Costa Rica y España cumplen 176 años de relaciones diplomáticas en un momento en que la relación bilateral tiene más posibilidades económicas y estratégicas que nunca. El reto ya no es mantener los vínculos existentes, sino convertirlos en resultados concretos.
Costa Rica y España establecieron relaciones diplomáticas en 1850 mediante el Tratado Molina-Pidal. Desde entonces, ambos países han construido una relación basada en cooperación, educación, cultura, inversión y diálogo político.
Sin embargo, Costa Rica de 2026 es muy diferente al país de décadas anteriores. En 2025, sus exportaciones de bienes alcanzaron US$22.855 millones, un crecimiento de 14% respecto a 2024, según PROCOMER y COMEX. El sector de equipo de precisión y médico generó US$10.927 millones, convirtiéndose en el principal sector exportador del país.
La inversión extranjera también refleja esta transformación. Costa Rica recibió US$5.121,8 millones de inversión extranjera directa en 2025, según el Banco Central de Costa Rica (BCCR), superando por segundo año consecutivo los US$5.000 millones.
Estos datos plantean una pregunta importante: ¿está la relación con España aprovechando todo el potencial de esta nueva Costa Rica?
En 2024, España exportó a Costa Rica €310,7 millones e importó €423,1 millones, mientras que 3.412 empresas españolas exportaron al mercado costarricense, según el Ministerio de Asuntos Exteriores de España.
La dimensión europea es todavía mayor. El comercio entre Costa Rica y la Unión Europea alcanzó €7.203 millones en 2024, frente a €2.374 millones en 2013, un crecimiento del 203%. Costa Rica es actualmente el principal socio comercial de la Unión Europea en Centroamérica. Además, las importaciones europeas de dispositivos médicos costarricenses crecieron 704% entre 2013 y 2024, hasta alcanzar €1.899 millones.
Esto cambia la naturaleza de la misión diplomática. Madrid no es solamente la capital de un país amigo: es también una puerta de entrada a las instituciones europeas, al capital, a las empresas y a las redes económicas que pueden participar en el siguiente ciclo de crecimiento costarricense.
Los verdaderos retos
El primer reto será competir por inversión en un entorno internacional mucho más exigente. Costa Rica ha conseguido atraer capital, pero una parte importante de la IED corresponde a reinversiones: en 2025 alcanzaron US$4.328 millones, mientras que el capital nuevo fue de US$895 millones, según el BCCR.
Esto significa que no basta con proteger lo que ya existe. Costa Rica necesita seguir captando nuevos proyectos, nuevos inversionistas y nuevas cadenas de valor. España puede ser especialmente relevante en este esfuerzo por su tejido empresarial, su posición europea y su capacidad financiera.
El segundo reto es pasar de la relación institucional a una diplomacia económica medible. Costa Rica y España ya cuentan con mecanismos de consultas políticas y una amplia agenda de cooperación. En mayo de 2025, ambos gobiernos celebraron en Madrid la II Reunión de Consultas Políticas, revisando asuntos bilaterales y multilaterales.
El desafío siguiente debería ser convertir esos contactos en proyectos: inversión, infraestructura, tecnología, cooperación científica, turismo, energía, digitalización y comercio.
El tercer reto es comprender que muchas de las grandes oportunidades ya no se encuentran exclusivamente en el ámbito bilateral. La Unión Europea está movilizando recursos mediante Global Gateway, estrategia que contempla hasta €300.000 millones de inversión entre 2021 y 2027, según la Comisión Europea.
Costa Rica ya está participando en este ecosistema. Un ejemplo concreto es el financiamiento del tren eléctrico de la Gran Área Metropolitana, cuyo esquema anunciado en 2025 asciende a US$800 millones: US$550 millones del BCIE y US$250 millones del Banco Europeo de Inversiones, además de recursos del Fondo Verde para el Clima. El proyecto beneficiaría a más de tres millones de personas y contempla más de 51 kilómetros de vías.
La lección es evidente: las oportunidades europeas requieren conocer quién financia, quién decide, qué programas existen, cómo se estructura un proyecto y qué empresas pueden ejecutarlo.
¿Qué debería aportar el próximo embajador?
Por estas razones, el perfil de quien ocupe la Embajada de Costa Rica en España resulta especialmente relevante. La complejidad de la relación exige no solo experiencia diplomática, sino también una sólida formación académica, experiencia internacional y capacidad para comprender las dimensiones políticas, económicas, jurídicas y empresariales de la relación.
La experiencia es indispensable, pero no suficiente: debe estar acompañada de una preparación académica rigurosa, idealmente con estudios de posgrado en áreas como relaciones internacionales, economía, derecho, comercio internacional, asuntos europeos o políticas públicas. Las relaciones internacionales actuales son cada vez más técnicas y requieren representantes capaces de integrar diplomacia, economía y estrategia.
Un plan estratégico desde el primer día
Si la relación con España quiere entrar en una nueva etapa, sería conveniente que la próxima representación costarricense llegue a Madrid con un plan estratégico plurianual, coordinado con la Cancillería, COMEX y PROCOMER, pero con objetivos propios de la diplomacia de alto nivel.
El primer componente podría ser la creación de un Consejo Estratégico España-Costa Rica, de carácter consultivo y sin necesidad de crear una nueva estructura administrativa. Reuniría periódicamente a representantes de alto nivel de ambos gobiernos, empresas, cámaras empresariales, universidades, instituciones financieras y otros actores relevantes. Su función sería identificar anualmente entre tres y cinco prioridades concretas para la relación bilateral y revisar su avance.
El segundo sería establecer una Agenda de Proyectos Estratégicos Costa Rica-España. No se trataría de crear otra cartera comercial, sino de seleccionar proyectos de especial importancia nacional —infraestructura, energía, agua, salud, tecnología, turismo sostenible, educación o manufactura avanzada— que requieran decisiones, financiación o alianzas de alto nivel. La Embajada actuaría como facilitadora política e institucional, mientras las entidades especializadas continuarían realizando la estructuración técnica y comercial.
El tercer componente debería ser una Unidad de Inteligencia Estratégica de España y Europa, utilizando las capacidades existentes de la Embajada y las instituciones costarricenses, sin crear necesariamente una nueva burocracia. Su misión sería entregar periódicamente a San José información sobre cambios regulatorios europeos, políticas industriales, programas de financiación, movimientos empresariales y oportunidades que puedan afectar a Costa Rica. La representación diplomática tiene precisamente entre sus funciones informar al Estado acreditante sobre las condiciones y acontecimientos del país receptor.
Un cuarto eje sería una diplomacia financiera europea más activa. Costa Rica debería identificar desde Madrid qué proyectos nacionales pueden acceder a recursos del Banco Europeo de Inversiones, programas de la Unión Europea, bancos multilaterales y fondos de inversión. El papel del embajador no sería estructurar financieramente los proyectos, sino conseguir acceso a los responsables de esas instituciones y elevar los proyectos estratégicos al nivel político adecuado.
El quinto componente sería crear una red de alto nivel España-Costa Rica con encuentros periódicos y seguimiento permanente. No solamente con grandes empresas, sino también con universidades, centros tecnológicos, fondos, bancos, comunidades autónomas y organizaciones empresariales. El objetivo sería que cuando Costa Rica necesite apoyo, financiación, tecnología o un socio estratégico, la Embajada ya tenga una relación construida con los interlocutores relevantes.
Finalmente, el plan debería incorporar indicadores de resultados a tres años. No medir solamente reuniones o actos diplomáticos, sino variables como proyectos estratégicos facilitados, acuerdos institucionales alcanzados, oportunidades de financiación identificadas, alianzas empresariales y académicas generadas y decisiones europeas relevantes anticipadas y comunicadas a San José.
Esta propuesta tendría una ventaja fundamental: no duplicaría las funciones de COMEX, PROCOMER ni de otras instituciones. Las reforzaría desde el ámbito que corresponde a una embajada: representación política, negociación, acceso institucional, coordinación e inteligencia estratégica.
El objetivo final no sería convertir la Embajada en una agencia de promoción comercial, sino hacer de Madrid un centro de conexión estratégica para Costa Rica en España y Europa, capaz de anticipar oportunidades, acercar a los actores adecuados y transformar relaciones diplomáticas en resultados nacionales concretos.
De la diplomacia de presencia a la diplomacia de resultados
En un mundo en el que los países compiten simultáneamente por inversión, tecnología, financiación y talento, una embajada no puede limitarse a representar. Debe conectar, anticipar, negociar y generar oportunidades.
La próxima etapa de la relación Costa Rica-España debería construirse sobre esa lógica: una diplomacia económicamente inteligente, académicamente preparada y capaz de convertir los vínculos históricos en proyectos concretos.
Antonio Morice Matamoros, costarricense y abogado en España





































