En medio del "corre corre" diario, muchas veces creemos que liderar es avanzar sin detenernos, responder cada correo apenas llega, resolver cada problema en el momento en que aparece y tener siempre una respuesta lista, como si la velocidad fuera la prueba definitiva de que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Sin embargo, con los años he aprendido que el liderazgo también se construye en esos momentos en que decidimos frenar un poco y dar lo que me gusta llamar un "pasito atrás".
Pensemos en una jefatura que recibe la noticia de que un proyecto importante viene atrasado. La reacción más natural es convocar de inmediato a una reunión, pedir explicaciones, repartir tareas nuevas y exigirle al equipo que acelere, porque la presión pide acción y quedarse quieto parece casi una irresponsabilidad. Pero si esa misma persona se tomara unos minutos para observar con calma, tal vez descubriría que el atraso no tiene que ver con falta de esfuerzo, sino con una prioridad que cambió sin que nadie lo comunicara, con un colaborador que está cargando más de lo que puede o con un proceso que lleva meses arrastrando el mismo cuello de botella.
Ese pasito atrás es precisamente eso, un pequeño espacio para respirar, observar y entender qué está pasando realmente, para desde ahí identificar causas, emociones o patrones que en la prisa se nos escapan. En el mundo Lean, del que vengo, se insiste mucho en no saltar a la solución antes de entender la causa raíz, y aunque esa lógica suele aplicarse a procesos y operaciones, me parece igual de valiosa cuando la trasladamos a la forma en que lideramos personas, porque los equipos también tienen síntomas que, si solo se atienden en la superficie, vuelven a aparecer una y otra vez.
El psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, explicó que nuestra mente funciona con dos sistemas, uno rápido, intuitivo y automático, y otro más lento, deliberado y reflexivo, y que buena parte de nuestros errores de juicio ocurren cuando dejamos que el primero resuelva situaciones que en realidad requerían del segundo. En el día a día de cualquier organización, la urgencia nos empuja constantemente hacia ese modo automático, y por eso detenernos, aunque sea un momento, no es un lujo, sino una forma de abrirle espacio a una mejor decisión.
En la práctica, ese pasito atrás puede tomar formas muy sencillas, como esperar unas horas antes de responder un correo que nos incomodó, hacer una pregunta más antes de dar una instrucción o reservar unos minutos al final de la semana para revisar qué decisiones tomamos en automático y cuáles con verdadera reflexión. No se trata de grandes rituales ni de detener la operación, sino de pequeños hábitos que, sostenidos en el tiempo, cambian la calidad de nuestras conversaciones y de nuestras decisiones, y que además el equipo empieza a replicar, porque la forma en que un líder maneja la presión termina convirtiéndose en el estándar de todo el grupo.
Dar un pasito atrás no es rendirse, ni postergar indefinidamente, ni perder el control de la situación, es liderar con intención. Es elegir la claridad sobre la reacción y la conciencia sobre la costumbre, entendiendo que muchas veces actuamos de cierta manera no porque sea lo correcto, sino porque así lo hemos hecho siempre. Es también un gesto de respeto hacia el equipo, porque quien se detiene a escuchar antes de reaccionar le transmite a las personas que su contexto importa y que no serán juzgadas únicamente por el resultado visible.
Quiero cerrar con una invitación sencilla para quienes lideran equipos, y para cualquier persona que sienta que la agenda le está ganando la partida: la próxima vez que la prisa nos empuje a reaccionar de inmediato, preguntémonos si no valdría la pena detenernos, respirar y mirar el panorama completo antes de dar el siguiente paso. A veces el impulso de avanzar nos hace olvidar que el verdadero progreso empieza, precisamente, cuando nos damos permiso de dar un pasito atrás.
Jose Madrigal Hernández





































