En su reflexión más reciente, “Costa Rica: el desafío de reconstruir su democracia”, Alberto Salom Echeverría ofrece una visión que es tan romántica en lo intelectual como paralizada en lo práctico. Sostiene que nuestra supervivencia depende de una “reconstrucción humanista”: un proyecto de largo plazo basado en la participación cívica, las artes y la deliberación comunitaria. Si bien estos son fines nobles, el defecto fatal de Salom es su negativa a reconocer la cruda realidad del punto de partida.
Propone construir centros comunitarios donde los niños puedan jugar y aprender filosofía. Yo propongo que primero nos aseguremos de que esos niños no queden atrapados en el fuego cruzado de una guerra territorial camino a la escuela. Este es el núcleo del paradigma del Realismo Radical: no se puede cultivar la virtud cívica en un vacío de seguridad física.
El “republicanismo cívico” de Salom asume que, si construimos un espacio para la interacción, emergerá una sociedad más segura desde abajo hacia arriba. Francamente, esta es una inversión peligrosa de la lógica. En barrios infestados de drogas y dominados por el crimen, un centro comunitario sin un Puño de Hierro que lo proteja se convierte simplemente en otro activo que el crimen organizado puede cooptar o intimidar. Ya hemos pasado por eso. Décadas de programas sociales liderados por instituciones públicas no han logrado frenar la marea de homicidios récord. Sugerir que debemos esperar un cambio generacional en la conciencia cívica mientras continúa el derramamiento de sangre no es solo impráctico; es una traición a las mismas personas que Salom dice defender.
Lo que Salom interpreta como populismo vulgar es, en realidad, un cambio fundamental en el liderazgo. En Laura Fernández, Costa Rica no solo tiene una directora ejecutiva, sino a su segunda presidenta electa y, además, madre. Esta identidad es central para la Tercera República. Su compromiso con una política de seguridad de Puño de Hierro no es un rechazo de los derechos humanos, sino la máxima expresión del deber de una madre de proteger. A diferencia del “club de los viejos amigos” del pasado —que Salom representa— y que priorizaba la cómoda deliberación en San José, esta administración entiende que los sectores más vulnerables de la sociedad están actualmente esclavizados por el miedo. Al utilizar el poder ejecutivo para limpiar los barrios, la Dama del Puño de Hierro está despejando el camino para que estos ciudadanos sean reintegrados progresivamente a la sociedad como participantes activos, productivos y comprometidos cívicamente. La reintegración no puede ocurrir hasta que los cárteles sean retirados de la ecuación.
Salom complica aún más su argumento al presentar lo que considero una falsa dicotomía entre la formación humanista y la preparación para el mercado. Critica la tendencia de ver la educación como una herramienta para el mercado laboral, argumentando que sin un núcleo humanista la democracia no puede sostenerse. Mi propia experiencia con la tradición de las artes liberales en Estados Unidos, en Macalester College, me enseñó una lección distinta: promover valores cívicos y conciencia histórica no es incompatible con preparar a los estudiantes para un mercado laboral competitivo. De hecho, son inseparables. No tiene sentido priorizar uno sobre el otro; deben integrarse. Un modelo educativo de realismo radical entiende que un ciudadano que no puede encontrar empleo es tan peligroso para la estabilidad democrática como uno que no comprende la historia. Necesitamos un sistema que forme pensadores críticos que también puedan impulsar la economía intensiva en conocimiento del siglo XXI.
Salom ve las instituciones de la Segunda República de 1949 como reliquias sagradas. Para un realista radical, son un portafolio de activos que debe optimizarse. La propuesta de vender el Banco de Costa Rica (BCR) es el ejemplo perfecto de este cambio de gestión. En lugar de mantener un banco comercial estatal por nostalgia, la administración actual ve al BCR como un activo no esencial. Liquidarlo es una medida pragmática para reducir la asfixiante deuda nacional e inyectar capital inmediato en la CCSS. En una crisis, se vende la plata de la familia para salvar la salud de la familia. La rigidez ideológica de Salom mantendría el banco en manos del Estado mientras los hospitales se desmoronan; el Mandato de la Eficiencia elige los hospitales.
Salom teme el “caudillismo” de un poder ejecutivo decisivo. Yo sostengo que la verdadera amenaza para la democracia no es un líder fuerte, sino un Estado inútil. Cuando un sistema pasa décadas deliberando mientras las finanzas públicas colapsan y los barrios se pierden a manos de los cárteles, la gente deja de interesarse por la participación cívica y empieza a exigir resultados. La Tercera República no es un capricho ideológico. Es una necesidad estructural para sortear el enredo institucional que Salom llama resiliencia, pero que el resto de nosotros llamamos un cuello de botella. Si queremos una sociedad que valore la historia, la filosofía y las artes, primero debemos garantizar una sociedad que funcione.
Alberto Salom está librando una batalla de ideas del siglo XX; yo estoy mirando una batalla por la supervivencia en el siglo XXI. Él quiere debatir el Estado Social de Derecho en un seminario; yo quiero entregar un Estado que realmente funcione para sus principales interesados: los ciudadanos. En el paradigma del realismo radical, la seguridad es el requisito previo para la libertad, y la eficiencia es la única métrica de éxito que ya importa. La Dama del Puño de Hierrono está acabando con la democracia; la está salvando de la parálisis de quienes prefieren debatir el incendio antes que apagarlo.
Sobre el autor
Nacido en la República Checa, Jan Kozak posee una licenciatura en Ciencias Políticas por Macalester College y una maestría en Estudios Internacionales de Paz por la Universidad para la Paz de las Naciones Unidas. Jan Kozak fue galardonado con el Premio Hubert H. Humphrey–Walter F. Mondale en Ciencias Políticas, Macalester College, en 2003.





































