Juan Carlos Retana
Abogado, escritor y conferencista
Jcretana@thelawfirmcr.com
Hace poco revisé un dictamen jurídico redactado, en parte, con inteligencia artificial. Confieso que estaba impecable: preciso, bien argumentado, técnicamente correcto. Y, sin embargo, mientras lo leía, tuve una sensación que no logré ignorar: algo faltaba.
Había información. Había marco legal. Lo que casi no había era criterio. Y el criterio, lo he aprendido tras muchos años de ejercicio, no se encuentra en los códigos: es lo que permite leer lo que la norma no dice, comprender la historia humana que hay detrás de cada expediente y asumir, con nombre y firma, la responsabilidad de una decisión.
Aquella lectura me devolvió a una pregunta que me acompaña desde hace tiempo: ¿qué significa liderar cuando una máquina puede hacer, en segundos, buena parte de lo que a nosotros nos tomaba horas?
No escribo desde el temor. La inteligencia artificial redacta, analiza, identifica patrones y propone soluciones con una velocidad extraordinaria, y sería un error —y también una pequeña soberbia— desconocer las oportunidades que nos ofrece. Pero en medio de tanta eficiencia hay una línea delgada que debemos cuidar: no confundir capacidad con liderazgo.
Durante mucho tiempo asociamos la autoridad de un líder con lo que sabía y con su habilidad para dar respuestas. Hoy cualquier herramienta procesa más información de la que una persona podría reunir en toda su vida. Si el valor de quien dirige estuviera solo en saber, ya habría sido sustituido. La pregunta, entonces, es otra: ¿dónde reside verdaderamente ese valor?
Pensemos, por ejemplo, en una empresa que debe tomar una decisión difícil sobre su futuro. La inteligencia artificial puede proyectar escenarios, medir riesgos y recomendar el camino más eficiente. Lo que no puede es sentarse frente a un colaborador y explicarle por qué se tomó esa decisión. No puede mirar a los ojos a una familia afectada. No puede dar la cara. No puede pedir perdón.
En el mundo jurídico existe una expresión de enorme peso: dar fe. Quien da fe compromete su palabra y su nombre con lo que afirma. Ninguna máquina puede dar fe de nada. Y liderar, en el fondo, es precisamente eso: poner el nombre y la conciencia detrás de lo que se decide.
Desde mi experiencia, tanto en el ejercicio del Derecho como en las responsabilidades de liderazgo que la vida me ha confiado, he aprendido que las decisiones más complejas rara vez se resuelven solo con información. Requieren escuchar, interpretar lo que ningún informe recoge y encontrar, muchas veces en soledad, el equilibrio entre lo conveniente y lo correcto. No en vano «decidir» proviene del latín decidere: cortar. Toda decisión corta caminos, y alguien tiene que sostener el filo.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a ver mejor las alternativas, pero la responsabilidad ética de elegir sigue siendo nuestra. Depurar, cuestionar y corregir lo que una herramienta nos entrega es tarea humana, y no admite delegación. La rapidez nunca debería comprarse al precio de la calidad, ni la eficiencia a costa del discernimiento. Toda herramienta, por brillante que sea, necesita guía.
Por eso creo que el liderazgo que viene no será el de quien tenga más respuestas, sino el de quien sepa formular mejores preguntas. ¿Para qué tomamos esta decisión? ¿A quién beneficia y a quién podría herir? ¿Qué consecuencias estamos dispuestos a asumir? ¿Estamos eligiendo lo más eficiente o lo verdaderamente correcto? ¿Qué no estamos viendo?
Son preguntas que ninguna máquina debería responder en nuestro lugar.
Hay algo más, quizá lo más importante, que la velocidad de nuestro tiempo va desplazando sin hacer ruido: la capacidad de estar presentes. Un equipo necesita información y dirección, pero necesita, sobre todo, sentirse escuchado. Necesita líderes que sostengan las conversaciones difíciles, que reconozcan cuando no tienen todas las respuestas y que, aun así, inspiren confianza.
He llegado a convencerme de que el liderazgo, antes que una posición, es un llamado al servicio. Y servir exige presencia: estar, escuchar, acompañar. Eso no se programa.
La tecnología puede devolvernos tiempo. La verdadera pregunta es en qué lo vamos a invertir. Ojalá lo dediquemos a aquello que ningún algoritmo podrá sustituir: el criterio, la sensibilidad y la presencia.
No tengo dudas de que la inteligencia artificial seguirá transformando nuestras profesiones y organizaciones, y debemos aprender a usarla con sabiduría y responsabilidad. Pero no olvidemos lo esencial: las máquinas pueden pensar con nosotros; elegir sigue siendo un acto profundamente humano. Y en esa elección —en el valor de asumirla y en la conciencia de responder por ella— se juega, hoy como siempre, el verdadero legado de quien lidera.




































