En una época en la que podemos contactar a miles de personas con un solo clic, quizá estamos olvidando una de las formas más simples y poderosas de conectar con alguien: sentarse, conversar y tomarse algo juntos.
En mis últimos tres artículos me enfoqué bastante en algo artificial: la IA. Esta vez quería cambiar un poco el rumbo y hablar de algo mucho más humano: sentarse, conversar, escuchar y conectar con otras personas. Y para hacerlo, voy a usar una de mis excusas favoritas: una taza de café.
La historia del café combina leyenda, comercio y encuentro entre culturas. Aunque la planta tiene sus raíces en Etiopía, fue en Yemen y la península arábiga donde, entre los siglos XV y XVI, empezó a cultivarse y prepararse como la bebida que conocemos hoy. Desde ahí se extendió por la región y, con ella, surgieron las primeras casas de café: lugares para conversar, intercambiar ideas y hacer negocios. Desde sus orígenes, el café no fue solamente una bebida; fue también un espacio de encuentro.
Siglos después, el café encontró en Costa Rica una segunda casa. Desde inicios del siglo XIX forma parte de nuestra economía, nuestro paisaje y nuestra identidad. Está en las montañas, en las historias familiares, en la cocina de nuestras casas y en esa frase tan tica: “¿Quiere un cafecito?”. Pero su verdadero valor va mucho más allá de lo que produce o representa económicamente. El café no solo se cultiva o se exporta: se sirve, se comparte y abre conversaciones.
Curiosamente, el café también terminó conectando dos etapas muy distintas de mi propia vida. Nací y crecí en un país cafetero como Costa Rica y, años después, tuve la oportunidad de vivir y trabajar casi nueve años en Qatar, un país árabe donde el café también ocupa un lugar muy especial.
Una de las cosas más importantes que aprendí en Qatar fue justamente el valor de sentarse, tomarse un café y conversar. Tanto en lo personal como en lo profesional, ese momento va mucho más allá de la bebida. A veces la línea entre ambos mundos se vuelve tan delgada que prácticamente desaparece.
Y no es casualidad. En 2015, la UNESCO inscribió el café árabe, símbolo de generosidad, en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, a partir de una candidatura presentada por Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Omán. Más que por la bebida en sí, por lo que representa: generosidad, hospitalidad y encuentro.
Al principio me costó entenderlo. Yo había trabajado en entornos donde el trabajo era trabajo y lo personal era personal. Las reuniones tenían una agenda y un objetivo concreto. Se hablaba del proyecto, el presupuesto, los plazos y los resultados. Todo lo demás parecía secundario.
En Qatar aprendí otra forma de construir relaciones. Antes de hablar del negocio, había que conocer a la persona. Hablar de la familia, de la vida, de lo que uno pensaba y de lo que le preocupaba. No era perder el tiempo ni evitar la conversación profesional. Era construir la confianza necesaria para que esa conversación tuviera sentido.
Ahí entendí que los negocios no se construyen únicamente desde el negocio mismo, sino también desde las relaciones personales que los sostienen. Una propuesta puede ser excelente y un contrato estar perfectamente redactado, pero si no existe confianza entre las personas, todo se vuelve más frágil.
Una taza de café crea un espacio diferente. Baja las defensas, rompe formalidades y permite escuchar. Ahí aparecen ideas, colaboraciones y oportunidades que difícilmente surgen en una solicitud automática o en una reunión llena de “slides”.
Desde que regresé a Costa Rica, después de casi una década fuera del país, entendí que necesitaba volver a conocer el lugar al que estaba regresando. No solo reencontrarme con personas que ya conocía, sino también acercarme a quienes hoy están haciendo cosas interesantes, construyendo proyectos, moviendo ideas y aportando desde distintos espacios.
Podía pasar horas haciendo scroll en LinkedIn, leyendo perfiles, publicaciones y trayectorias. Pero poco a poco me di cuenta de que eso me daba información, no necesariamente contexto. Así que empecé a hacer algo mucho más simple: escribirle a personas que me parecían interesantes e invitarlas a conversar.
No necesariamente para pedirles algo. Muchas veces simplemente para conocerlas, escuchar lo que están haciendo, entender cómo ven Costa Rica hoy y aprender de su experiencia. Después de tantos años fuera, esas conversaciones se han convertido en una manera de reconectarme con el ecosistema, buscar guía y, sobre todo, ir formando mi propio criterio sobre esta nueva etapa de mi vida en el país.
Y sí, muchas veces hay que tocar muchas puertas para que algunas se abran. Pero esas conversaciones, incluso cuando no llevan a nada inmediato, pueden dejar algo importante: una idea, una perspectiva, una conexión o una nueva forma de ver las cosas.
Esta idea se vuelve todavía más importante en un momento en el que la tecnología, especialmente la inteligencia artificial, está presente en prácticamente todo. Tenemos más herramientas que nunca para comunicarnos, pero corremos el riesgo de conversar cada vez menos. Podemos enviar cientos de mensajes, completar solicitudes en segundos y automatizar contactos, pero ninguna plataforma sustituye la experiencia de sentarse frente a otra persona, escucharla y dejar que la conversación tome un rumbo inesperado.
De una taza de café puede salir una buena conversación, una amistad, una colaboración, un trabajo, un proyecto o, por lo menos, un buen chiste. Para algunos será mejor un té; para otros, una birra. El medio puede cambiar según el contexto, pero la intención es la misma: crear un momento genuino de conexión.
Por eso, si estás buscando una oportunidad, ya sea laboral, profesional, personal o simplemente la posibilidad de aprender algo nuevo, no tengás miedo de invitar a alguien a tomarse un café, aunque todavía no lo conozcás bien. Es posible que no todas las invitaciones reciban respuesta y que algunas conversaciones no lleguen a ningún resultado concreto. No importa.
El verdadero poder de una taza de café no siempre está en obtener inmediatamente aquello que buscabas. Está en abrir un espacio para conocer, escuchar y dejarte conocer. En una época dominada por algoritmos, perfiles y solicitudes virtuales, ese gesto sencillo puede tener más impacto que pasar horas haciendo scroll esperando encontrar, detrás de una pantalla, algo que quizás solo aparece cuando dos personas se sientan a conversar.




































