“La disposición providencial de los signos de los tiempos se hallaba escondida primero en el secreto del designio del Padre (cf. Rm 16, 25; Ef 3, 9); luego hizo irrupción en la historia y en ella se desarrolló con el signo paradójico del Hijo crucificado y resucitado (cf. 1 P 1, 19-21). Es acogida e interpretada por los discípulos de Cristo a la luz y con la fuerza del Espíritu, en espera vigilante y activa de la llegada definitiva que llevará a plenitud la historia, más allá de sí misma, en el seno del Padre.”
(Juan Pablo II en Audiencia General del 23 de septiembre de 1998)
En las últimas décadas, importantes teólogos, tanto católicos como protestantes, han profundizado en el tema del aumento de los fenómenos naturales y la descomposición social desde diversas perspectivas eclesiales, escatológicas y morales. Según la perspectiva teológica de algunos de ellos, “dichos eventos no son hechos aislados sino que están profundamente conectados, por lo que agrupan sus posturas en tres corrientes principales: las señales de los últimos tiempos, la crisis ecológica y espiritual, y la ruptura de las relaciones fundamentales.Los teólogos son enfáticos al subrayar, que cuando una sociedad desplaza la trascendencia y la dignidad humana inherente, “el tejido social se descompone inevitablemente en dinámicas de poder, relativismo y utilitarismo”.
Coincidentemente, el temblor del pasado 9 de octubre que como una enorme hamaca invisible, le “movió el piso” a millones de latinoamericanos, ha puesto a miles de personas a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia, los ignotos designios del Creador del Mundo y la forma en que muchos conglomerados humanos han ido transformándose, hasta convertirse en masas ausentes y alejadas del verdadero sentido de la vida.
No hay que ser vidente ni profeta para leer con claridad algunos de esos signos de los tiempos. Están a nuestro alrededor y de forma contundente se muestran en situaciones que afectan los ámbitos laborales, políticos, familiares y por supuesto, el entorno natural.
Puntualmente, son señales que -efectivamente- denotan un deterioro de las cualidades humanas que en otros tiempos les fueron preciadas a quienes formaban a las nuevas generaciones: desde padres y madres, maestros, dueños de negocios privados hasta a aquellos que lideraban el quehacer de las instituciones públicas.
Amor a Dios, la familia, al prójimo y por sí mismos era lo que en décadas anteriores al siglo XXI, se inculcaba en el seno del hogar y las aulas; con base en esos conceptos que engloban principios éticos y morales -tales como solidaridad, equidad, justicia, honradez y transparencia- crecían en paz distintas sociedades del mundo, incluida la nuestra.
En nuestros días, según lo reseñan sociólogos y psicólogos, los marcadores indican que la sociedad está “enferma” o en crisis profunda debido a las altas tasas de ansiedad y depresión, violencia cotidiana, erosión de valores como la empatía y la solidaridad, además de polarización e intolerancia, entre otros factores.
Por unos dólares más…
Hoy la realidad es muy diferente. La vemos reflejada en el aspecto cansado y literalmente “feo” de incontables transeúntes que caminan por las abarrotadas calles y avenidas de la ciudad capital y en las cabeceras de provincia. Circulan como autómatas, pegados a su teléfono celular, sin siquiera preocuparse por los vehículos que pareciera están siempre a punto de saltarse la luz roja del semáforo.
Quienes no han percibido este panorama desolador, es porque no se asoman por encima de sus amurallados círculos sociales y vecindarios.
Pero más allá del aspecto físico, las profusas evidencias muestran el crepitante deterioro mental y espiritual de miles de seres humanos, convertidos muchos -en su mayoría jóvenes- en víctimas de la explotación de empresas multinacionales que ciertamente generan un buen número de empleos, pero a un costo elevadísimo.
En América Latina y el Caribe, se estima que al menos el 25% de las personas -uno de cada cuatro habitantes- padecen uno o más trastornos mentales o del comportamiento a lo largo de su vida, según datos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El estrés laboral es uno de los factores que inciden en la situación.
Seguramente por ello, una campaña del Colegio de Sicólogos de Costa Rica, digna de aplausos, ha puesto en evidencia circunstancias como las descritas al subrayar, que entre otras cosas, en nuestro país se producen más de 250 incapacidades laborales diarias debido al estrés.
Además, las consultas y emergencias en la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) han aumentado un 46% en los últimos años. En períodos recientes, se registraron más de 139.950 atenciones de emergencia, 6.029 hospitalizaciones y más de 853.000 consultas externas por causas relacionadas con la salud mental
En esas deplorables estadísticas están seguramente trabajadores ticos de negocios globales, quienes deben acoplar su labor a los horarios de jefes que viven en otras latitudes, llámense Singapur o la India; las diferencias horarias obligan a los jóvenes ejecutivos a permanecer conectados a interminables llamadas nocturnas o de madrugada, en detrimento de su calidad y cantidad de sueño. Son vidas totalmente trastocadas por la irregularidad horaria de sus quehaceres.Mientras, en el otro extremo del ámbito comercial, pulula una buena parte de los trabajadores “informales” que sin control alguno, han dejado de vender productos lícitos para distribuir “ilícitos” en prácticamente todas las comunidades de nuestra nación. La red que conforman, es enorme; y por supuesto, incalculable es el daño que generan a la integridad física y moral de los involucrados y de sus allegados.
Debido a ese falso concepto de “prosperidad” basado en la acumulación de dinero y bienes materiales, casi todo en Costa Rica está “a la venta”. Desde las playas, las montañas, la ética o las normas, hasta la honra.
Y son precisamente esas bases falsas, las que destruyen la integridad de miles de personas que tarde o temprano terminan sus días carcomidas por la depresión, la angustia, las bajas pasiones o la más absoluta vacuidad.
Gestores del odio y otras desgracias
«Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos». (Evangelio según San Mateo 7:16-20)
Al inicio de esta nota, nos referimos a los signos de los tiempos. Lo cierto es que están a la vista de aquellos que aún se mantienen despiertos. Pero se les escapan a quienes obnubilados por una educación deficiente, el impacto que en ellos tienen la promoción y normalización de antivalores y las falsedades que se publican en redes sociales, o por sus propias debilidades y actitudes erróneas, son incapaces de visualizarlos.
Lo cierto es que transitamos por una etapa crítica en la historia de la Humanidad en la que corrientes ajenas a las leyes, los principios éticos y morales, han encontrado en personas manipulables y endebles, tierra fértil para sembrar su podredumbre y cizaña.
El fenómeno no es nuevo, sino más bien cíclico. Ejemplos sobran de cómo pueblos enteros se han plegado ante ídolos falsos. Lo vemos en aquellos acontecimientos marcados con sangre en el calendario global. Tan solo en el siglo XX, así fue como se entronizó el nazismo en Alemania y gran parte de Europa. Fue así como le cayó el comunismo a Cuba. Y es así también, como figuras “esperpénticas” mantienen el poder en pequeños países latinoamericanos -entre ellos Nicaragua- en los que la violencia, la mentira y la ignorancia, son las fuentes principales de todos sus males.
Y ahora, una parte de la ciudadanía costarricense observa perpleja las señales que a plena luz del día se desnudan, carcajeantes, irreverentes, abonando al oscuro y violento fenómeno mundial del desparpajo sexual, del abuso del poder y la ignominia, mientras desde los cuatro puntos cardinales, la tierra tiembla con voz profunda, esperando sacudir las conciencias de los que aún están a tiempo de levantar sus propias voces, para frenar la trepidante marabunta que a su paso, hiere de muerte territorios, mares, ríos, hogares, ciudades, costumbres y a millones de seres vivos.
Si usted se sintió “mareado” por ese fenómeno natural, quizás “la energía electromagnética” le esté hablando directamente. Recapitule, reflexione. Sea vector de cambio, pero de uno positivo, sanador, respetuoso.
Adriana Núñez
Periodista Visión CR
Expresidenta Colegio de Periodistas





































