Durante mucho tiempo creí que ir al gimnasio era una práctica que me ayudaba a verme y sentirme mejor físicamente. Más fuerza, más condición, más energía. Con los años descubrí que esos beneficios eran apenas la punta del iceberg.
El cambio más profundo estaba ocurriendo en mi mente.
He atravesado momentos de ansiedad y situaciones difíciles que me han llevado a sentir depresión en algunas épocas. En ese camino, el ejercicio que siempre fue un no negociable, se convirtió en uno de mis principales apoyos para sostenerme emocionalmente. En broma decía, mi único espacio de felicidad. A veces me pregunto cómo habría manejado algunas etapas de mi vida sin haberme dado ese tiempo para moverme, liberar tensión, sudar estrés y volver a encontrarme conmigo misma.
Esto no quiere decir que entrenar sustituya la atención psicológica ni la medicación cuando se necesitan. Pedir ayuda también es indispensable en ciertos momentos.
Desde que entreno casi a diario, noto una diferencia clara cuando llego al trabajo: mi mente está más calmada. Tengo mayor disposición para escuchar, ordenar mis ideas y tomar decisiones con menos angustia, incluso cuando siento que el mundo arde alrededor. Y cuando me siento alterada, triste y más ofuscada, da la "casualidad" de que ese día no pude entrenar.
Los problemas siguen ahí. Los pendientes también. Pero cambia mi manera de enfrentarlos después de darlo todo en un entrenamiento.
Esta experiencia tiene demasiado respaldo científico. Un estudio de Jo Coulson y sus colegas, vinculados con las universidades de Bristol y Leeds Metropolitan, publicado en el International Journal of Workplace Health Management, comparó jornadas con y sin ejercicio en 201 trabajadores voluntarios. En los días en que hicieron ejercicio, los participantes reportaron mejoras en su estado de ánimo y en su desempeño laboral. Además, las conversaciones grupales destacaron la tolerancia y la resiliencia como aspectos centrales de la experiencia. Los resultados se basaron en autoinformes, por lo que deben interpretarse con ese alcance.
Para mí, ese hallazgo conecta con algo muy cotidiano: cuando me siento mejor emocionalmente, tengo más espacio para responder con más criterio. Se me ocurren mejores ideas y encuentro solución a problemas que a veces pareciera que no tienen salida.
En el trabajo, el estrés puede aparecer en un correo contestado con dureza, una interrupción que nos irrita o una conversación en la que nos ponemos a la defensiva. Podemos terminar descargando nuestra tensión sobre alguien que solo necesitaba una respuesta.
En mi experiencia, llegar con mayor calma me permite escuchar antes de asumir, hacer una pausa antes de levantar la voz y abordar una diferencia sin convertirla en una confrontación. Esa es una de las contribuciones más valiosas del ejercicio a mi vida profesional: me ayuda a cuidar la forma en que me relaciono con los demás. Y en Recursos Humanos, esto es fundamental.
La evidencia sobre salud mental también es indiscutible. Una revisión publicada en The BMJ en 2024, que reunió 218 estudios y 14.170 participantes, encontró que actividades como caminar o trotar, practicar yoga y entrenar fuerza pueden reducir los síntomas de depresión. La certeza de la evidencia varió entre las modalidades, pero los resultados respaldan el ejercicio como una herramienta dentro del abordaje de la salud mental.
He aprendido que cuidar mi bienestar requiere constancia y amabilidad conmigo misma. El ejercicio pierde sentido si se convierte en otra razón para juzgarme, castigarme o sentir que nunca hago suficiente.
Mi espacio de calma está en el gimnasio. Otras personas encuentran el suyo en el yoga, la meditación, la espiritualidad, voluntariado o una caminata tranquila. Cada experiencia puede aportar algo distinto; lo valioso es reconocer qué nos ayuda a recuperar equilibrio y darle un lugar real en nuestra vida.
¿Cual es el secreto para que esto se convierta en hábito diario? No creo que se trate de nada extraordinario, solo respetar el tiempo para hacerlo. Si ya decidimos darnos ese espacio, respetemos el tiempo así como respetamos cualquier otra reunión importante de trabajo, cita o compromiso con otras personas.
Como profesional de Recursos Humanos, también considero que las organizaciones tienen una responsabilidad. Promover hábitos saludables debe acompañarse de cargas de trabajo razonables, respeto y oportunidades de descanso. El bienestar necesita espacio en la cultura y en la agenda de la gente.
Hoy sigo disfrutando los beneficios físicos de entrenar. Pero valoro aún más esa sensación de llegar al trabajo con la mente despejada y una mayor capacidad para mantener la ecuanimidad en momentos de tensión.
Cuidar la calma ayuda a trabajar mejor, a relacionarnos mejor y, sobre todo, a estar en paz con nosotros mismo.
¿Qué espacio estás reservando en tu vida para cuidar tu paz, productividad y tu salud?




































