En las últimas semanas, el término “Therians” ha ganado protagonismo en redes sociales y espacios de opinión. Figuras nacionales como Pandora y Darwin Mesén han comentado el tema, algunos desde un tono burlista (porque la escena se presta) y otros con genuina inquietud sobre las implicaciones culturales que esta tendencia podría tener, especialmente por su conexión con el progresismo, la nueva izquierda y la llamada agenda woke.
El wokismo se presenta como una corriente que busca combatir distintas formas de injusticia social: racismo, desigualdad de género y el colectivismo de la comunidad LGBTI. Sin embargo, su planteamiento central va más allá: propone que la identidad no dependa de la biología ni de parámetros objetivos o lógicos, sino exclusivamente de la percepción individual. Bajo esa lógica, la identidad deja de estar anclada a la naturaleza y pasa a depender de cómo cada persona decide definirse, esperando que la sociedad no solo respete, sino valide activamente esa autodefinición, dejando de lado el sentido común.
En ese marco aparecen los “Therians”, personas que afirman identificarse, parcial o totalmente, como animales/humanos. El punto no es simplemente la vivencia individual de quienes se perciben así, sino lo que ocurre cuando esa percepción busca reconocimiento institucional, respaldo legal o adaptación social obligatoria.
Agustín Laje mencionaba varios testimonios ocurridos en Inglaterra, situaciones donde, si la persona era mujer y se auto percibía hombre, era una falta de respeto referirse hacia esa persona como él o ella (he/she), siendo este su sexo biológico. Se sancionaba con prisión de hasta seis meses si no se le refería con su percepción a la persona. Una completa distorsión de la realidad.
No se trata de ridiculizar a nadie ni de convertir el asunto en un meme pasajero. El verdadero debate es más profundo. Cuando la identidad se convierte en un territorio sin límites claros, donde toda autopercepción exige aceptación inmediata y sin cuestionamientos, los consensos básicos que permiten la convivencia comienzan a erosionarse. Lo que hoy muchos ven como algo anecdótico podría mañana formar parte de discusiones legislativas o educativas. La historia demuestra que las sociedades que pierden claridad sobre sus fundamentos terminan enfrentando tensiones mayores.
Hay ejemplos claros, por ejemplo, el actual nefasto presidente Gustavo Petro y la defensa de las ideologías woke y de izquierda. Charlotte Schneider, quien es un hombre trans, ha sido nombrado en varios puestos en la administración de Petro. En agosto del 2025 asumió el cargo, llegando a ser viceministro para la Mujer. ¿Cómo un hombre es nombrado en ese puesto si nunca entenderá las necesidades de las mujeres? Si ya es un ministerio que fracasó en sus objetivos, menos ayudará un trans como cabeza del ministerio.
En este contexto, no sorprende que sectores de la Asamblea Legislativa asuman la defensa de estas corrientes bajo el discurso de la “inclusión”. El Frente Amplio, por ejemplo, ha promovido en el pasado iniciativas alineadas con agendas progresistas internacionales: propuestas relacionadas con cambios de identidad de género en menores de edad, que la CCSS asuma esas operaciones y procesos de “cambios de género”, posiciones contrarias a reformas como la Ley 4×3, oposición a endurecer penas frente al sicariato bajo argumentos de derechos humanos y simpatías ideológicas con regímenes como el de Nicolás Maduro.
Para una parte significativa de la ciudadanía, estos antecedentes no son hechos aislados, sino manifestaciones de una visión de sociedad que cuestiona pilares tradicionales como la familia, la autoridad, la propiedad privada, la comprensión biológica del ser humano y el diseño de Dios, un diseño de orden y correcto.
El fondo del asunto no es la burla ni el alarmismo. Es la normalización gradual de ideas que cambian la línea entre realidad objetiva y percepción subjetiva. Cuando todo se redefine como identidad y nada permanece como naturaleza, la sociedad pierde puntos de referencia compartidos. Y sin esos referentes comunes, el pensamiento crítico y la racionalidad se debilitan. Estos movimientos pretenden crear hombres débiles, y hombres débiles crean tiempos difíciles.
Imaginemos una escena cotidiana en el Parque Metropolitano La Sabana: familias paseando, niños corriendo, adultos mayores conversando bajo los árboles. De repente, un grupo de personas se desplaza en cuatro patas con máscaras de animales, exigiendo ser reconocidas como tales. Más allá de la impresión inicial, surge una pregunta legítima: ¿cómo interpreta un niño esa escena? ¿Qué marco explicativo recibe cuando conceptos básicos de biología y lógica se presentan como simples opiniones intercambiables? ¿Por su autopercepción es normal que muerdan a una persona y que simplemente lo aceptemos? ¿A ese nivel de ridiculez hemos llegado?
La batalla cultural de fondo
Lo que vivimos no es un debate superficial en redes sociales; es una batalla cultural profunda. Una confrontación entre dos visiones de mundo: una que sostiene que la verdad, la naturaleza humana y la familia son pilares objetivos que deben protegerse; y otra que afirma que toda estructura puede deconstruirse en nombre de la autonomía y la autopercepción individual. Esta disputa no se libra solo en el ámbito político, sino en las aulas, en los medios de comunicación, en las leyes y en la conversación cotidiana.
Un llamado a la reflexión
Costa Rica enfrenta retos urgentes: seguridad ciudadana, generación de empleo, calidad educativa… En medio de esas prioridades, el país necesita debates serios y centrados en el bien común. Defender principios no implica odio ni exclusión; significa resguardar aquello que ha dado cohesión y estabilidad a nuestra nación.
Que nuestras decisiones públicas estén guiadas por prudencia y responsabilidad. Que no perdamos de vista la verdad ni el coraje para sostener nuestras convicciones. Y que el futuro de Costa Rica se construya sobre los valores que durante generaciones han servido de base: fe, patria, familia y libertad. ¡Dios bendiga Costa Rica!
Lic. Andrés Castillo Duarte. Asesor Político y Presidente LOJ.





































