Costa Rica ha construido una identidad internacional basada en la neutralidad, la paz y los valores. Durante décadas, esto no solo fue válido, sino estratégico. En un mundo donde las tensiones no siempre se traducían en polarización extrema, la neutralidad permitía a los países pequeños navegar con relativa estabilidad.
Lamentablemente, en pleno siglo XXI, ese mundo que permite el lujo de independencia decisiva ya no existe.
Hoy vivimos en un sistema internacional marcado por conflictos simultáneos, rivalidades estructurales y una creciente fragmentación del poder. Más de 30 conflictos activos en distintas regiones del mundo evidencian que la neutralidad ya no es simplemente una postura ética, sino que termina siendo una decisión estratégica con consecuencias reales. Para países pequeños como Costa Rica, la pregunta no es si debemos tomar posición, sino si realmente tenemos la capacidad de no hacerlo.
Históricamente, nuestra estabilidad no ha sido completamente autónoma. Ha estado, en gran medida, respaldada por estructuras internacionales y por la influencia de potencias hegemónicas que han definido el orden global. En ese sentido, la neutralidad costarricense ha sido posible no solo por decisión interna, sino por el contexto externo que la ha permitido. Hoy, ese contexto está cambiando y Costa Rica (especialmente su población) es la menos consciente de ello; seguimos viviendo bajo un mito cómodo, que sirve a la narrativa del costarricense que piensa que los conflictos se resuelven con carteles en la calle.
Y esta realidad no solo se refleja en la política exterior. También se manifiesta en algo menos visible, pero igual de determinante: nuestra dependencia tecnológica.
Costa Rica produce conocimiento, sí. Tiene investigación pública, talento humano y capacidad académica. Pero no cuenta con la infraestructura ni con los sistemas necesarios para sostener de manera autónoma su producción científica y, sobre todo, el control de sus datos. Gran parte de la información que utilizamos, desde datos climáticos hasta plataformas digitales, depende de tecnología y redes desarrolladas fuera del país.
En el siglo XXI, esa dependencia no es menor. Es una forma de dependencia política. Porque quien controla la tecnología, controla los datos. Y quien controla los datos, influye en la toma de decisiones.
Pretender neutralidad en un entorno donde no se controla ni la infraestructura ni la información es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una ilusión estratégica. Sin embargo, el problema no es únicamente estructural. También es cultural.
En Costa Rica, el debate público tiende a priorizar lo inmediato, lo emocional y lo simbólico por encima de lo estratégico. Se amplifican conflictos discursivos, se polarizan conversaciones por temas secundarios y se pierde de vista una pregunta fundamental: ¿qué tipo de país queremos ser en un mundo cada vez más competitivo?
Mientras se dedican recursos y atención a disputas que generan visibilidad, pero no desarrollo, se posterga la discusión sobre cómo construir capacidades reales: científicas, tecnológicas y estratégicas.
El país tiene el talento, tiene el potencial, pero sigue operando bajo una lógica de “lo chiquitico”, donde se asume que aspirar a autonomía o liderazgo en áreas como la ciencia y los datos es irrelevante o incluso inalcanzable. Y esta mentalidad tiene consecuencias.
Porque sin inversión en conocimiento, sin desarrollo de infraestructura científica y sin una estrategia clara hacia la autonomía tecnológica, Costa Rica no solo limita su crecimiento, sino también su capacidad de decidir. Y un país que no puede decidir difícilmente puede ser neutral.
Antes de exigir coherencia en política exterior o cuestionar las posiciones que adopta el país en el escenario internacional, es necesario reconocer una realidad más profunda: la neutralidad no es una declaración, es una capacidad. Esa capacidad no se construye con discursos, sino con inversión, estrategia y visión de largo plazo.
Costa Rica ya ha demostrado que puede ser una voz moral en el mundo. Pero, en el contexto actual, eso no es suficiente. Si el país aspira a tener relevancia en el sistema internacional, deberá avanzar hacia algo más incómodo para la mentalidad tica: pensar en sobrevivir estratégicamente y posicionarse con claridad en un entorno competitivo.
Eso implica invertir en tecnología, abrir oportunidades en lo privado y eficiente y darle herramientas reales al pequeño empresario para desarrollar el nicho costarricense. Implica reducir trabas burocráticas e impuestos que limitan el crecimiento, en lugar de seguir dándole protagonismo a discursos oportunistas y escraches públicos que desvían la conversación de lo que verdaderamente importa.
Ser independientes internacionalmente no significa agrandar el Estado ni encerrarse en él. Significa construir un Estado lo suficientemente eficiente como para permitir que el país expanda sus capacidades, fortalezca su conocimiento y desarrolle una base propia que lo respalde en el escenario global.
La política exterior no es aislada, es un reflejo de la sociedad. El cambio necesario para convertirnos en una voz informada, con capacidad científica, tecnológica y estratégica, empieza en lo que priorizamos y en lo que decidimos construir como país.
Solo entonces la neutralidad dejará de ser una aspiración y podrá convertirse en una decisión real.





































