Las MiPymes ya están demostrando que pueden generar crecimiento incluso fuera de los grandes centros urbanos lo confirmó un estudio reciente de la Academia de Centroamérica. El reto del Estado no debería ser ponerles más obstáculos, sino crear las condiciones para que puedan crecer con mayor libertad.
Hay un dato que debería llamar poderosamente nuestra atención: las MiPymes representan alrededor del 99% de las empresas formales de Costa Rica. Entre 2012 y 2022, además, su presencia fuera de la Gran Área Metropolitana pasó de 31,3% a 34,6%, impulsada por un crecimiento promedio anual de 6,1%, superior al 4,5% registrado dentro de la GAM.
Pero hay algo todavía más interesante. En cantones como Osa, Jiménez, Pérez Zeledón, Coto Brus y Turrialba, las MiPymes crecieron significativamente mientras la población prácticamente no aumentó. Mientras, en Pérez Zeledón, por ejemplo, las MiPymes crecieron alrededor de 8,2% anual; en Osa, 10,5%; y en Jiménez, 10,2%, mientras el crecimiento poblacional de esos cantones fue inferior al 0,6%.
La lección es poderosa: el desarrollo empresarial no siempre necesita esperar al crecimiento demográfico. En algunos territorios, puede ser precisamente el crecimiento de las empresas el que genere nuevas oportunidades.
Esto debería obligarnos a replantear la forma en que Costa Rica aborda a las MiPymes. Las cifras demuestran que no estamos frente a un sector marginal. En 2022 representaron el 31,5% del empleo formal y su participación en la producción empresarial llegó a poco más de un tercio. Entre 2012 y 2022 aportaron, además, un promedio del 8% de las exportaciones nacionales.
Por eso, cuidar a las MiPymes no significa subsidiarlas ni protegerlas de la competencia. Significa permitirles competir, invertir, contratar, innovar y crecer con menos obstáculos.
No necesitan que las salven. Necesitan que las dejen crecer
El propio estudio encuentra una correlación de 0,70 entre la cantidad de MiPymes y la competitividad cantonal. Las relaciones más fuertes aparecen en dinamismo de mercados (0,74) y adopción de tecnologías de información y comunicación (0,67). No significa que una variable cause necesariamente la otra, pero sí ofrece una señal clara sobre el entorno que acompaña a un tejido empresarial más desarrollado.
La verdadera discusión, entonces, no debería ser cuánto más podemos exigirle a una pequeña empresa. Debería ser cuánto podemos hacer para facilitarle el camino.
Eso implica simplificar trámites y permisos, avanzar hacia una verdadera ventanilla única, digitalizar procesos, mejorar el acceso al financiamiento, impulsar la transformación tecnológica y fortalecer las capacidades empresariales. Son, de hecho, algunas de las recomendaciones planteadas por este estudio.
Costa Rica necesita cambiar la lógica: el Estado debe pasar de administrar la actividad empresarial a facilitarla. Una MiPyme que logra crecer no beneficia únicamente a su propietario. Genera empleo, contrata proveedores, dinamiza mercados, fortalece comunidades y amplía la base productiva del país.
Las empresas ya están demostrando que existe capacidad emprendedora en regiones que durante años han estado fuera del centro del desarrollo económico. Ahora corresponde al Estado decidir si será un facilitador de ese crecimiento o una de sus principales barreras.
Si las MiPymes son prácticamente todo nuestro tejido empresarial, la mejor política pública no es ponerles más peso sobre los hombros. Es quitarles las trabas del camino.
Jorge Quesada Palomo
Managing partner, Business For Growth





































