Hay una frase que escuchamos con demasiada frecuencia cuando hablamos de educación: necesitamos más información.
Después de las conversaciones que hemos tenido estas semanas en Costa Rica, no estoy tan segura.
Información hay. Talento también. Hay universidades, instituciones con experiencia, empresas sofisticadas y personas que entienden que la inteligencia artificial está cambiando el trabajo mucho más rápido de lo que nuestros sistemas acostumbran cambiar.
Lo que empieza a preocuparme es otra cosa: la velocidad.
Los datos ayudan a entender por qué. Costa Rica tiene fortalezas que no debería minimizar. En PISA 2022 obtuvo 415 puntos en lectura, un resultado relativamente favorable en el contexto latinoamericano, aunque todavía distante del promedio OCDE. Pero en matemáticas alcanzó 385 puntos. Esa diferencia importa cuando hablamos de un país que apuesta por manufactura avanzada, tecnologías de información, inteligencia artificial y semiconductores.
Y la presión ya se siente. La OCDE ha advertido sobre el desajuste entre las capacidades que necesitan las empresas y las disponibles en el mercado laboral costarricense, particularmente en perfiles técnicos y STEM.
Hace unas semanas tuve la oportunidad de escuchar a 78 personas que, desde lugares muy distintos, participan en las decisiones sobre la educación superior costarricense. En Innkind FIEd Costa Rica trabajamos en diez mesas de co-creación; 67% de los participantes ocupaba posiciones de liderazgo universitario. Y salí de esas conversaciones con una sensación difícil de ignorar: Costa Rica sabe mucho más sobre lo que necesita cambiar de lo que a veces creemos.
Escuchamos hablar de profesores que necesitan nuevas capacidades frente a la IA; de universidades que necesitan utilizar mejor sus datos; de currículos que deben conversar más rápidamente con lo que ocurre en las empresas; de mayor articulación universidad-sector productivo; y de procesos de calidad y regulación que necesitan acompañar la innovación sin renunciar al rigor.
No son conclusiones definitivas. Tampoco deberían serlo.
Quizás hemos confundido durante demasiado tiempo tener un diagnóstico con estar listos para actuar. Y entre ambas cosas hay un paso fundamental: después de escuchar muchas voces, hay que atreverse a escoger el problema y probar respuestas. No discutirlas eternamente. Probarlas.
Es una lógica sencilla que en innovación conocemos como el doble diamante: descubrir, definir, experimentar y, solo después de observar evidencia, decidir qué merece escalar.
Creo que Costa Rica está exactamente en ese punto.
Ya escuchó. Tiene datos. Conoce muchas de sus brechas. Ahora necesita escoger dónde vale la pena intentar algo diferente.
Imaginemos que identificamos una competencia cuya demanda empresarial está creciendo. ¿Podrían universidades y empresas probar juntas una respuesta curricular en meses y medir si funciona? ¿Podría experimentarse una microcredencial antes de convertirla en una oferta mayor? ¿Podría seleccionarse un proceso de calidad y probar si los datos o la inteligencia artificial permiten hacerlo más ágil sin sacrificar sus estándares?
No estoy proponiendo experimentar irresponsablemente con la educación. Todo lo contrario. Estoy proponiendo experimentar de manera controlada antes de transformar sistemas completos.
Eso es lo valioso de un sandbox: crear un espacio seguro para probar, medir, corregir y aprender antes de escalar.
Y Costa Rica tiene una oportunidad extraordinaria para hacerlo ahora. No parte de una hoja en blanco. Tiene institucionalidad, conocimiento acumulado, empresas que compiten globalmente y un sistema de educación superior que reconoce buena parte de sus desafíos. Al mismo tiempo, su economía demanda capacidades cada vez más sofisticadas.
Esa combinación no estará disponible indefinidamente.
La inteligencia artificial no esperará el próximo ciclo curricular. Tampoco lo harán las empresas que necesitan talento ni los países que compiten por atraerlas.
Por eso quizás la pregunta país ya no sea qué educación superior necesita Costa Rica. Sobre eso comenzamos a tener bastante claridad.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿Qué está dispuesta Costa Rica a experimentar ahora para construirla?
Porque su próxima ventaja competitiva podría no ser solamente tener mejor talento, sino contar con un sistema capaz de aprender y transformarse más rápido que el mundo que intenta alcanzar.
Dra. Adriana Angarita





































