La obra más extraordinaria que puede ofrecernos la naturaleza es el de un bello ser humano que, además, posee entendimiento.” John Ruskin
He terminado de leer con gran avidez la novela La ruta de su evasión, de nuestra gran escritora Yolanda Oreamuno. En definitiva, es una lectura que nos transforma y nos lleva a una reflexión profunda, tanto a hombres como a mujeres, sobre nuestras relaciones humanas, emocionales y deconstrucciones de género. Una obra vanguardista para un lejano y convulso 1949, que la llevó a ganar el premio a la mejor novela centroamericana. Es de lectura imprescindible. Así como sus otros ensayos y cuentos, de los que deberíamos preguntarnos por qué no los conocemos tanto, ¿hay algo que nos quieren ocultar? ¿Es acaso solo una parte conveniente de ella que nos han contado y mostrado?
Pero detrás de la obra está la autora, a quien resulta imposible encasillar. A Yolanda no se le puede definir; muchos de quienes han escrito sobre ella la califican de mito o de leyenda histórica, y en efecto lo es. Ella misma habló sobre su figura: “les dejo mi leyenda para que se distraigan, pero me vengo yo”.
Por eso lejos de todo lo que se sabe y se dice de ella, quiero escribir lo que ha significado para mí. La he escuchado, la he leído y he contemplado sus fotografías; como costarricense la añoro y la siento parte de mi identidad. Es hermosa —hablo de ella en presente—, un ser divino si bien representó en su momento aquel concurso de belleza «Señorita o Miss Costa Rica 1933»; es una coincidencia perfecta, porque su encanto no era solo físico: lo era, sobre todo, intelectual. Una mujer con visión de mundo, escritora, con facilidad de palabra. Inteligente y culta, solo imagino el placer de escucharla hablar en aquellos círculos elegantes de conversación josefinos donde transcurría la vida social y política de Costa Rica.
En tiempos de crisis y de erosión del pensamiento crítico en la educación y en el cuestionamiento ciudadano, hoy la propongo como referente de una voz disidente, racional y política, volcada a la búsqueda de la verdad y del conocimiento. Decir que estaba «adelantada a su época» se queda corto: en este presente también sería alguien fuera de serie. Yolanda es atemporal; pertenece a todos los tiempos. Algunos hoy la tildarían de «zurda» o comunista; la “tendrían identificada” como un perfil peligroso por el simple ejercicio de pensar, por su rebeldía y su falta de miedo ante los autoritarismos. Muy posiblemente intentarían silenciarla o condenarla de nuevo al exilio en virtud de su claridad de voz y pensamiento ante cualquier discurso amenazante de turno.
Hoy es justo hacer honor a su memoria. Tras terminar su novela, visité el lugar donde descansan sus restos en el Cementerio General de San José y dejé una flor, como se le lleva a un ser amado y cercano, un girasol como signo de admiración y luminosidad. Es necesario recordarle y que hoy nuestros estudiantes y maestros reconozcan su obra. El puente que une San José con Heredia lleva su nombre, aunque ella era demasiado grande para quedar relegada a una estructura vial. Tal vez ese puente funcione como metáfora: una distancia que une su legado con nuestro presente, “el tiempo que nos separa de lo que fuimos y nos empuja a lo que seremos”.
En La ruta de su evasión, Yolanda nos dejó una frase profunda: “Solo sufre quien no está dispuesto a reconocer la necesidad de sus derrotas”. Ya lo diría Camus: “se necesita más valor para vivir que para morir”. En el personaje de esa mujer que coloca ladrillo tras ladrillo para construir su hogar, hay mucho de Sísifo empujando su roca en busca de la felicidad; es la decisión consciente de elegir la lucha tenaz, aun en la adversidad.
Ante las múltiples situaciones de la vida, incluso en la desilusión de las políticas actuales, de la realidad nacional y en la incertidumbre del futuro de Costa Rica, cobran relación los versos del cantautor cubano Pablo Milanés en su canción ¨Yolanda¨, los cuales me resultan inevitables dedicárselos a Oreamuno:
“Si alguna vez me siento derrotado
y renuncio a ver el sol cada mañana…
miro tu cara y digo en la ventana:
Yolanda, eternamente Yolanda.”
Josué Arias Hernández, profesor





































