Hay películas con historias siempre vigentes. Volver a ver Apocalipsis ahora, basada en la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas, es mirar un espejo incómodo. Esta película, ambientada a finales de la guerra de Vietnam, no trata solo de un conflicto militar, sino del descenso del ser humano a su propia oscuridad cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo.
Medio siglo después, la historia parece repetirse, aunque con nuevos nombres y escenarios. Nicolás Maduro y el coronel Kurtz, por más que el primero sea real y el segundo ficticio, comparten elementos como el aislamiento del poder, el culto a la figura del líder y el control mediante el miedo o la lealtad.
Estados Unidos, antaño defensor de la libertad, vive hoy dividido y desconfiado de sus propias instituciones. En su política exterior oscila entre el pragmatismo y la contradicción: sanciona y, al mismo tiempo, negocia con regímenes que antes condenaba. Frente a Venezuela, su postura refleja ese dilema moral: ¿actuar por principios o por conveniencia?
Al igual que Kurtz, Maduro se encuentra aislado en su propio mundo, rodeado de leales que repiten su discurso mientras el país se hunde en la ruina. En nombre de la revolución se justifica la miseria, y en nombre del antiimperialismo se perpetúa el control. Como en la selva del Mekong, ya nadie parece distinguir entre el bien y el mal.
¿Y qué con Costa Rica?
Toda tormenta política tiene ondas expansivas, y Costa Rica no está al margen. Las tensiones entre Washington y Caracas afectan directamente el equilibrio regional.
La migración venezolana, que ya ha impactado la estructura social y económica costarricense, podría aumentar si el régimen se endurece o si fracasan los acuerdos con Estados Unidos.
El comercio y las inversiones se ven condicionados por la inestabilidad hemisférica: mientras EE. UU. busca nuevos socios y rutas energéticas, Costa Rica debe cuidar su imagen como país estable y democrático, al tiempo que define —ante sus aliados— una postura más clara frente al conflicto.
Y, quizá lo más importante, la moral política: la indiferencia ante el autoritarismo o la corrupción externa puede erosionar también nuestros propios valores internos, acostumbrándonos al cinismo y la pasividad.
La película termina con una frase que resuena como advertencia: “El horror… el horror”, pronunciada por el genial Marlon Brando. Ese horror no es solo el de la guerra o la tiranía, sino el de la ceguera moral, la que convierte a las naciones en sombras de lo que fueron.
Quizá la lección para Costa Rica sea esta: el verdadero apocalipsis no llega con bombas ni misiles, sino con la pérdida del sentido, cuando los pueblos dejan de ver el peligro en la corrupción, la mentira y la complicidad.
Por MBA Freddy Delgado





































