Viviana Boza Chacón
SociaFundadora
SaviaStudio
En el marco del Día Mundial del Emprendimiento, solemos celebrar la valentía de quienes convierten una idea en una empresa. Y está bien hacerlo. Emprender implica visión, disciplina y una gran dosis de coraje. Pero en Costa Rica ya no basta con abrir negocios. El verdadero desafío es lograr que esos negocios crezcan con orden, sostengan empleo y no se queden atrapados en la fragilidad de operar siempre al límite.
Hablar de pymes en Costa Rica no es hablar de un fenómeno marginal. Según datos del INEC del 2025, las microempresas han generado cerca del 35,7% del empleo del país y según datos del MEIC las Pymes representan el 97,4% del parque empresarial de Costa Rica. Estos datos, por sí solos, recuerda algo esencial: cuando una pyme se fortalece, no solo mejora una empresa; se fortalece también el tejido económico y social que sostiene a miles de hogares.
Las pymes no son un actor secundario; son una parte decisiva de un país productivo. Por eso preocupa que, en días recientes, se informara que según cifras del Banco Central, Costa Rica habría perdido cerca de 100 mil pymes en cinco años. Más allá de la precisión final, el mensaje de fondo es imposible de ignorar: emprender sigue siendo difícil, pero sostener y escalar un negocio parece ser todavía más complejo.
Aquí conviene decir algo con claridad: muchos negocios no se estancan por falta de esfuerzo. Se estancan por falta de estructura. Nacen bien, venden, se abren paso con sacrificio, pero luego intentan crecer sin redefinir su modelo de gestión, sin ordenar decisiones, sin fortalecer su propuesta de valor, sin profesionalizar sus finanzas y sin construir capacidades para sostener una operación más compleja. En otras palabras, quieren dar el salto de emprendimiento a empresa sin cambiar la forma en que operan.
Y cuando esa pyme, además, es una empresa familiar —como ocurre con muchísimos negocios en Costa Rica— el reto es aún mayor. No solo hay que vender y administrar; también hay que ordenar roles, separar vínculos afectivos de decisiones empresariales, gestionar tensiones y preparar la continuidad. Por eso, este mes es una oportunidad para recordar que solo 3 de 10 de negocios familiares logra superar con éxito el paso generacional. Eso confirma que crecer no depende únicamente de trabajar más, sino de decidir mejor.
Por eso el acompañamiento estratégico no debe verse como un lujo reservado para grandes corporaciones. Para una pyme, puede ser la diferencia entre crecer con control o crecer con desorden; entre abrir nuevas oportunidades o multiplicar errores; entre depender por completo de la persona fundadora o construir una empresa capaz de sostenerse con mayor claridad, foco y disciplina.
Acompañar estratégicamente a una pyme significa ayudarla a responder preguntas que son determinantes: ¿qué modelo de negocio realmente puede sostener el siguiente nivel?, ¿dónde está su rentabilidad real?, ¿qué procesos deben profesionalizarse ya?, ¿qué decisiones sigue concentrando innecesariamente la persona fundadora?, ¿qué capacidades necesita desarrollar el equipo?, ¿qué tipo de gobernanza le permitirá crecer sin perder agilidad ni identidad?
En el fondo, ese es el punto que deberíamos poner sobre la mesa cada día del emprendimiento. Celebrar el emprendimiento es importante, pero no suficiente. Un país que quiere desarrollo sostenible no solo necesita más personas dispuestas a emprender; necesita más negocios capaces de consolidarse, profesionalizarse y escalar con inteligencia.
Costa Rica requiere una conversación más madura sobre sus pymes. Menos romantización del esfuerzo heroico y más apuesta por la estrategia, la estructura y el acompañamiento adecuado. Porque emprender abre la puerta, Sí. Pero es la gestión la que decide si un negocio realmente trasciende.





































