Diego Rosero
Psicólogo y especialista en Inteligencia Artificial del INCAE
diegofernandoroseroceron@gmail.com
Hace poco un empresario me dijo, que necesitaba instalar agentes de inteligencia artificial. Le hice una sola pregunta: ¿qué quieres automatizar? Se quedó callado. No sabía. Quería empezar la casa por el techo.
Y no es el único. Hoy la IA propone, a una velocidad que marea, y alguien tiene que disponer. Ese alguien, le guste o no, sigue siendo usted.
Por eso su criterio, eso considerado por algunos como algo anticuado y poco glamuroso que se construye solo a punta de años, aciertos y errores, acaba de volverse el activo más valioso que tiene. Justo cuando creía que la tecnología lo volvía prescindible, resulta que lo vuelve indispensable.
Hoy medio país anda buscando la herramienta de IA que le resuelva el negocio, como quien busca una pastilla para adelgazar sin cambiar la dieta. Y aquí va el dato que a los vendedores no les conviene que usted sepa: en cualquier adopción de tecnología o transformación digital, el algoritmo pesa apenas un 10% de la solución. Otro 20% son los sistemas, la parte técnica, software y hardware, todo eso que sí se compra. Y el 70% restante, el que decide si esto funciona o se convierte en el elefante blanco más caro de su oficina, es puro ser humano: su gente, su cultura, sus procesos, como gestionan el cambio, su manera de decidir bajo presión.
Ese 70% no tiene versión de pago. No se descarga. No viene en la nube. Y es, casualmente, lo único que de verdad mueve la aguja.
Fíjese en la trampa. La IA es un modelo probabilístico, que es la forma elegante de decir que adivina. Adivina que da gusto, eso sí. Pero adivinar no es entender. La máquina puede redactarle un despido perfecto, pero no siente el nudo en el estómago que usted siente antes de firmarlo. Puede recomendarle recortar un proveedor, sin saber que ese proveedor es el que lo apoyo cuando nadie más lo hizo, en plena pandemia. Puede darle la respuesta estadísticamente perfecta y moralmente monstruosa. Y se la da con una sonrisa.
Eso que a usted le tiembla por dentro cuando una decisión afecta a la gente que depende de su empresa, ese peso incómodo, no es un defecto que haya que optimizar. Es criterio. Es conciencia. Es la experiencia de haberse quemado antes.
Por eso lo del "humano en el loop" no es un tecnicismo de moda ni un adorno para quedar bien en una charla. Es la línea roja. Significa que la IA propone y el ser humano dispone, siempre, sobre todo cuando la decisión toca a personas. La máquina es un copiloto extraordinario. Pero el volante tiene un solo dueño, y no lo suelte por más elegante que suene la sugerencia del copiloto.
Le confieso que la promesa de la automatización total es seductora. Delegar, desconectar el cerebro, dejar que la máquina cargue con el peso de decidir. Pero esa comodidad tiene letra pequeña: el día que algo salga mal, y va a salir, la IA no va a dar la cara. Ni ante su equipo, ni ante usted en el espejo. Esa factura llega a un solo nombre. El suyo.
Así que use la IA. Úsela sin miedo y úsela mucho, es una maravilla y llegó para quedarse. Pero úsela como lo que es: el instrumento más poderoso que ha inventado la humanidad para procesar información y amplificar capacidades, pero se debe manejar con criterio.
Porque una empresa no se dirige con la respuesta más probable. Se dirige con la más sabia.





































