Diego Rosero
Psicólogo y especialista en Inteligencia Artificial del INCAE
diegofernandoroseroceron@gmail.com
"Tengo agentes de IA para casi todo", me dijo un empresario al terminar un taller sobre IA aplicada a pymes que dicté junto a un colega. Minutos antes, ese mismo empresario me había preguntado qué hacer si no tenía ninguno de los tres elementos que habíamos planteado como base: procesos claros, información ordenada y un equipo preparado para el cambio.
Las dos cosas no me cuadraban, así que le pregunté qué acciones o decisiones tomaban esos agentes por su cuenta. "Ninguna", me respondió. Solo procesaban información cuando él les preguntaba. Otro participante también me habló de sus agentes, y le pregunté cómo controlaba lo que hacían por su cuenta. Su respuesta fue parecida: no actuaban solos, solo le daban recomendaciones.
Ninguno de los dos estaba haciendo algo mal. El segundo, de hecho, hacía lo más sensato: dejar que la herramienta propusiera y decidir él. Lo que tenían no eran agentes, sino asistentes: el peldaño anterior, y uno muy valioso.
¿Le suena? Es el empresario que cada mañana le pide al chat ayuda con el correo difícil, que le pega el Excel de ventas para que se lo resuma, o que asiente en la reunión cuando alguien dice "agente", sin estar muy seguro de qué significa, porque parece que todos los demás ya lo saben. Con tantos nombres nuevos cada semana, confundir los términos es lo más normal del mundo.
Eso que usted ya hace da resultados; Según la encuesta global de McKinsey sobre el estado de la IA en 2026, ocho de cada diez encuestados dicen que la inteligencia artificial ya mejoró su productividad. Los agentes son el siguiente salto: herramientas que no solo ayudan, sino que actúan. Ahí está la revolución que viene, y la mayoría todavía está a tiempo de prepararse.
Piense en una tarea cotidiana: una cotización. Con un chat, usted le pregunta cómo redactarla, el chat le responde y mañana recuerda lo que hablaron. Con un asistente, usted le pide la cotización, la herramienta la arma, y usted la revisa y la envía. Con un agente, entra el pedido del cliente y la cotización sale sola, en minutos, sin que nadie la toque. Ese último peldaño puede hacer a una empresa más eficiente o más difícil de copiar.
Pero cada peldaño exige más orden. En los dos primeros, si la información está mal, usted lo nota antes de que salga. En el tercero, el error le llega al cliente antes que a usted. Por eso un agente rinde cuando el proceso que va a operar está claro, su información está ordenada y la gente que lo rodea está preparada: justo lo que aquel empresario me preguntó. Su pregunta era la correcta.
Y hay un cuarto elemento que ninguna herramienta trae de fábrica. Un agente que actúa solo habla en nombre de su empresa, a veces a las once de la noche y con su mejor cliente. Necesita reglas claras sobre qué puede decidir y qué no, alguien que responda por lo que hace, y los principios con los que usted trata a su gente y a sus clientes. Eso no lo pone la tecnología. Lo pone usted.
Para saber en qué peldaño está, hágase las mismas dos preguntas que les hice a ellos. ¿Qué hace esta herramienta sola, sin que yo se lo pida? Si la respuesta es nada, tiene un chat o un asistente: un excelente punto de partida. Y si hace algo: ¿cómo me entero de lo que hace cuando no la estoy mirando? Si su equipo sabe responder, su empresa está lista para dar el paso. Si no, ya sabe qué escalón construir.
Son dos preguntas. No requieren presupuesto, consultores ni conocimientos técnicos. Solo la disposición de llamar las cosas por su nombre.
Antes de preguntar qué agente comprar, pregúntese qué quiere que haga solo. Y si eso hace a su empresa más eficiente o más difícil de copiar.




































