Por generaciones, el periódico sobre la mesa y el libro en la biblioteca fueron imágenes habituales de nuestra cultura . Hoy, esas escenas pierden terreno frente al celular.
La Encuesta Nacional de Cultura 2025 confirma una transformación que vemos en buses, cafeterías, universidades y hogares: el tico mira cada vez más una pantalla para informarse, entretenerse y leer.
El cambio más impresionante ocurre con los periódicos. Hace diez años, el 48,1% los leía; hoy apenas lo hace el 15,2%. Es una caída vertiginosa.
Los libros impresos sufren este desplome. Su lectura bajó del 38,7% al 29,6%; mientras, la lectura digital aumentó del 22,4% al 39,4% durante la década.
Evitemos el pesimismo, no es que el tico dejó de leer; el fenómeno es mucho más complejo. La lectura no desapareció, cambió el soporte.
Ahora leemos noticias en el teléfono, artículos enviados por WhatsApp, publicaciones en redes sociales, documentos electrónicos y libros digitales. Nunca habíamos tenido tanta información dentro del bolsillo.
El problema no consiste solo en cuánto leemos, sino en qué leemos, cómo lo hacemos y cuánto comprendemos de aquello que pasa diariamente frente a nuestros ojos.
Una persona puede permanecer varias horas mirando textos en una pantalla, y dedicar pocos minutos a una lectura profunda. Leer titulares, mensajes y publicaciones fragmentadas, no equivale a leer un libro.
Ese es uno de los grandes desafíos culturales de nuestro tiempo. La tecnología democratizó el acceso a la información, pero creó una competencia feroz por nuestra atención.
El crecimiento del “streaming” resulta revelador. En una década pasó del 29,7% al 60%. La televisión todavía alcanza al 83% de la población, y en todos los hogares hay un teléfono celular.
Tenemos una oferta gigantesca de entretenimiento. Netflix, YouTube, TikTok, Spotify y muchas otras plataformas compiten con los libros, los periódicos y hasta con nuestras conversaciones familiares por cada minuto disponible.
No deberíamos convertir esta discusión en una batalla entre el papel y las pantallas. Sería absurdo despreciar la lectura digital porque las nuevas generaciones prefieren un teléfono o una tableta.
Un buen libro conserva su capacidad de emocionarnos y hacernos pensar cuando aparece en una pantalla. El soporte cambia; la importancia de comprender, imaginar, cuestionar y reflexionar permanece intacta.
La encuesta de marras ofrece una noticia esperanzadora: la participación cultural aumentó del 70,7% al 88%; además, los costarricenses toman fotografías, graban videos, cantan, bailan y consumen más música nacional.
Eso demuestra que la cultura no está muriendo. Está cambiando sus formas de expresión, producción y consumo, impulsada por tecnologías que hace apenas una generación parecían extraordinarias.
Sería peligroso, eso sí, confundir mayor conectividad con mayor conocimiento. Tener internet no garantiza ciudadanos mejor informados, como poseer una biblioteca tampoco significa que alguien abra sus libros.
Costa Rica necesita convertir esa impresionante conectividad en una oportunidad educativa; si el 88% utiliza internet, allí deberían encontrarse también las bibliotecas, los escritores, las universidades, los medios y las instituciones culturales.
Hay otra preocupación. La caída de la lectura de periódicos revela una transformación profunda en nuestra relación con las noticias.
Cada vez más recibimos información mediante redes sociales y plataformas digitales; allí conviven periodismo profesional, rumores, propaganda, entretenimiento y falsedades.
Por eso, el pensamiento crítico, para distinguir “fake news”, es tan importante como aprender a leer.
Quizás debamos abandonar aquella imagen, según la cual un país culto está lleno de personas leyendo periódicos impresos, y cargando libros debajo del brazo.
El verdadero desafío es otro: conseguir que los costarricenses sigamos leyendo, independientemente del soporte, pero que leamos con profundidad, curiosidad, espíritu crítico y capacidad para comprender nuestra realidad.
Una sociedad puede cambiar el papel por la pantalla sin perder su cultura. Lo verdaderamente preocupante comenzaría cuando cambiemos la lectura por el simple acto de deslizar el dedo sobre una pantalla.





































