiendo que no puede haber futuro compartido sin cooperación, sin justicia y sin igualdad. Evidentemente, la mayoría de los países del mundo no pueden defender su “soberanía” si económicamente están sometidos a un poder financiero de carácter global. Sin embargo, el proceso de libertad de los pueblos que puede lograrse con el impulso chino quizás no solo esté ligado a un modelo socioeconómico, sino también a valores humanos que recuperen el equilibrio y la armonía como forma de vida.
En el hermoso parque de la Península de Yuantouzhu, junto al lago Taihu, un enclave para disfrutar de la gran calidad de vida que hoy se vive en la República Popular China. Foto Sergi Lara





















