La evolución tecnológica es la revolución de nuestro tiempo; esta debería ir de la mano con la educación, pero lamentablemente no siempre sucede de esta forma. En Costa Rica, en el nivel educativo, la realidad no es precisamente la mejor. El Estado de la Educación del año pasado nos dio un panorama preocupante, con un rezago académico de más de 20 años, un reto actual que se debe abordar en las próximas políticas educativas. Dentro de los resultados se encuentran los problemas en áreas de lectoescritura y razonamiento lógico-matemático. Esto, sumado a que en muchos casos de la realidad educativa nacional no existen apoyos tecnológicos. Sin embargo, nos encontramos con un punto clave: los conocimientos básicos son más necesarios que nunca; todo aquello que conocemos como cultura general, cosas que muchas veces se dan por sentadas y que todos tenemos que saber, no lo estamos logrando. En muchos casos, lo que se tuvo que aprender en la escuela se encuentra vacío y se va arrastrando cada vez más hasta encontrar escenarios preocupantes.
La Inteligencia Artificial es hoy en día la herramienta principal donde todos los conocimientos se encuentran a un “clic” de distancia; la evolución de las plataformas digitales está avanzando de manera fugaz sin que nos demos cuenta. Hace unas décadas, el uso de internet sorprendía: no todos tenían acceso y aún se encontraban libros y manuales en bibliotecas para utilizar una computadora y poder navegar en la web. Hoy, simplemente tenemos una actualización desde un teléfono celular. Este avance ha llegado lejos; ya no es solamente un buscador de información, ahora poseemos una inteligencia que es competente con la realidad.
La paradoja central no es observar la IA como una enemiga de la educación, sino cómo esta debe ser realmente una herramienta útil cuando se pueda utilizar de la mano en campos de estudio o, por el contrario, cómo también puede llegar a ser un arma de destrucción masiva.
La desinformación es un arma peligrosa: las noticias falsas, las imágenes o videos con escenas fantasiosas que superan la realidad, haciéndola creíble, pueden provocar una disociación del mundo real al digital, donde el cerebro humano no puede procesar ni diferenciar una cosa de la otra, o peor aún, creer y afirmar cualquier información obtenida de una inteligencia artificial. Esto puede dañar campos importantes como la realidad nacional, la democracia, la política, la economía, la cultura o la ciencia.
El embotamiento tecnológico nos pasa la factura: cuanto más conocimiento existe al alcance de la mano, más lo mal empleamos muchas veces en entretenimientos sin importancia. Nos encontramos distraídos delante del conocimiento, cayendo en niveles de ignorancia profundos. Es aquí donde la inteligencia artificial debe ser herramienta y no un juguete electrónico o un consultor para sustituir nuestra propia opinión y criterio; por eso se convierte en un peligro en manos equivocadas cuando no se tiene responsabilidad en su uso.
Delante de esta encrucijada de información y desinformación es donde debemos apostar por volver al uso de nuestra propia capacidad de pensar.
Es importante considerar el discernimiento, con conocimientos previos de otras fuentes, antes de confiar en la IA ciegamente, ya que esta cuenta con datos imprecisos e información totalmente falsa, en revistas y artículos que no pueden ser fiables.
El gran G. K. Chesterton decía que “la tragedia de lo moderno es que nos ha dejado peligrosamente ignorantes”. Hemos creado inteligencias que sustituyen la nuestra; estamos dejando que piensen por nosotros mismos. Es necesario volver al uso del sentido común, a conocimientos básicos y generales en nuestras escuelas y colegios; la realidad nacional y el mundo nos lo exigen. Es necesario que las personas volvamos a pensar, un ejercicio que cada vez parece ser más desafiante.
La lectura, el análisis, la formación de pensamiento crítico, incluso volviendo a métodos tradicionales de enseñanza, pueden ser una apuesta para buscar redireccionar la educación nacional y los retos tecnológicos que la acompañan. Debemos volver a recordar lo que ya sabemos; el interés y la curiosidad por el saber deben ser incentivos que vuelvan a las aulas. El escritor español Antonio Gala, casi con voz profética, nos lo advertía hace más de 30 años: “cualquier persona, apretando una tecla, sabrá enseguida quién es Velázquez, quién es Goya, quién es Cervantes. Pero yo me temo que esa persona no sienta la menor necesidad de saber quién es Goya, quién es Velázquez y quién Cervantes, y no apriete la tecla”.
Josué Arias Hernández
Profesor de primaria





































