Durante septiembre de 2026, el riesgo geopolítico en Medio Oriente volvió a concentrarse alrededor de dos estrechos decisivos para el comercio mundial: Hormuz y Bab el-Mandeb. En Yemen, las fuerzas hutíes, alineadas con Irán, han avanzado sobre la costa del Mar Rojo, incluida la zona de Mokha y posiciones próximas a Bab el-Mandeb. A esto se suman tensiones militares y ataques contra infraestructura energética y navegación comercial. La Organización Marítima Internacional ha advertido que los ataques contra buques amenazan a las tripulaciones y a las cadenas globales de suministro.
Bab el-Mandeb conecta el océano Índico con el Mar Rojo y, a través del canal de Suez, con el Mediterráneo. Cuando esta ruta deja de ser operativamente aceptable para una naviera, el desvío habitual es alrededor del cabo de Buena Esperanza. Esto implica más distancia, combustible y días de navegación, además de afectar la disponibilidad de contenedores. El impacto puede extenderse a otras rutas mediante recargos, reacomodo de capacidad y mayores costos de combustible y seguros.
El mercado ya muestra esa sensibilidad. Maersk y Hapag-Lloyd comenzaron en septiembre a devolver selectivamente algunos servicios Asia–Europa a la ruta de Suez, aunque han advertido que no se trata de un retorno general y que la situación sigue siendo impredecible. Freightos también reportó que parte del tráfico Asia–Europa estaba regresando al Mar Rojo por razones de costo y congestión. Esta normalización parcial convive ahora con una mayor amenaza militar en Yemen, una combinación que puede generar cambios rápidos de ruta.
El riesgo se amplifica por el componente energético. En septiembre aumentaron los costos del transporte marítimo y del combustible vinculados a las tensiones regionales. Los fletes spot desde China hacia la costa este de Estados Unidos llegaron a rondar los $10.900 por contenedor de 40 pies, en medio del aumento del bunker y de la incertidumbre. Esto evidencia cómo el petróleo más caro, primas de guerra, desvíos y menor productividad de la flota pueden trasladarse a distintos corredores.
Para Costa Rica, el efecto será desigual. Buena parte del comercio con Asia utiliza rutas transpacíficas y no depende directamente de Suez. Sin embargo, el país está expuesto indirectamente por el costo energético, por insumos provenientes de Europa o Asia, por el reposicionamiento de equipos y por cadenas de proveedores que sí utilizan el Mar Rojo. Importadores, exportadores y operadores logísticos deben analizar su exposición según origen, puerto de transbordo y naviera, sin asumir que la distancia geográfica elimina el riesgo.
Entre septiembre y noviembre conviene trabajar con escenarios. Una desescalada permitiría consolidar el retorno gradual a Suez; la continuidad de los ataques mantendría rutas mixtas y recargos; y una escalada que afecte Bab el-Mandeb, Suez, Hormuz o infraestructura petrolera podría elevar los costos de combustible, seguros y tiempos de tránsito.
Las empresas deberían monitorear avisos de navieras, recargos por riesgo y combustible, cancelaciones, disponibilidad de contenedores y tiempos de conexión. También conviene revisar cláusulas de flete e Incoterms, acortar la vigencia de las cotizaciones, identificar rutas alternativas y mantener inventarios de seguridad para insumos críticos.
En comercio exterior, la geopolítica se convierte en costo cuando una tensión altera una ruta, un seguro, un combustible o una fecha de entrega. La respuesta empresarial no debe comenzar cuando el contenedor ya está demorado, sino incorporar el riesgo marítimo a la planificación comercial y logística.
Desde la Cámara de Comercio Exterior (CRECEX), este escenario confirma que la competitividad del comercio exterior ya no depende únicamente de aranceles, costos internos o eficiencia aduanera. Los acontecimientos geopolíticos pueden trasladarse rápidamente a los costos logísticos, la disponibilidad de insumos, los tiempos de entrega y la capacidad de cumplir con los clientes.
Por ello, consideramos es fundamental fortalecer una cultura empresarial de anticipación y monitoreo permanente: conocer las rutas utilizadas, mantener comunicación con operadores logísticos, evaluar alternativas de abastecimiento, revisar inventarios críticos y seguir las principales variables geopolíticas y energéticas. No se trata de reaccionar con alarma ante cada crisis, sino de incorporar el riesgo internacional a la toma de decisiones. En un comercio mundial más fragmentado e incierto, anticiparse, diversificar y contar con alternativas se convierte en una ventaja competitiva.





































