Al leer un artículo en un medio nacional, sobre la violencia que vivieron algunos exdiputados y funcionarios de este país, tengo que decirles que quedé impactada. Muchos podrían argumentar que esto es solo un "show", una exageración para desprestigiar al Gobierno en temas de seguridad. Sin embargo, lo que lamentablemente describe ese artículo sobre la violencia que hoy vivimos en nuestro país es nuestra dura realidad nacional. Hemos perdido el rumbo en lo que respecta a los valores y al respeto, principios que deberían ser universales. Se nos ha olvidado que nuestra misión es ser cada día mejores y dejar un legado positivo para los niños y adolescentes. Es por eso que seguiré escribiendo sobre los problemas que enfrenta Costa Rica en los últimos cinco años y sobre la herencia que les estamos dejando a las futuras generaciones.
Costa Rica, ha sido un país que durante décadas se erigió como un faro de paz y coexistencia, hoy enfrenta un alarmante aumento en la agresividad, la criminalidad y el narcotráfico. Este desafortunado cambio en nuestra realidad nos obliga a reflexionar sobre el legado que estamos dejando a las generaciones venideras. La tranquilidad que alguna vez definió a nuestra nación está amenazada, y es imperativo que nos preguntemos: ¿qué les estamos enseñando a nuestros niños y adolescentes? Insisto.
El incremento evidente de la violencia es una señal de alarma que no podemos desestimar. ¿Por qué los niños y adolescentes han dejado de jugar en las plazas y parques que antes eran espacios de encuentro y disfrute? La mayoría del tiempo lo dedican ahora a actividades en gimnasios, como si el ejercicio físico fuese la única forma de socializar. Pero, ¿a qué costo? Será ese “bicho” del miedo que nos persigue, y que se apoderado de los costarricenses. Si hacemos un poquito de memoria los gimnasios tampoco son tan seguros, el crimen por un ajusticiamiento en la provincia de Cartago.
Es fundamental reconocer que el tiempo que los más jóvenes dedican a la actividad física, frecuentemente en entornos controlados y aislados, se produce en medio del abandono de las interacciones familiares en espacios públicos. Este cambio en el comportamiento nos lleva a cuestionar el impacto de las nuevas tecnologías y del consumo de medios. Las redes sociales, los videojuegos y la televisión, que se han convertido en sustitutos inevitables de las experiencias comunitarias, están moldeando a una generación que, en muchos casos, prefiere cuidar de mascotas, peces y plantas como forma de compañía, en lugar de formar sus propias familias.
Este cambio en las preferencias y en la estructura familiar es alarmante. Nos enfrentamos a una posible desconexión emocional que podría resultar en una pérdida permanente de la calidez familiar, un valor fundamental que ha caracterizado a nuestros pueblos. Al priorizar la adopción de mascotas sobre la crianza de los propios hijos, estamos, sin pretenderlo, promoviendo un vacío afectivo que podría afectar la resiliencia y el compromiso social de las futuras generaciones.
No podemos pasar por alto la realidad que estamos construyendo. La falta de espacios seguros para que nuestros niños jueguen y se desarrollen en comunidad es preocupante. Un entorno propenso a la violencia y al narcotráfico no solo roba el presente a nuestros niños, sino que también priva a Costa Rica de un futuro prometedor. Este es un llamado urgente a todos los costarricenses. Hagamos Patria, defendamos y luchemos por la seguridad nacional, volvamos a la Costa Rica en donde todos caminábamos muy seguros.





































