Ricardo Trujillo Molina MScEE
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Estamos siendo testigos del triste final de lo que fue la república libre e independiente de UCRANIA, no a causa de la invasión rusa al DONBASS o región este del país, sino como resultado de su retorno a las políticas de limpieza racial, étnica y lingüística del casi olvidado nacionalsocialismo hitleriano.
Al respecto, el presidente de Rusia, VLADIMIR PUTIN, se expresó muy claramente en junio del 2024 ante una rueda de periodistas occidentales reunidos en San Petersburgo: “el inicio de la «tragedia ucraniana» no es «la operación militar especial» rusa, sino que estuvo en el golpe de Estado que se produjo en aquel país en 2014 y en la negativa posterior de Londres y Washington a aceptar un principio de acuerdo basado en un estatuto de neutralidad para Ucrania”.
El más atinado enfoque que he leído en torno al estado actual de la guerra en Ucrania es la tesis publicada por el instituto español LISA, el cual está sustentado en los análisis de Noam Chomsky y Jeffrey Sachs.
La guerra de Ucrania es, en esencia, un proxy que Washington está utilizando para terminar con aquello que dejó inacabado en 1945, cuando subordinó a Europa a sus intereses, consolidándolos como sus Estados satélites, ya que, al fin y al cabo, el proceso de integración europea fue tutelado por Washington. Del mismo modo, quiere enmendar su error y derrotar a Rusia definitivamente para que no se pueda volver a levantar, enmendando el error de 1991, cuando cayó la URSS. Todos los argumentos anteriores tienden a confirmar la hipótesis de que el objetivo principal de Washington no es ayudar a Ucrania, sino debilitar a la UE y Rusia para centrarse en su verdadero objetivo: frenar y contener el ascenso de China.
Y es que, hasta hace una década, el eje económico ruso-europeo se perfilaba como un potencial poder mundial, al complementarse los recursos energéticos rusos con los avances tecnológicos y capital europeos.
Hoy en día, los EE. UU. no han perdido un solo soldado en la guerra de Ucrania y, al contrario, han salido ganando con el fortalecido complejo militar-industrial al obligar a la Unión Europea a incrementar su presupuesto en armamento al 5 % del PIB, y a su economía al imponerle un 15 % de arancel a las exportaciones de la UE a los EE. UU.; a Ucrania, al obligarla a pagar con tierras raras toda la asistencia militar; así como a beneficiarse del enorme negocio de venderle a la UE gas natural a cinco veces el costo que estos estaban pagando por el gas ruso.
No hay duda alguna de que se acerca el fin de lo que fue una próspera nación, desde finales de la Segunda Guerra Mundial bajo la conducción del socialismo ruso, continuó con su separación de la URSS, a pesar de su estado cleptocrático y corrupto administrativamente, hasta que se dio el golpe de Estado conocido como la revuelta del MAIDÁN. A partir de ese cambio de régimen, la UCRANIA independiente y neutral, ubicada geográficamente entre la gran potencia de la Rusia actual y el occidente de la Unión Europea, comenzó su fatídica y acelerada marcha hacia su autodestrucción y sometimiento a los intereses capitalistas de los consorcios euro-estadounidenses.
Y digo que UCRANIA ha sido un gran país con un enorme desarrollo social e industrial, ya que no se puede negar por lo que a diario vemos en la televisión, que nos muestra su gran avance industrial y habitacional en sus grandes urbes como son KIEV, MARIÚPOL, KHERSON, ZAPORIYIA, JÁRKOV, DONETSK, ODESA, etc.
También hemos sido testigos de su injustificada y sorprendente militarización, no para defenderse de BIELORRUSIA, POLONIA, HUNGRÍA, RUMANÍA, MOLDAVIA, países con los cuales comparte fronteras, sino para llegar a ser miembro pleno de la alianza militar conocida como la OTAN, la cual fue creada para combatir a la triunfante Rusia socialista sobre el fascismo y nacionalsocialismo hitleriano que dominó a Europa desde 1939, y de sus logros atómicos y armamentistas de las décadas posteriores.
Con la disolución de la URSS en 1992, Ucrania se convirtió en un Estado independiente y neutral ante el conflicto entre el capitalismo y el socialismo que imperó durante toda la Guerra Fría. Y para demostrar su neutralidad, entregó todo su arsenal de bombas atómicas a la Rusia heredera del poderío militar de la URSS.
Y allí comenzó el inusual y acelerado desarrollo de una sociedad que durante casi toda su historia había estado sometida a imperios europeos como el de la comunidad polaco-lituana, al austrohúngaro, al comunista del Kremlin, al nazi de Berlín y de nuevo al socialista de Moscú. Es por lo anterior que grandes sectores de su población todavía hablan húngaro, polaco, ruso y alemán. La inmensidad de su territorio ha permitido la coexistencia de todas esas culturas y de sus lenguas.
La verdadera independencia de UCRANIA de los imperios europeos se obtuvo gracias a las épicas batallas libradas por los millones de soldados del Ejército Rojo de la URSS contra la Wehrmacht alemana, en especial la defensa de Kiev en 1941, sitiada por casi dos meses, con la muerte de 100 000 soldados rusos, la rendición de 650 000 soldados rusos hechos prisioneros, el cruce del río Dniéper desde agosto hasta diciembre de 1943 con cerca de 300 000 soldados muertos y un millón de heridos y la liberación de KIEV nuevamente a inicios de 1944.
Es inconcebible que el nacionalismo ucraniano, a partir del Maidán, no recuerde ni agradezca esas sangrientas batallas libradas por el Ejército Rojo de la URSS y se haya enfocado históricamente solamente en el corto periodo del REICHSKOMMISSARIAT controlado por los nazis y liderado por el colaboracionista Stepán Bandera.
La guerra en Ucrania le ha significado a ese país la pérdida de más de un millón de bajas entre muertos y heridos, así como la diáspora de 6 millones de sus jóvenes refugiados en los países europeos de occidente, con el propósito de evadir el reclutamiento militar obligatorio y terminar muriendo en una guerra a causa de un mal concebido ultranacionalismo antirruso.
Lo que ocurre en Ucrania es algo similar a lo que ocurriría si en Costa Rica decidiéramos expulsar con violencia a los norteamericanos residentes y enfrentar las consecuencias de un reclamo diplomático seguido de una eventual invasión de los EE. UU., en respuesta a una acelerada compra de armamento chino, olvidando deliberadamente más de un siglo de buenas relaciones culturales y comerciales con el país del norte.





































