Costa Rica está viviendo un momento que no podemos dejar pasar en silencio. Una vez más, somos testigos de una situación tan alarmante como indignante: un diputado de la República ha hecho insinuaciones sexuales y comentarios obscenos hacia sus asesoras. No se trata de un hecho aislado ni de un "malentendido" que pueda minimizarse. Es la evidencia descarnada de un problema sistémico que corroe las bases mismas de nuestra democracia: la normalización del abuso de poder sobre las mujeres.
Basta ya. La inmunidad parlamentaria fue concebida para proteger el ejercicio libre y valiente de la representación política, no para blindar a quienes la ostentan de las consecuencias de sus propios abusos. Convertir ese privilegio en un escudo de impunidad es una traición al espíritu mismo de la democracia. Ser diputado, diputada, o cualquier figura pública no es un trofeo personal, es un mandato de servicio que exige, como mínimo, integridad, respeto y ejemplo.
Las mujeres de Costa Rica no hemos llegado hasta aquí por casualidad. Cada espacio que ocupamos hoy en la política, en la economía, en la vida pública, es fruto de generaciones de lucha, de resistencia y de un esfuerzo titánico contra estructuras que insistían en mantenernos al margen. No vamos a retroceder. No somos objetos decorativos, no somos moneda de cambio para el ego de nadie, y no toleraremos ser tocadas, humilladas o tratadas como inferiores por quien se supone debe representarnos con dignidad.
Lo más grave es que esto no es nada nuevo. Ya vimos la pasividad e inacción frente a abusos similares en administraciones anteriores, y en la pasada la Asamblea saliente, se llevó el trofeo de alcahuetería, y hoy, de nuevo, nos encontramos ante el mismo patrón repugnante. Si la Asamblea Legislativa vuelve a guardar silencio, si vuelve a mirar hacia otro lado, el mensaje que enviará a todo el país será devastador, que el respeto hacia las mujeres es negociable, NO, que la dignidad humana puede archivarse según convenga políticamente., NO. Eso es sencillamente inaceptable en cualquier democracia que se precie de serlo.
Este momento exige mucho más que indignación pasajera en redes sociales. Exige acción. Exige que la educación de nuestros niños y jóvenes no se limite a fórmulas matemáticas y fechas históricas, sino que incluya, con la misma seriedad, el respeto, la empatía y la igualdad como pilares de convivencia. Un país que no educa en el respeto está condenado a repetir estos episodios una y otra vez, generación tras generación.
Por eso, este no es un llamado enérgico y sin matices a todas las personas que ostentan cargos de inmunidad, ese privilegio no es un cheque en blanco para actuar sin consecuencias, no es una herramienta para ejercer violencia simbólica o real contra nadie. Este es un grito de enojo y reclamo de una mujer, que fue víctima de situaciones similares y comprometida con cada uno de las mujeres de este país. El cargo público no otorga superioridad moral ni impunidad; otorga responsabilidad. Y quienes lo olviden deben ser confrontados con firmeza, deben de ser juzgados con todo el peso de la ley y asumir sus consecuencias sin excepciones ni componendas políticas.
Costa Rica necesita, hoy más que nunca, una sociedad que no se quede callada. Necesitamos una ciudadanía organizada, instituciones valientes y una Asamblea Legislativa dispuesta a actuar con contundencia, no con comunicados ni seguir andándose con “paños tibios.”. Tenemos por segunda vez una mujer presidenta, tenemos una presidenta dirigiendo la Asamblea Legislativa, mayoría de mujeres en el Congreso. ¿y? Señoras ustedes pueden más que nadie darse su lugar y poner fin ante esta vulgaridad e irrespeto .
El respeto hacia las mujeres no es un tema secundario ni una moda pasajera, es un pilar innegociable de la democracia, de la justicia y de la convivencia social.
¡No más silencio! ¡No más impunidad disfrazada de inmunidad! Que nuestras voces —de mujeres, de hombres, de toda la sociedad costarricense— se unan en un solo clamor, vamos a exigir respeto, exigir sanciones reales, exigir un cambio contundente y verdadero. Costa Rica, es hora de avanzar. Es hora de demostrar que la dignidad de las mujeres no se negocia, no se posterga y no se olvida.



































