Recuerdo como si fuera hoy el anuncio de Apple “Piensa Diferente”, el anuncio que inicia con una invitación: esto es para los locos. Cuando pienso en Apple, recuerdo como Steve Jobs, cofundador de la empresa de la manzana mordida, incluyó el pensamiento divergente en los negocios.
Con la llegada de la Inteligencia Artificial, los nuevos modelos de negocio y el constante cambio en el comportamiento del consumidor, me pregunto: ¿los profesionales debemos cultivar el pensamiento divergente?
De acuerdo con la revista Harvard Business Review, las empresas que fomentan la creatividad en sus equipos registran un 17% más de productividad y un 21% más de rentabilidad.
No se trata solo de tener buenas ideas, sino de conectar puntos aparentemente inconexos para crear soluciones únicas. Esa capacidad —pensar fuera del marco tradicional— es lo que distingue a los líderes que transforman industrias de los que solo las administran.
Entonces, la respuesta a la pregunta inicial es: sí. Acá te sito tres ejemplos claros.
Steve Jobs entendió esa lógica antes que nadie. Mientras la industria tecnológica apostaba por computadoras funcionales, él visualizó el diseño como una extensión de la experiencia humana. El iPhone no fue un teléfono, fue un símbolo cultural que redefinió cómo nos comunicamos. Jobs no preguntó qué quería el mercado, lo reinventó.
Bill Gates, en cambio, ejemplifica la divergencia desde el pragmatismo. Microsoft no inventó el software, pero lo hizo accesible y escalable. Gates comprendió que el futuro no estaba en vender máquinas, sino en distribuir inteligencia. Su visión estratégica convirtió a Microsoft en el sistema operativo del mundo empresarial.
El tercer ejemplo que encontré es Jack Dorsey, cofundador de Twitter y Square, otro caso paradigmático. En un entorno donde las redes sociales eran plataformas de ocio, él entendió su potencial como canal político, económico y social. Dorsey no solo creó una red, sino un ecosistema de conversación global en tiempo real. Su apuesta divergente redefinió el rol de la información en la democracia moderna.
Hoy, la divergencia intelectual es más relevante que nunca. La inteligencia artificial, la automatización y los cambios generacionales están transformando los cimientos del liderazgo. Los profesionales que piensan distinto —que combinan intuición con análisis, creatividad con ejecución— serán los que dejarán huella. En un entorno saturado de información, la originalidad es el nuevo capital.
Según McKinsey & Company, el 70% de las transformaciones corporativas fracasan porque las organizaciones no logran modificar sus modelos mentales. No basta con capacitar, hay que inspirar. No basta con innovar, hay que cuestionar.
El pensamiento divergente es, en esencia, la resistencia contra la mediocridad estructurada o el estado de conformismo. Es el acto de atreverse a decir “¿y si lo hacemos distinto?”. Y, en tiempos donde la disrupción es la norma, quienes no se atrevan a pensar diferente simplemente serán reemplazados por quienes sí lo hagan.
Cristian Leandro





































