Priscilla Mora Hidalgo
Nutricionista Clínica
Cuando pensamos en salud, muchas veces la conversación se reduce a lo que comemos o deberíamos dejar de comer. Sin embargo, hay un factor que no podemos dejar en segundo plano: el movimiento. Vivimos en una sociedad que nos invita a permanecer sentados gran parte del día —en el trabajo, en las presas o en la casa—, lo que ha convertido a nuestro país en uno de los más sedentarios de Latinoamérica, con un consecuente aumento en el riesgo de enfermedades metabólicas. Este problema va más allá de lo individual y está atravesado por factores sociales, culturales y laborales: no siempre hay espacios adecuados para ejercitarse y, en medio de las obligaciones diarias, el tiempo disponible para moverse suele ser limitado.
Entonces, ¿qué podemos hacer para tener una vida menos sedentaria? La respuesta no tiene que ser complicada. El movimiento no tiene por qué ser exclusivo de los gimnasios ni de rutinas muy elaboradas. Hay muchas formas simples de moverse que pueden marcar la diferencia. Caminar un poco más, subir escaleras en lugar de usar el ascensor, aprovechar la mañana para salir unos minutos o hacer pequeñas pausas activas durante el día son ejemplos fáciles de integrar en la rutina. Incluso después de almorzar, una caminata corta puede ayudar a activar el cuerpo y despejar la mente.
Moverse con regularidad impacta directamente en la forma en que el organismo procesa los nutrientes, regula la glucosa en sangre y responde a las demandas de energía. Además, el ejercicio favorece que las personas se sientan con más vitalidad a lo largo del día, lo que a su vez influye en mantener patrones de alimentación más estables y saludables. También fortalece la salud del corazón, mejora el ánimo y contribuye a un mayor bienestar general.
Con frecuencia, la conversación sobre salud se centra en señalar alimentos como responsables, y el azúcar suele llevarse la mayor parte de la culpa. Pero desde la educación nutricional sabemos que la salud no se construye con prohibiciones ni enfoques restrictivos. Hoy hablamos mucho más de sumar acciones que aporten bienestar, en lugar de quitar alimentos y generar culpa. Fijarse únicamente en lo que “no se debe comer” puede favorecer relaciones poco sanas con la comida y con el cuerpo, e incluso aumentar el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria.
La salud se construye al integrar hábitos que sumen bienestar, y el movimiento definitivamente es uno de ellos. Según la Organización Mundial de la Salud, con 150 minutos semanales de actividad física se pueden empezar a cosechar estos beneficios. Traducido a lo cotidiano, significa moverse unos 30 minutos al día, cinco veces por semana, algo que puede lograrse con caminatas, paseos en bicicleta, bailes o simplemente incorporando más desplazamientos activos en la rutina.
El verdadero reto no es encontrar el espacio perfecto ni esperar el momento ideal, sino reconocer que cada paso suma. Moverse no debe verse como un lujo ni como una carga, sino como una acción posible y necesaria que aporte bienestar a diario. No tiene que ser perfecto, costoso ni seguir estereotipos: lo importante es dar ese primer paso.
¿Qué forma sencilla de movimiento podría incorporar hoy?, ¿cómo se sentiría su cuerpo y su mente con unos minutos de actividad?, ¿qué disfruta lo suficiente como para mantenerlo en el tiempo? No se trata de grandes cambios, sino de empezar con algo realista. Cada paso cuenta.





































