El Capitolio Nacional de Colombia es la sede del Congreso de la República, ente el cual es el órgano legislativo de la República de Colombia.
Mientras los ecos de las urnas aún resuenan en Colombia tras este 8 de marzo, Costa Rica observa con una mezcla de alivio y advertencia. Los resultados definitivos en el país suramericano nos presentan un Congreso atomizado (donde el Pacto Histórico y el Centro Democrático se reparten fuerzas sin mayorías), dibujando un escenario de “empate técnico” que promete cuatro años de parálisis o de transacciones agotadoras. Para el ciudadano de a pie, esto significa que las promesas de seguridad y protección social quedarán, una vez más, atrapadas en el laberinto del trámite legislativo.
La diferencia con nuestra realidad es tajante. En febrero, los costarricenses otorgamos a Laura Fernández un mandato que trasciende lo simbólico. Con un 48.3% de los votos y una bancada de Pueblo Soberano que roza la mayoría absoluta, el Ejecutivo en Zapote tiene hoy una herramienta que sus homólogos colombianos envidiarían: la capacidad real de transformar promesas en leyes sin pedir permiso.
Este escenario nos obliga a hablar de un “Realismo Radical”. No se trata de ideologías extremas, sino de la urgencia de soluciones técnicas aplicadas con firmeza. En Colombia, el nuevo presidente tendrá que ser un “malabarista” político solo para mover una ficha en el tablero de la seguridad. En Costa Rica, Fernández no tiene esa excusa. Su propuesta de suspender garantías en barrios específicos capturados por el narco o su plan de rescate para familias vulnerables ya no dependen de “si el Congreso quiere”, sino de “cuándo el Ejecutivo actúe”.
El Tablero Regional: Entre la Parálisis y la Doctrina Monroe 2.0
Lo que sucede en las urnas colombianas no es un evento aislado; es un sismo cuyas ondas de choque llegan hasta San José y Washington. En el contexto hemisférico, Colombia ha sido históricamente el “ancla” estratégica de Estados Unidos en Sudamérica. Sin embargo, un Congreso atomizado en Bogotá debilita la capacidad de respuesta ante amenazas transnacionales como el narcotráfico y la influencia de potencias extra-regionales.
Para Estados Unidos, la parálisis legislativa en Colombia representa un vacío de poder en el control de fronteras y rutas de exportación de ilícitos. Ante una Colombia ensimismada en sus “transacciones agotadoras”, Washington se verá obligado a recalibrar su estrategia en el marco de una Doctrina Monroe 2.0, buscando en Costa Rica un socio más predecible y eficiente. La estabilidad política que ofrece la administración de Laura Fernández, con un mando unificado, posiciona a nuestro país no solo como un receptor de inversión, sino como el nuevo eje de seguridad humana en el istmo.
Para Costa Rica, esto implica una responsabilidad doble. Por un lado, debemos prepararnos para la presión migratoria que genera un Estado colombiano incapaz de pacificar territorios como el Chocó debido al bloqueo político. Por otro, la eficiencia de nuestro “Realismo Radical” se convierte en nuestra mejor carta de presentación ante un mundo que huye de la incertidumbre fiscal de los mercados suramericanos, donde se estima que la deuda colombiana podría escalar peligrosamente hacia el 70% del PIB.
El Desafío de la Omnipresencia
Sin embargo, este poder conlleva un riesgo que el realismo radical debe vigilar: la eficiencia no puede atropellar la institucionalidad. Mientras en Colombia el peligro es la impotencia gubernamental, en Costa Rica el desafío será gestionar una omnipresencia ejecutiva que no tiene contrapesos legislativos fuertes para frenar posibles excesos.
Al final del día, a la familia que vive con miedo en Pavas o en el Chocó no le interesan los porcentajes de curules, sino quién tiene la capacidad de protegerla. El modelo colombiano de marzo de 2026 nos enseña que tener el ejército más grande no sirve de nada si el sistema político está bloqueado. Costa Rica, en cambio, ha elegido el camino de la unidad de mando. Ahora nos toca exigir que esa eficiencia legislativa se traduzca en una seguridad humana que llegue a los más vulnerables, antes de que el desencanto democrático cruce nuestras fronteras.
Sobre el autor Nacido en la República Checa, Jan Kozak posee una licenciatura en Ciencias Políticas por Macalester College y una maestría en Estudios Internacionales de Paz por la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas. Jan Kozak fue galardonado con el Premio Hubert H. Humphrey–Walter F. Mondale en Ciencias Políticas, Macalester College, en 2003





































