En el mundo contemporáneo, el poder ya no se ejerce exclusivamente a través de la fuerza militar o la ocupación territorial.
Hoy, la influencia global se disputa en espacios menos visibles: las plataformas digitales, los medios de comunicación y las redes sociales.
En ese terreno, la desinformación se ha convertido en una herramienta clave para actores estatales y no estatales, capaces de moldear percepciones, alterar el debate público y afectar la estabilidad institucional sin necesidad de cruzar una frontera.
Centroamérica, con sus características políticas, sociales y económicas particulares, no escapa a estas dinámicas.
Por el contrario, su fragilidad institucional, las limitaciones en acceso a información veraz y la polarización ideológica hacen de la región un terreno fértil para la circulación de narrativas intencionadas que pueden afectar la toma de decisiones públicas, la confianza ciudadana y la cohesión social.
Uno de los enfoques que busca explicar estas nuevas formas de influencia es la llamada “Doctrina Guerásimov”, que plantea que los medios no militares —como la propaganda, la manipulación informativa y las operaciones psicológicas— pueden ser incluso más efectivos que la fuerza armada para alcanzar objetivos estratégicos.
Esta doctrina no responde necesariamente a un país o ideología específica, sino a una lógica global de competencia geopolítica que ha sido utilizada por diversos actores a lo largo del tiempo.
En esta lógica, eventos como elecciones, reformas institucionales, protestas sociales o decisiones judiciales pueden convertirse en blancos de campañas de desinformación.
El objetivo no es necesariamente imponer una narrativa única, sino generar confusión, erosionar la confianza en los procesos democráticos y debilitar a los adversarios, sean estos gobiernos, partidos, movimientos sociales o actores internacionales.
En Centroamérica, se han documentado acciones informativas que responden a ese patrón. Personas que se presentan como comunicadores, expertos o activistas impulsan contenidos que, más allá de su veracidad puntual, se insertan en narrativas más amplias destinadas a dividir, desacreditar o polarizar.
Esto puede observarse tanto en medios alternativos como en espacios institucionales, sin distinción de ideología o procedencia.
La desinformación no actúa sola. Se apoya en contextos donde el acceso a la educación crítica es limitado, donde los medios de comunicación tradicionales enfrentan dificultades económicas o presiones políticas, y donde las redes sociales se han convertido en la fuente principal de información para amplios sectores de la población.
En esos espacios, la repetición constante de ciertos mensajes, la apelación emocional, la descontextualización de hechos o la presentación parcial de datos generan efectos duraderos, incluso si luego se demuestra su falsedad.
El problema de fondo no es solo qué se dice, sino cómo, cuándo y con qué propósito. Y es ahí donde el fenómeno exige ser abordado con responsabilidad.
Señalar su existencia no implica acusar a un país específico ni atribuir todas las crisis internas a factores externos.
Es, más bien, una invitación a reconocer que la disputa informativa es real, que afecta la calidad democrática, que requiere respuestas institucionales y ciudadanas.
Es fundamental que los Estados fortalezcan sus sistemas educativos en habilidades de pensamiento crítico y alfabetización mediática. Que se garantice el acceso a información pública transparente.
Que los medios ejerzan su labor con rigor profesional, independencia y verificación. Y que la ciudadanía desarrolle una actitud activa, reflexiva frente a los contenidos que consume y comparte.
La desinformación no es un fenómeno exclusivo de una potencia ni de una región.
Es una herramienta que se ha globalizado, utilizada por distintos intereses para consolidar poder, defender agendas o interferir en procesos ajenos.
Por eso, mantener una postura neutral y crítica frente a estas prácticas es un deber ético del periodismo y una necesidad para el fortalecimiento democrático.
En un tiempo donde la verdad puede ser manipulada en segundos y viralizada sin control, la defensa de una información verificada, contextualizada y responsable es quizás el mejor escudo que tiene Centroamérica —y el mundo— frente a los nuevos modos de intervención silenciosa
Por: Alberto Cabezas
Secretario de Relaciones Internacionales de la Confederación Unitaria de trabajadores





































