Hay que reconocer el talento artístico de quienes nos gobiernan. Pocas veces en la historia económica nacional se había visto un acto de ilusionismo tan refinado: convertir una recesión de bolsillo en un triunfo estadístico digno de aplauso internacional.
Según los reportes oficiales, vivimos en una sucursal del primer mundo, donde la inflación es una anécdota y los grandes indicadores macroeconómicos hacen fila para recibir una medalla al mérito. Qué alivio saber que los números están tan saludables, aunque al pobre colón le cueste tanto llegar al súper a final de mes.
Parece que en Costa Rica la economía decidió dividirse en dos realidades paralelas. Por un lado, solía correr sin freno el tren bala de las zonas francas y la manufactura avanzada, un supuesto mundo feliz donde todo marchaba a toda máquina.
Sin embargo, hasta ese motor empezó a toser recientemente, enfrentando una notable desaceleración, recortes de planilla y ajustes de personal que disipan el espejismo de la inmunidad total.
Por el otro, transitamos los mortales comunes: el mercado local, el comercio tradicional y las familias que miran con cara de misterio cómo la macroeconomía aplaude mientras la microeconomía hace malabares para pagar la quincena.
Pero si hay una obra cumbre en este repertorio de magia financiera, es, sin duda, el fenómeno del tipo de cambio. ¡Qué bendición tan inmensa nos han regalado con un dólar por los suelos!
Ver la divisa estadounidense deprimida es, según nos explican los genios de la ortodoxia, una prueba irrefutable de nuestra inmensa solidez.
Los exportadores tradicionales —agricultores, ganaderos, hoteleros y artesanos— deben estar sumamente agradecidos. Al fin y al cabo, ¿qué importa si producir en Costa Rica se ha vuelto un lujo asiático y si competir contra las importaciones es una misión suicida?
¡A quién le importan los empleos rurales o las costas vacías si el gráfico del Banco Central se ve tan estético!
El chiste se cuenta solo: nos vendieron la idea de que tener un dólar barato era el tiquete dorado para el abaratamiento universal. Y las familias, en su infinita inocencia, aplaudieron...
Justo antes de enterarse de que los servicios básicos, los alquileres y los alimentos del mercado local ignoran por completo los discursos oficiales y siguen subiendo con una alegría loable. Claro, tener un dólar débil es comodísimo, al menos para los que no tienen que cambiar colones para comer.
Hagamos un poco de memoria. ¿Se acuerdan de aquellas épocas electorales en las que llovían decretos mágicos para bajar el costo de la vida de un plumazo —las famosas Rutas del Arroz y de la Salud, para dar solo un par de ejemplos—, acabar con los monopolios y desinflar las tarifas con solo firmar un papel?
Qué tiempos aquellos. Hoy, la realidad institucional se encargó de recordarnos que los decretos milagrosos no llenan la olla de carne.
Mientras tanto, nuestras queridas pymes, ese tierno ejército de pequeños empresarios que sostiene el empleo de barrio, disfrutan de un trato sumamente considerado.
Sin alivios reales en las cargas sociales, con tasas de interés que se tomaron su tiempo —y un poco más— para bajar y con un tipo de cambio que los empuja cariñosamente hacia la quiebra, los emprendedores locales demuestran una resiliencia a toda prueba.
¡Qué manera tan creativa de apoyar al productor nacional: ahorcándolo despacito para que no sufra tanto!
Costa Rica no necesita más discursos estridentes ni conferencias de prensa en las que se confunda el optimismo personal con la salud financiera de un país.
Es fascinante ver cómo se celebra un superávit de postal mientras el ciudadano de a pie descubre que la única forma de que los números cierren es dejando de gastar en cosas tan superfluas como la comida o la luz.
Tal vez sea hora de recordar que la economía no es un concurso de popularidad en redes sociales ni se gobierna a punta de gráficos bonitos que ignoran la bulla del mercado (y del pueblo).
Porque cuando el espejismo cambiario se disipe y los aplausos de la galería se apaguen, lo único que va a quedar sobre la mesa es la factura de un modelo que brilló en el papel mientras se le olvidaba el país real.





































