Cuando el Estado habla de impuestos, Costa Rica debe responder con una pregunta más profunda: ¿quién va a producir, innovar, cotizar, emprender y sostener el modelo económico dentro de 20 o 30 años?
La discusión fiscal nacional suele concentrarse en tarifas, déficit, deuda, exoneraciones, regla fiscal y nuevos ingresos. Todo eso importa. Pero hay una variable más silenciosa, más lenta y mucho más determinante: la inversión de la pirámide demográfica. Un país puede ajustar impuestos muchas veces; lo que no puede hacer indefinidamente es sostener un Estado creciente sobre una población productiva relativamente decreciente, envejecida y cada vez más presionada por enfermedades crónicas.
Costa Rica enfrenta una emergencia silenciosa que pasa inadvertida porque no estalla en un solo día. No produce una crisis visible como una devaluación, una huelga o una recesión; pero avanza todos los años; es la pirámide invertida poblacional y se manifiesta en cada nacimiento que no ocurre, cada trabajador que se retira, cada adulto mayor que requiere pensión, medicamentos, atención médica, cuido y acompañamiento.
Según el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), Costa Rica alcanzó en 2024 una tasa global de fecundidad de 1,12 hijos e hijas por mujer, uno de los niveles más bajos de nuestra historia reciente. Es una cifra muy por debajo del reemplazo generacional.
Al mismo tiempo, el país envejece aceleradamente. El INEC proyecta que para 2050, 25 de cada 100 personas en Costa Rica tendrán 65 años o más, frente a 11 de cada 100 en 2024. También estima que la relación de dependencia demográfica de adultos mayores pasará de 16 personas de 65 años o más por cada 100 personas en edad de trabajar en 2024 a 39,2 en 2050.
Dicho de manera sencilla, tendremos menos nacimientos, menos jóvenes relativos, más adultos mayores y más presión sobre quienes trabajan, cotizan, pagan impuestos, sostienen familias y financian el sistema público.
Pero el desafío no es solo demográfico. Es sanitario, económico y productivo.
Costa Rica, afortunadamente, vive más. La esperanza de vida al nacer se estima en 81,05 años en 2025, con 78,57 años para hombres y 83,53 para mujeres. Además, el INEC proyecta que la esperanza de vida al nacer alcanzará 84,27 años en 2050 y 89,57 años en 2100.
Vivir más es un logro civilizatorio. Es resultado de salud pública, vacunación, agua potable, educación, medicina, prevención y estabilidad institucional. Pero vivir más también exige rediseñar el modelo económico. Si el retiro ordinario del régimen de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM) se organiza alrededor de los 65 años, con requisitos de cuotas, y la vida posterior al retiro se extiende por dos décadas o más, el país debe preguntarse cómo financiará pensiones, salud, medicamentos, dependencia funcional y cuidados de largo plazo.
Aquí aparece el segundo gran problema: no solo seremos una sociedad más envejecida; también somos una sociedad con alta carga de obesidad y enfermedades crónicas.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) reporta que en Costa Rica la prevalencia de sobrepeso y obesidad en personas de 15 años o más fue de 66,9% en 2022. También señala que la actividad física insuficiente alcanzó 46,1% en 2016. El Ministerio de Salud ha informado que las enfermedades no transmisibles son la primera causa de muerte, morbilidad y discapacidad en el país desde hace más de tres décadas, y que en 2019 representaron 80,73% de las defunciones nacionales.
Además, la OPS reporta que la hipertensión arterial diagnosticada en población general fue de 32,4%, mientras que la diabetes diagnosticada fue de 10,9% y la no diagnosticada de 3,9%.
Esto cambia por completo la conversación fiscal. No estamos solo ante una pirámide demográfica invertida. Estamos ante una pirámide invertida con obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular, cáncer, enfermedad renal, deterioro funcional y dependencia. Es decir, menos población productiva relativa sosteniendo más años de vida, más retiro, más enfermedad crónica y más gasto sanitario.
Por eso, cuando el Estado habla de impuestos, el país debe hablar de capacidad productiva. Hablar de impuestos sin hablar de productividad es discutir el síntoma y no la causa. Sin más personas trabajando formalmente, sin más empresas creando valor, sin más innovación, sin más empleos bien pagados y sin una población más sana, ningún sistema tributario será suficiente.
El problema fiscal de largo plazo no se resuelve únicamente con nuevas cargas. Se resuelve ampliando la base productiva del país. Y la base productiva no es una abstracción contable: son personas educadas, sanas, con vivienda, empleo, ingreso, movilidad social, posibilidad de formar familia y esperanza en el futuro.
Costa Rica necesita entender que la natalidad también responde al clima económico y social. Las personas no dejan de tener hijos únicamente por falta de voluntad. Muchas veces postergan o renuncian a la maternidad y la paternidad porque no tienen casa, porque el alquiler consume demasiado ingreso, porque el empleo es inestable, porque la informalidad limita el acceso al crédito, porque el cuido infantil es costoso, porque la educación preocupa, porque la seguridad se deteriora o porque formar familia se percibe como un riesgo económico.
No habrá primavera reproductiva sin primavera económica.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha señalado que Costa Rica necesita aumentar la participación laboral femenina, reducir la informalidad, ampliar la educación y el cuido infantil temprano, y fortalecer la productividad. También advierte que una mayor participación laboral femenina puede contribuir a mitigar el impacto fiscal del envejecimiento sobre pensiones y salud.
Ese punto es fundamental. No se trata de pedir a las mujeres que tengan más hijos mientras siguen cargando solas con la doble jornada del trabajo remunerado y el cuido familiar. Se trata de construir un país donde formar familia no signifique penalización profesional, endeudamiento excesivo, pérdida de libertad económica o renuncia al desarrollo personal.
La primavera reproductiva que Costa Rica necesita no se decreta. Se construye.
Se construye con vivienda accesible para jóvenes y familias en formación. Se construye con empleo formal, mejores ingresos y estabilidad laboral. Se construye con educación pública de calidad y horarios compatibles con la vida real de las familias. Se construye con redes de cuido infantil, corresponsabilidad masculina, flexibilidad laboral y protección efectiva de la maternidad sin castigar la empleabilidad femenina.
También se construye con salud. Una política demográfica seria debe incluir prevención de obesidad, promoción de actividad física, alimentación saludable, diagnóstico temprano de hipertensión y diabetes, medicina preventiva, envejecimiento funcional y educación sanitaria desde la infancia. El país no solo necesita vivir más años; necesita vivir más años con autonomía, movilidad, lucidez, productividad y menor dependencia.
La longevidad debe convertirse en un activo nacional, no en una carga inevitable. Para eso hay que preparar a la población desde edades medias: prevenir enfermedad crónica, promover fuerza muscular, salud metabólica, salud mental, educación financiera, reconversión laboral y participación social de las personas mayores. El retiro no puede entenderse simplemente como salida definitiva de la vida productiva; debe rediseñarse con opciones de trabajo flexible, mentoría, emprendimiento, transferencia de conocimiento y economía plateada.
Costa Rica necesita un pacto demográfico-productivo. No un programa propagandístico de natalidad. No bonos aislados. No presión moral sobre las familias. Lo que necesitamos es una estrategia nacional para que quienes desean tener hijos puedan hacerlo a tiempo, con libertad, dignidad y condiciones reales.
Ese pacto debe reconocer cuatro verdades.
Primera: sin niños hoy no habrá suficientes trabajadores mañana.
Segunda: sin trabajadores sanos no habrá productividad suficiente.
Tercera: sin productividad no habrá recaudación sostenible.
Cuarta: sin recaudación sostenible no habrá pensiones, salud ni Estado social capaces de responder al envejecimiento.
La política fiscal del siglo XXI empieza mucho antes de Hacienda. Empieza en la infancia, en la nutrición, en la escuela, en la vivienda, en la salud preventiva, en la seguridad, en el empleo formal, en la empresa que crece, en la mujer que puede trabajar sin renunciar a ser madre si así lo desea, y en el joven que puede imaginar futuro sin sentir que formar familia es una amenaza económica.
Estamos ante un frío invierno demográfico: baja natalidad, envejecimiento acelerado, obesidad creciente, enfermedades crónicas, retiro poblacional y presión sobre el modelo económico. Pero el invierno no tiene por qué ser destino.
Costa Rica puede abrir una primavera reproductiva si entiende que la natalidad no se recupera con discursos, sino con esperanza. Con un país que produzca más valor. Con jóvenes que puedan comprar o alquilar casa. Con ingresos que alcancen. Con educación que funcione. Con salud que prevenga. Con familias que no estén solas. Con mujeres que no sean castigadas por ser madres. Con hombres corresponsables. Con empresas que generen empleo digno. Con un Estado que deje de mirar solo la caja de hoy y empiece a proteger la población productiva de mañana.
Si el Estado quiere hablar de impuestos, hablemos primero de lo esencial: cómo producir más, cómo vivir mejor, cómo enfermar menos, cómo envejecer con dignidad y cómo crear las condiciones para que una nueva generación quiera y pueda nacer.
Porque ningún país envejecido, endeudado, enfermo y con baja natalidad podrá sostener su modelo económico solo aumentando cargas. El verdadero ingreso futuro de Costa Rica dependerá de su capacidad para crear personas con oportunidades, empresas con productividad, adultos mayores con funcionalidad y familias con esperanza.





































