La vulnerabilidad y dependencia energética de Costa Rica
Costa Rica tiene una necesidad imperativa de reducir su dependencia de los combustibles fósiles.
Durante años hemos construido una imagen internacional de Costa Rica como un país energéticamente renovable. Pero esa imagen es penosamente falsa. Ciertamente en el 2025, el 98,6 % de la electricidad generada en el país provino de fuentes renovables. Pero existe una diferencia fundamental entre la matriz eléctrica y la matriz energética total.
La matriz energética total engloba todos los tipos de energía que consumimos en el país y en esta, la realidad es muy diferente. Poco más del 70 % de la energía que consume Costa Rica proviene de combustibles fósiles. Es decir, podemos producir casi toda nuestra electricidad con agua, viento, geotermia, biomasa y sol, pero seguimos dependiendo masivamente del petróleo para mover personas y mercancías, para determinadas actividades industriales y para otros usos energéticos.
Esta es una de las grandes contradicciones de nuestro modelo energético, con una matriz energética total que nadie nunca diseñó.
No es de extrañar que el transporte sea el principal consumidor de combustibles fósiles. El 50 % del consumo de energía total está asociado al transporte terrestre. No hace falta ser científico ni economista para percibir sus consecuencias porque las vemos todos los días en las carreteras.
Ya no hay presas únicamente en la rotonda de Juan Pablo II o en La Galera. Las encontramos en Guardia, Huacas, Ciudad Quesada, San Isidro de El General, Jacó, San Ramón, Grecia y prácticamente en cualquier corredor importante del país.
Lento, ineficiente y desesperante, el transporte de personas y mercancías sigue siendo indispensable para la economía nacional. Y precisamente por eso nuestra dependencia de los hidrocarburos constituye también un problema de seguridad energética.
Costa Rica importa el 100 % de los combustibles terminados que consume, una dependencia que ocurre fuera de nuestras fronteras y que enciende todas las alarmas cuando se presenta una crisis como la que sucede ahora en el mundo con el abastecimiento de diésel.
Esta realidad significa que una parte fundamental y mayoritaria de la energía que mueve nuestra economía está sometida a factores que se originan fuera de nuestras fronteras y que no podemos controlar como lo son los precios internacionales, conflictos geopolíticos, decisiones de los grandes productores, capacidad de refinación, costos de transporte marítimo, tipo de cambio y perturbaciones logísticas.
La electricidad renovable nos proporciona una ventaja estratégica precisamente porque una parte sustancial de sus fuentes primarias se encuentra dentro de nuestro territorio. Los hidrocarburos, en cambio, debemos comprarlos afuera.
La primera vulnerabilidad es, por tanto, económica. Los hidrocarburos se compran en dólares y obligan al país a destinar divisas cada año para adquirirlos en el exterior. En 2024 la factura de hidrocarburos alcanzó aproximadamente US$2.287 millones; en 2025 fue de unos US$1.976 millones, equivalente a cerca del 1,9 % del PIB. No se trata de un problema menor.
Cada aumento significativo de los precios internacionales significa que el país debe destinar más recursos a comprar la misma cantidad de energía. Y el precio que finalmente paga el consumidor incorpora también las variaciones del tipo de cambio.
La metodología tarifaria de ARESEP incorpora, entre otros factores, los precios internacionales de los combustibles y el tipo de cambio. El mecanismo es casi siempre transparente y bien regulado, pero no elimina nuestra vulnerabilidad porque simplemente determina la forma en que las variaciones internacionales se transmiten al mercado nacional.
No hay manera de evitar el traslado de costos de la cadena. El transportista, el agricultor, el comerciante y finalmente el consumidor reciben el impacto a través de los costos de transporte, fletes y bienes y servicios.
El segundo riesgo es geopolítico. El petróleo es un mercado global y por eso, un conflicto que ocurra a miles de kilómetros de Costa Rica puede afectar el precio que pagamos aquí, aunque ningún barril destinado directamente a nuestro país haya sido interceptado. Los precios se afectan por oferta y demanda y varían, aunque la logística de nuestro abastecimiento no esté directamente relacionada con un eventual conflicto.
El estrecho de Ormuz es un ejemplo evidente. Por ese paso, situado entre Irán y Omán, circuló en 2024 un volumen de petróleo equivalente aproximadamente al 20 % del consumo mundial de líquidos petroleros. Una interrupción importante en esa ruta altera los precios internacionales en el mercado de todo el orbe, Costa Rica incluida por supuesto.
No necesitamos comprar directamente nuestro combustible en el golfo Pérsico para estar expuestos a lo que allá o en otras latitudes ocurra. El petróleo y sus derivados se comercializan en mercados internacionales y sus precios responden a la oferta, la demanda y las expectativas sobre ambas en las bolsas de Tokio, Shanghái, Londres, Nueva York y otras.
La lección es más que clara. Costa Rica no controla las variables fundamentales que determinan el costo de la porción más importante de la energía que consume.
También existe una vulnerabilidad física, material. Los productos petroleros deben llegar por vía marítima, descargarse en terminales portuarias, almacenarse y posteriormente distribuirse mediante la infraestructura nacional de combustibles.
RECOPE administra terminales, almacenamiento y el sistema de poliductos que permite trasladar los productos hacia distintos puntos del país. Este sistema ha demostrado capacidad para abastecer la demanda nacional en condiciones normales con una capacidad de almacenamiento relativamente pequeña, pero la dependencia de importaciones marítimas nos expone a fenómenos climáticos, interrupciones portuarias, problemas de transporte internacional y aumentos en los costos de flete.
A esto se suma otro elemento y es que Costa Rica no produce localmente los combustibles terminados que consume. La antigua refinería de RECOPE dejó de operar hace décadas y el país depende de la importación de productos terminados.
Una interrupción importante en una refinería internacional, una tormenta, un accidente, mantenimiento no programado, restricciones comerciales, ataques bélicos o una reducción de la capacidad disponible pueden alterar los precios y la disponibilidad de gasolina, diésel, combustible de aviación y otros derivados. Costa Rica puede diversificar proveedores y administrar inventarios, pero no puede decidir cuánto cuesta refinar un barril en los grandes centros mundiales de refinación.
La vulnerabilidad, una vez más, está fuera de nuestras fronteras.
Pagamos por la energía y asumimos sus costos asociados. Aquí aparece otra dimensión del problema.
En la cadena internacional de los hidrocarburos, las principales etapas —exploración, producción, transporte marítimo, refinación y comercialización internacional— ocurren fuera de Costa Rica. Nuestro país participa fundamentalmente como comprador de productos terminados. Somos el último eslabón en la cadena de valor y el punto donde se produce la mayor cantidad de polución de toda esa cadena. Se producen muchísimas veces más contaminantes donde se queman los hidrocarburos que donde se extraen y procesan.
El costo ambiental y sanitario es nuestro. El transporte basado en combustibles fósiles genera emisiones contaminantes y gases de efecto invernadero y constituye la mayor fuente de emisiones del sector energético nacional.
Por supuesto, dentro de Costa Rica existe actividad económica asociada a la importación, almacenamiento, transporte y distribución de combustibles. También existen impuestos, empleos y servicios relacionados con esta cadena. Pero el recurso energético primario no es nuestro y debemos pagar por él cada vez que lo consumimos.
Esto establece una diferencia fundamental con la electricidad generada utilizando recursos nacionales. Cuando Costa Rica produce electricidad mediante agua, viento, geotermia, biomasa o sol, una parte importante de la actividad económica asociada a esa generación permanece dentro de la economía nacional. En esta cadena de valor la fabricación de las celdas solares, los aerogeneradores y otros equipos se fabrican fuera del país, pero nosotros generamos la energía dentro de nuestras fronteras.
Con el petróleo ocurre lo contrario porque una parte sustancial del gasto sale del país para adquirir un producto que, una vez consumido, desaparece. Solo quedan en el país los impuestos que pagamos y pequeñas cantidades asociadas al transporte interno y distribución. Es la diferencia estratégica entre producir energía y comprar energía.
Costa Rica ha realizado enormes esfuerzos para descarbonizar su generación eléctrica. El resultado es notable porque casi toda nuestra electricidad se produce actualmente con fuentes renovables. Hemos avanzado mucho en descarbonizar la producción de electricidad -aunque a veces damos pasos hacia atrás con la generación térmica- que en transformar otros tipos de energía.
Y es precisamente allí donde se encuentra nuestra mayor oportunidad que es convertir la electricidad en una herramienta de seguridad energética
Costa Rica dispone de una ventaja que muchos países no tienen porque posee un sistema eléctrico predominantemente renovable y décadas de experiencia en generación hidroeléctrica, geotérmica, eólica, solar y de biomasa, con una red que alcanza el 98% del territorio nacional.
La cuestión estratégica es cómo utilizar esa ventaja para sustituir progresivamente los hidrocarburos importados.
La electrificación del transporte debe ocupar un lugar central. Vehículos particulares, autobuses, taxis, trenes y buena parte del transporte de mercancías pueden avanzar progresivamente hacia la electricidad. Pero electrificar el transporte no significa simplemente cambiar automóviles de gasolina por automóviles eléctricos. Exige infraestructura de recarga, modernización y ampliación de la red eléctrica, mayor capacidad de generación, fortalecimiento de la transmisión y suficiente capacidad firme para atender la nueva demanda.
También debemos reconocer que no todos los usos energéticos pueden electrificarse de la misma manera. Habrá sectores en los que la electrificación directa sea técnicamente difícil o económicamente inconveniente y que requerirán otras alternativas.
Por eso, la seguridad energética exige evaluar todas las fuentes disponibles y técnicamente viables, de acuerdo con su costo, confiabilidad, disponibilidad, impacto ambiental y capacidad para reducir nuestra dependencia de las importaciones.
Esto incluye, como lo he mencionado reiteradamente en mis presentaciones y en mis columnas, la posibilidad de aprovechar nuestros recursos de gas natural y la incorporación de la energía nuclear.
El gas natural podría constituir una fuente nacional adicional de energía y, eventualmente, un combustible de transición para aquellos usos en los que la electrificación directa resulte difícil o insuficiente. Su eventual explotación tendría que sustentarse en estudios rigurosos sobre la existencia y viabilidad económica de los recursos, así como en las condiciones ambientales y regulatorias correspondientes. En este sentido el Repositorio Nacional de Datos (RND) es un activo estratégico para esta energía porque contamos con datos de décadas de estudios en todo el territorio nacional.
La energía nuclear, por su parte, merece ser incorporada seriamente a la planificación energética de largo plazo. No solamente porque es una energía limpia por sus bajas emisiones durante la generación, sino por su capacidad de producir electricidad firme y continua, complementando las fuentes renovables variables y proporcionando energía para una economía progresivamente electrificada.
La incorporación de la energía nuclear no significa sustituir las fuentes renovables. Significa ampliar el conjunto de herramientas disponibles para garantizar que Costa Rica disponga de suficiente electricidad, de manera confiable y competitiva, a medida que electrifique el transporte, la industria y otros sectores actualmente dependientes de los hidrocarburos.
El punto de partida de nuestra política energética no debería ser la descarbonización. Debe ser la seguridad energética nacional. Aquí es donde nuestros políticos perdieron la brújula. Se deslumbraron con la moda de la descarbonización sin priorizar nuestra matriz energética y sin darle la debida importancia a la forma energética más adecuada y económica de impulsar la economía nacional de la mano con el sector productivo del país. Se abrazaron con los de afuera y les dieron la espalda a los nuestros, porque es más fácil brindar con champaña en reuniones en Europa que socarse la faja, arrollarse las mangas y ponerse a trabajar en diseñar y poner en práctica la matriz energética correcta. No pudieron ver que la descarbonización no es el punto de partida ni que la solución es hacer que hacemos, solo por quedar bien en el escenario mundial donde se aplauden entre ellos mismos.
La meta correcta es la seguridad y la independencia energética del país. La descarbonización es una consecuencia de eso.
Debemos tomar las decisiones correctas y oportunas para reducir, de manera imperativa y a la mayor velocidad técnicamente posible, nuestra dependencia de los combustibles fósiles importados.
Un país que depende de fuentes de energía que no produce, cuyos precios se determinan en mercados internacionales y cuya disponibilidad está condicionada por acontecimientos geopolíticos, logísticos y económicos que ocurren fuera de sus fronteras, está expuesto a altísimos riesgos que no puede controlar.
Por eso, la prioridad nacional debe ser sustituir lo antes posible la energía fósil importada por una combinación de fuentes energéticas producidas en el país o disponibles bajo condiciones de suministro confiables, seleccionadas con criterios técnicos, económicos y ambientales.
El criterio rector debe ser sencillo: reducir la dependencia de energía importada y aumentar la capacidad del país para producir y controlar su propia energía.
Si sustituimos gasolina y diésel por electricidad producida mediante fuentes renovables y nuclear, reduciremos simultáneamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Si en determinados usos sustituimos derivados del petróleo por gas natural producido nacionalmente, también podremos reducir parte de la dependencia de combustibles líquidos importados,
Pero el orden de prioridades importa. No debemos convertir la descarbonización en el objetivo rector de nuestra política energética. La prioridad debe ser la seguridad energética.
Primero debemos garantizar que Costa Rica tenga energía suficiente, confiable, competitiva y cada vez menos dependiente del exterior. La reducción de las emisiones será una consecuencia de esa transformación cuando las fuentes que sustituyan a los hidrocarburos sean de bajas emisiones. Es hora de demostrar que podemos transformar nuestro sistema energético completo.
El desafío de la próxima etapa no consiste solamente en producir electricidad limpia. Consiste en utilizar esa electricidad y las demás fuentes energéticas disponibles para sustituir los hidrocarburos que hoy compramos en el exterior.
Cada litro de gasolina o diésel que dejamos de importar reduce nuestra exposición a los precios internacionales. Reduce la salida de divisas. Reduce nuestra vulnerabilidad ante conflictos y perturbaciones internacionales. Y aumenta nuestra capacidad de decidir sobre nuestro propio sistema energético.
Por eso, Costa Rica debe asumir una meta nacional clara: alcanzar la mayor seguridad energética posible, en el menor tiempo técnicamente viable, reduciendo progresivamente la dependencia de combustibles fósiles importados y utilizando para ello todas las fuentes energéticas que el país pueda desarrollar de manera técnica, económica y ambientalmente responsable. La descarbonización será una consecuencia de ese proceso, no su punto de partida.
El verdadero objetivo no debería ser simplemente que Costa Rica sea reconocida como un país que genera electricidad limpia. Debería ser que Costa Rica sea un país que produzca cada vez más la energía que necesita, dependa cada vez menos de la energía que debe comprar fuera de sus fronteras y tenga cada vez mayor control sobre su propio futuro energético.
Reitero la frase que escribí unas líneas atrás, porque quiero que quede gravada profundamente en la mente de mis lectores:
La meta correcta es la seguridad y la independencia energética del país. La descarbonización es una consecuencia de eso.
Eso es seguridad energética. Y esa debe ser una prioridad nacional.
Eugenio G. Araya
Físico
American Nuclear Society Member
TEDx Speaker